El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

lunes, 10 de mayo de 2010

I - MARÍA * 1884 -1918

Miró el cielo y respiró profundo…al fin había culminado la larga travesía que la trasladara desde su país natal, Italia, hasta Buenos Aires, Argentina. María Castiglioni era una mujer alta, de delicadas facciones, cuerpo exuberante y bellos contornos. Llevaba su cabello negro y ondulado, atado en un rodete sobre su cabeza. Permanecía parada tomando a sus dos hijas de las manos con las pocas pertenencias que trajeran: tres valijas de cartón de distintos tamaños conteniendo ropa de verano e invierno, sus partituras de piano y sus artículos de dibujo y pintura. Un arcón de madera y cuero, pintado de verde, bastante grande, con sus mejores trajecitos y los vestidos de domingo de las niñas y por supuesto, sus sombreros y botitas. Finalmente, varias canastas con enceres personales y telas de Europa para tener con qué coser ropa “decente”, en los próximos dos o tres años. Había dejado a su perro Boby y todas sus plantas con su madre quien le prometiera enviárselos si fuera posible, a la brevedad.
Estaban las tres paradas en la Dársena de pasajeros del Puerto Santa María de los Buenos Aires, esperando que llegara a buscarlas Ángel Morelli, su amado esposo y padre de las niñas, como le había asegurado en su última carta.
Miró los pasajes para ver si se había equivocado al darle la fecha y hora de llegada. Decían: “Arribo al Puerto de Buenos Aires -Argentina- el 15 de Agosto de 1884 a las 6.00 de la tarde aprox.” Decididamente no se había equivocado.
- Qué le habrá pasado a tu padre? - le dijo a Elvira, la mayor -Toma bien de la mano a tu hermanita, que no se te pierda de vista que yo voy a ver si lo encuentro un poco más allá – Hablaban en italiano.
Elvira tomó tan fuerte de la muñeca a su hermana Eulalia, que la hizo llorar.
- ¡Mama, no tarde que Eulalia ya se puso a llorar!... ¡Ahí viene Papa, ahí viene Papa! ¡Mire Mama, ahí viene! –Elvira gritó corriendo hacia un hombre de mediana estatura, rubio y con bigotes mostachole, de traje marrón y sombrero en mano.
Ángel Constantino Morelli había partido de Calice Ligure, una aldea de la región del Piamonte, Italia, hacía dos largos años con la promesa de que trabajaría duro en la Argentina, ahorraría y luego las mandaría a llamar.
Hoy era el día del reencuentro, habían quedado atrás su familia italiana y su patria, además de un pasado de privaciones y una “pobreza digna”, como le gustaba decir a María. Ahora iban a “hacer la América” y a progresar en este país llamado “granero del mundo”, al que habían llegado.
Ni bien se hubo cumplido con los abrazos y semi-presentaciones a sus hijas (la mayor de seis años apenas recordaba a su padre y la menor no tenía idea de quién era ese señor) y después de abrazarse a su esposo y llorar un poco, María miró a su alrededor y pensó: “¿Qué he hecho, cómo voy a sobrevivir lejos de la Bella Italia? ¡Dios mío, quiero volver con mi madre!” Pero evidentemente ya era tarde para lamentaciones, tenía veinticuatro años, era una italiana de convicciones fuertes y debía cuidar de una familia. Amaba a su marido Ángel, quien hacía honor a su nombre pues era realmente bueno y esperaba de ella que fuera muy resistente, trabajadora y excelente madre y esposa. Y no iba a defraudarlo… Fiel a su mentalidad europea pensaba: “Para hacer algo hay que hacerlo bien o si no, no hacerlo “. Y así sería. En ese momento vio que se acercaba a ellos un fotógrafo armado con su cámara montada sobre un trípode, al hombro.
- ¿Quieren una foto para el recuerdo?, no cuesta mucho y quedará como testimonio del encuentro familiar – Dijo el joven mientras los miraba acomodando su máquina. Los esposos se miraron.
- Sí, tome una, caballero pero háganos precio – negoció el marido de María.
Se tomaron del brazo, la niña menor fue alzada por su padre y la mayor se tomó de la mamo de su mamá. El fotógrafo metió su cabeza bajo el paño negro de la cámara Eastman y todos se quedaron paralizados esbozando fingidas sonrisas en pos del mañana.
- Mándela a esta dirección – dijo el padre de familia dándole la mano al hombre no sin antes pagarle la mitad del costo de la foto, por adelantado - Es un trato – dijo alejándose nuevamente con su cámara al hombro.
Tomaron un carruaje que los llevó a su nuevo hogar, un conventillo de La Boca, cerca del puerto, donde María aprendió lo que era vivir realmente incómoda.
- ¡Pero me habías prometido que en América todo sería mucho mejor que allá!, ¡Porco, villaco! - reclamaba a su esposo todos los días a las 4.00 de la mañana, cuando él se levantaba para ir al puerto a trabajar como estibador.
- Ten paciencia mujer, estoy ahorrando para que podamos mudarnos a un lugar mejor, ya verás que pronto todo cambiará.
Los conventillos eran antiguas casas señoriales de la zona de San Telmo y La Boca, que con el correr de los años y gracias a la epidemia de peste amarilla acaecida en el año 1871, habían sido abandonadas por sus dueños, que se mudaron a mejores barrios como Recoleta o Plaza San Martín. Ahora esas propiedades eran rentadas a inquilinos y aprovechados sus terrenos para levantar paredes de madera y chapa con improvisadas escaleras y pisos de alto. Servían de albergue a muchos inmigrantes que vivían hacinados pues varias familias ocupaban una casa de inquilinato compartiendo patios comunes, pocos baños y apenas una cocina, con una habitación para cada grupo familiar. Esto en el mejor de los casos porque muchas eran las ocasiones en que más de una familia compartía un solo cuarto separando los ambientes con biombos o cortinas. Las instalaciones eran obsoletas y nada funcionaba bien. A esto había que agregar que como eran zonas bajas, siempre se inundaban y debían vivir por días y días con el agua hasta la rodilla. ¡Un desastre! Luego comenzaron a construir sobre pilotes de madera de un metro y medio de alto y a pintar las chapas de todos colores, producto del calafateado de los barcos que dejaban pintura sobrante. Así, La Boca, se fue transformando en el único y más pintoresco barrio portuario de Buenos Aires de fines del siglo XIX.
En la convivencia, había peleas y sinsabores pero en el fondo del conventillo, en el lavadero, las mujeres competían a ver quién dejaba las sábanas más blancas y quién cantaba mejor. Y en los días feriados, compartían sus comilonas en grandes mesas al aire libre que les servían para comparar la cocina de los diversos países de origen. Se fue creando una nueva idiosincrasia desconocida hasta entonces: la del inmigrante. En ese tiempo, llegaban por miles a Buenos Aires, vivían por cuatro o cinco días en el Hotel del Inmigrante, en el puerto, y luego partían a diversos destinos. Algunos se iban al Interior a colonizar las regiones que tanto les habían promocionado en Europa y se encontraban con las más disímiles realidades. Muchos regresaban a la gran ciudad portuaria, muy desilusionados y engrosaban las filas de los extranjeros sin trabajo de la capital porteña.

Harta de pedirle a Ángel mudarse a un lugar mejor y habiendo aguantado un año en el conventillo, María decidió salir a trabajar. Dejó las chicas a cuidado de una nueva vecina, otra joven española muy simpática llamada Camila, a cambio de unas telas y se fue a una casa donde llegó por recomendación de otra amiga que también había trabajado como sirvienta en el lugar.
Llevaba un papel en la mano donde decía: “Residencia de la Familia Soler - Calle San Martín 570”. Era cerca del centro, una zona muy “paqueta”. Como ya hablaba muy bien el español y casi lo leía de corrido, pudo llegar sin inconvenientes preguntando y leyendo los carteles, con el tranvía tirado a caballos que pasaba cerca. Cuando se acercó a la enorme reja miró un momento el jardín, que era soberbio, y luego se animó a golpear con la gran aldaba de bronce.
- Buenas tardes, soy la Institutriz, María Ivana Castiglioni de Morelli. La Sra. Mercedes Figueroa de Soler me espera.
Se había puesto el trajecito azul marino con el sombrero panameño con cintas azules y por supuesto, zapatos blancos. Parecía una niñera inglesa, no lo era pero sí una latina con mucho que enseñar y dispuesta a brindar lo mejor de sí misma.
- Entiendo que Usted toca el piano y lee música…¿verdad? – Le había dicho Mercedes, una mujer de unos cuarenta años, castaña clara y con un original rostro en forma de corazón. Su tonada norteña era notable.
- Sí, claro y hablo y escribo perfectamente el italiano y el francés, además del español que cada día lo domino más. Y también soy profesora de dibujo y pintura – Se sonrojó a la vez que puso su mano sobre su boca, al darse cuenta de que su acento italiano, un poco “trabado”, la delataba.
- Muy bien, lo que necesito para ayudar a mi hija Ofelia en sus estudios de piano es justamente eso, alguien que domine la música. La invito a sentarse en nuestro piano y tomar cualquier partitura que desee. Toque algo para mí por favor.
En ese momento deseó que la tierra se abriera bajo sus pies y simplemente desaparecer. Pero se levantó, caminó despacio por la estancia y llegó al gran piano de cola que yacía en el centro. Tomó una pieza y luego de leer “Para Elisa” de Beethoven, la ejecutó correctamente y hasta con cierto estilo, ante los asombrados ojos verdes de la Sra. Mercedes. Hacía mucho más de un año que no hacía música y se sintió renacer.
- El trabajo es suyo. Trabajará todos los días, menos el domingo, de nueve de la mañana hasta después del té de la tarde. Sus tareas consistirán en asistir a mi hija en todos sus deberes de la escuela, además de enseñarle buenos modales, dibujo, música y literatura. Su pago será alto, el doble de lo que se paga hoy a una institutriz inglesa. Y si hace bien su trabajo habrá aumentos. ¿Está conforme? ¿Puede comenzar mañana? Déjeme sus papeles que mi esposo los examinará, por favor…- Dijo la Señora tomando un sobre que María le acercó muy educadamente.
- Sí estoy muy conforme y desde luego, puedo comenzar de inmediato…pero…¿puedo conocer a la niña que será mi pupila?
Como por arte de magia salió de atrás de un sillón una niña de unos doce años, muy alegre, vestida con muselinas, tules y muchas cintas blancas. Era preciosa, de tez trigueña y grandes ojos color café. Una belleza criolla.
- Acércate a saludar a tu nueva institutriz – Le dijo su madre tratando de asirla por el brazo.
- Hola pequeña, ¿Cómo te llamas?
- Ofelia Soler – Contestó la niña
- Mucho gusto. ¿Nos vamos a llevar muy bien tú y yo verdad? Mañana comenzaremos – María le dio un beso en la frente y le sonrió, mirándola a los ojos. La niña se quedó mirándola con una sonrisa en los labios.
Por primea vez en mucho tiempo, se sintió como en su casa. A partir de ese momento supo que su vida cambiaría radicalmente.
El Gral. Augusto Soler era uno de los antiguos lugartenientes del Gral. Julio Argentino Roca y lo había acompañado en numerosas campañas desde hacía varios años. Con la mal llamada Conquista del desierto patagónico, pues no era un territorio desierto sino habitado por hombres originarios de la región o aborígenes, había recibido tierras en donación del Estado nacional pudiendo amasar, poco a poco, una gran fortuna. Casado con Mercedes Figueroa Ocampo, una señorita de alta alcurnia de la aristocracia salteña, se había instalado en el centro de la ciudad para trabajar muy cerca del ahora Presidente Roca. Su esposa, era una mujer oriunda de la Provincia de Salta que había padecido el exilio con toda su familia, durante los largos años de gobierno del caudillo y Gobernador Rosas. Con carácter afable y buen humor, se dedicaba con amor a los suyos, manejando formidablemente su casa, apuntalada por un ejército de sirvientes y empleados.
María pasó en ese hogar los mejores años de su juventud, como gobernanta de la niña Ofelia primero y como dama de compañía y ama de llaves de Mercedes, más adelante.
Mechaba su trabajo con su vocación por la pintura y la música que también desarrolló con asombrosa capacidad. Trabajo y férrea voluntad eran las cualidades que la caracterizaban. Tanto que fue ella quien ayudó a los suyos a salir de la miseria. Pronto se mudaron a una hermosa casita de ladrillos muy cerca del puerto donde crió a sus dos hijas y les dio educación y cuidado. Ángel pudo ahorrar dinero suficiente para instalar un bar en el centro del barrio, del que vivieron holgadamente.
Cada vez que recordaba a su país, las lágrimas querían escaparse de los cansados ojos de María, pero ella las hacía regresar a su lugar, reservándolas para el día en que pudiera viajar a su patria, si es que ese día llegaba. Se tragaba la pena porque esa vida era la que había elegido…
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Una tarde de Octubre se encontraban en el desván revolviendo trastos viejos, muy entusiasmadas y encantadas por los tesoros que iban descubriendo, cuando se produjo el gran hallazgo.
- ¡Mire Niña! – dijo María a Ofelia abriendo una gran caja de madera tallada llena de papeles - ¿Qué son todos estos libros y revistas guardadas tan celosamente en este lugar? Su autor es Victorino Gutiérrez…¿quién será? -
No sabían quién era pero se sentaron a recitar sus poemas en la escalera de madera, bañadas por el sol del atardecer que penetraba dulcemente por los cristales del ventanuco, apenas abierto. Lloraron por la emoción al sentirse tan cerca de sus palabras y sentimientos y disfrutaron riendo y casi viviendo cada momento relatado por el autor. Todas las tardes durante esa primavera subieron la Niña Ofelia y la Sra. María a leer juntas en el altillo de la casa. Pero un viernes justo al culminar ese bello libro denominado “Mis días en el exilio”, escucharon los pasos de alguien que avanzaba por la escalera.
- ¿Quién es? – preguntaron al unísono.
- Soy yo, Mamá Mercedes, no teman.
- ¡Señora! ¿Qué hace Usted aquí arriba? – se apresuró a contestar la institutriz - Estamos leyendo literatura, es decir, aprendiendo algo sobre las letras latinoamericanas.
- ¿Ah, si? ¿Y qué autor leen?
- Bueno…Ejem, ejem…Alguien que no conocemos pero que se ha convertido en un verdadero vicio para nosotras, no podemos dejar de pensar en sus palabras y todas las tardes, atraídas por sus magníficos escritos, subimos a devorarlos.
- ¡Pero si es Victorino Gutiérrez! Ja, ja, ja!...es simplemente el seudónimo de mi madre. Tu abuela Lala, Ofelia, que escribió en Bolivia hace muchos años y luego acá en nuestro país, todas estas cosas, que conservo tal como ella las dejó…
María se paró de repente y poniéndose las manos en la cintura miró fijamente a la madre y la hija:
- ¿Y qué hacen aquí guardados estos libros a nombre de un hombre que en realidad no existe? Debemos hacer algo al respecto y debemos hacerlo pronto…¿No le parece Sra. Mercedes?
Doña Laura Mercedes Ocampo de Figueroa era la madre de Mercedes y lamentablemente había fallecido en el año 1874 justo cuando el Gral. Mitre perdió la batalla contra el gobierno nacional del presidente Avellaneda, dando paso a la era del Roquismo. No pudo disfrutar de los honores que le trajo aparejado el gran descubrimiento del desván. Se fue de este mundo sin laureles, sin pena ni gloria, solo con la satisfacción de una realización personal.
Al ver la italiana el valor de semejante obra literaria se puso en campaña para lograr que la gran escritora fuera reconocida, tal como correspondía. Habló con su patrón, el Gral. Soler y le mostró los libros y publicaciones.
- Entiendo, María, sí, entiendo…déjemelos aquí…veré qué puedo hacer…- Le había contestado el Señor Augusto, quien trabajaba muy cerca del Presidente de la Nación.
Y no es necesario aclarar que el Gral. Augusto Soler y su señora esposa recibieron del gobierno todos los galardones que la cultura de la época otorgaba a los grandes literatos. Fue por la obra póstuma de Doña Laura Mercedes Ocampo de Figueroa o Abuela Lala, como le decían sus nietos.
María había sido el alma de la familia Soler. Cuando murió el General, se quedó ocho meses al lado de la Sra. Mercedes y su hija Ofelia y luego, al irse ella al convento, se había quedado cuidando a la Señora que estaba muy apenada porque su única hija ya no le daría nietos. Más tarde, al retirarse casi todos los empleados, ella se quedó como Ama de Llaves hasta que Mercedes falleció aquella mañana de Julio de 1918 en que caían copos de nieve en el jardín de la gran casona. Nunca más habló el idioma italiano y nunca más regresó, ni siquiera de visita, a su Bella Italia

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