El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

lunes, 10 de mayo de 2010

II - ELVIRA * 1896 - 1898

Elvira era la hija mayor de la familia Morelli. De tez muy blanca, cabellos castaños y ojos muy celestes, tenía una belleza casta. Parecía una santa. Ella nunca pensaba en su figura y la timidez la hacía ocultar sus prominentes senos y vestirse con atuendos rectos que disimulaban su cintura y tapaban las formas de sus piernas. Las polleras le llegaban casi hasta el piso, muy lejos de la moda, que exigía un largo no más allá del final de la curva de las pantorrillas, mostrando bien los tobillos. Elvira miraba con sus ojos transparentes. Sus labios perlados sobre su nariz afilada, parecían fruncirse cada vez que algo no le agradaba.
Su madre la tenía “cortita”, como le decía, porque no hacía las tareas del hogar y al llegar la hora de la cena, todo estaba “en veremos” porque Elvira no hacía nada.

La pequeña casita de La Boca estaba construida al fondo del terreno y para llegar a ella había que franquear un largo pasillo. Al ingresar había un patio con una escalera que se elevaba hacia la parte superior con dos habitaciones, una sobre la otra. Un techo de glicinias cubría el cielo y un piso de piedras era su escenario. Atrás estaba el lavadero con el tender y dos árboles que servían de sostén a una hamaca hecha con cuerdas y tablas de madera. ¡Qué felices eran en ese hogar la italiana María, sus dos hijas y su esposo Ángel!
Pero Elvira tenía una debilidad por los rezos, las adoraciones de santos y las visitas a la Parroquia de San Pedro. En un rincón de su casa habían instalado un altarcito a Nuestra Señora Madre de los Inmigrantes y una estatuilla de San José Obrero, que acompañaba a la imagen de la virgen. La muchacha era muy devota.
Por esas épocas de finales del siglo XIX, había grandes revueltas entre los inmigrantes que eran en su mayoría anarquistas o socialistas y ya estaban formando los sindicatos obreros. Los de la nueva tendencia “radical” también se hacían oír, con intentos de revoluciones armadas que fracasaban una y otra vez. Una ola de descontento social y político avanzaba lentamente contra los integrantes del Régimen de oligarcas que gobernaban desde 1880.
En la casa de Elvira, las aguas estaban divididas. Madre e hija mayor: muy católicas y apolíticas. Padre e hija menor: ateos y socialistas, aunque en secreto.
Esa mañana a la hora del “ángelus”, Elvira se despertó con el fin de rezar el rosario junto a los vecinos que se juntaban en el fondo de la calle. Se vistió rápidamente y se puso su vestido gris plomo lleno de tablas y abotonado en la espalda. Se calzó los zapatos abotinados y se abrigó muy bien con medias largas de lana y mantilla tejida en la cabeza.
- Hace mucho frío, Mama, el viento viene del río y hace temblar las chapas de los techos. ¡Qué raro, tan pronto! Apenas estamos en Mayo…- dijo Elvira a su madre, hablando casi en secreto para que no se despertara su hermana Eulalia.
- Abrigate bien, Nena …¿Ya amaneció?
- No, dormite. El cielo está de color rosado y ya clarea.
- No tardes.
- No, enseguida regreso.
Salió Elvira a la calle empedrada que subía hacia la esquina donde ya comenzaba a juntarse la gente para la oración del Rosario del Ángelus. Ella se sentía muy bien participando de estos rezos, le daban energías para todo el día.
Cuando volvió a su casa ya había amanecido y su madre preparaba el café para la familia. La hija menor concurría a la escuela de magisterio y su padre se había ido mucho más temprano a trabajar al puerto con apenas un vaso de agua en el estómago. Desayunaba junto a los otros estibadores en el muelle, todos alrededor de un fuego que ardía dentro de un gran tacho de lata, construido a ese fin, por algún habilidoso.
- Espero que Papa se abrigara como corresponde. Es tan tozudo que seguro se fue en mangas de camisa.
- No, yo lo vi ponerse el saco de lana, el más liviano. Creo que estará bien.
- Hay mucho viento afuera. Apenas pudimos rezar en medio de temblores ¡Ja, ja, ja! Si sigue así el tiempo, mañana no irá nadie.
- Con que vayas vos es suficiente. Si no va nadie podés ir a ver al Padre Matías y contarle, para que luego hable con la gente…Seguro que los reta y enseguida vuelven .
A las siete vino el lechero y dejó dos jarrones de latón llenos de leche. A las ocho se aprestaron a lavar el patio, como todos los días, y el pasillo y vereda, que hoy les tocaba a ellas. A las ocho y treinta, María, la madre, salió a trabajar. Escuchó como Elvira cantaba un valsecito y bailaba tomada del palo del “mechudo”. Luego se alejó rápidamente no sin antes encargarle a una vecina que supervisara el trabajo de su soñadora hija. La hija menor, Eulalia estaba en el colegio desde primera hora. Estudiaba para ser maestra.
- Vamos, Nena, apurate que ya se te hace tarde para preparar el almuerzo. Pronto viene tu hermana a comer. ¿Qué vas a cocinar hoy? – Le dijo la vecina a Elvira mientras limpiaba.
- Hoy pienso cocinar pescado a la romana con ensalada de tomates y papas al perejil. Pronto voy por el “pesce” y me pongo a pelar las papas…
- Pero antes ven a mirar cómo crecieron los gatitos en mi patio – Le dijo su vecina que seguía asomada a la medianera.
- No puedo Sra. Magnasco, debo apurarme que ya viene Lali.
Partió Elvira muy apurada a la pescadería de la esquina. Tanto que se olvidó de sacar la leche del fuego que pronto hirvió y se derramó por todas partes. Cuando ella volvió no podía creer lo que veían sus ojos. Todo chorreado, quemado y la tarea sin hacer.
“No hay dudas, no he nacido para ser ama de casa, estoy reservada para algo más importante. Mi ser espiritual pugna por salir y desarrollarse. ¡Y nada ni nadie me lo impedirá!” Se dijo Elvira mientras limpiaba de rodillas y muy arremangada. Pensaba que quería conocer todo el país. Viajar, recorrer e ir ayudando a los pobres que sabía necesitados de su caridad cristiana y enseñanza de los evangelios. Tan religiosa era que a veces a ella misma le daba miedo.
Ese año se enteraron de que Ofelia, la hija de la patrona de María, pensaba entrar en un convento: Ntra. Sra. del Pilar de Zaragoza de la Regla de Santa Clara, más conocido como Convento de las Monjas Clarisas de Buenos Aires. Era la primera congregación religiosa para mujeres que se fundara en época virreinal y que gozaba de gran prestigio y admiración. También se las llamaba Capuchinas y era un lugar de clausura para doncellas de condición social mediana o directamente de niñas descendientes de buenos apellidos, pero relativamente pobres.
Elvira no pudo contener el grito cuando se enteró.
- ¡Yo también quiero entrar, mi vocación es ser monja!
- ¿Estás segura? Son de clausura y su vida es muy exigida. Pensalo y si es el deseo tuyo y de Nuestro Señor, así será – Dijo María, muy seria.
- Bueno, lo pensaré.
- Piénsalo muy bien, con dieciocho, estás justo a tiempo de tomar tu decisión. ¿Querés realmente pasar el resto de tus días dentro de un convento dedicada a la oración y el recogimiento?
- No se Mama, necesito hablar con Ofelia. Mañana iré con vos a tu trabajo para conversar largo y tendido sobre las monjitas capuchinas.
- Muy bien, mañana iremos.
Y con estas palabras, María dio por terminada la charla. Pero sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas y dio vuelta el rostro tratando de que su hija no notara lo consternada que se encontraba. Lo de Elvira era un deseo muy fuerte y ella lo sabía, pero igualmente no quería aceptarlo.
Traspasaron el gran portón de hierro a las nueve de la mañana, como todos los días lo hacía María, al entrar a trabajar. Elvira era bastante amiga de la Niña Ofelia, la joven de la casa, ya que en tantos años fueron muchas las veces que se habían encontrado participando de la Acción Católica, de alguna procesión o simplemente de visitar con su madre, la casa de la familia Soler. Incluso una vez María había llevado a Ofelia consigo a su casa del barrio de La Boca para que conociera su humilde hogar. Indudablemente era una relación que iba mucho más allá de una cuestión de trabajo o de una situación de institutriz-pupila…
- Hola mi querida, ¿Cómo te trata el naciente invierno? ¿Qué frío hace de pronto, verdad? – Dijo Ofelia acogiéndolas vestida aún en desabillé rosado.
- Hola Ofelia, vine a charlar un poco con vos sobre lo de la vida monástica…a mí es algo que también me tiene muy interesada.
Las jóvenes se besaron en las mejillas y se sentaron en el sillón de la sala, junto al fuego del hogar. María entró en la vivienda y se puso a desarrollar las tareas de todos los días.
- Ah, ¿si? Mirá, yo tengo esta idea fija desde muy chica y siempre supe que me iría al convento, muy a pesar de los deseos de mi madre, que como no tiene más hijos, no quiere que lo haga. No porque no respete mis deseos, sino porque sabe que ya no tendrá nietos y eso la pone muy mal. Pobre mamá, espero que con el tiempo lo acepte.
- ¿Y cómo es la cosa con las capuchinas? Es cierto que son de clausura, que no pueden salir a la calle?
- Sí, es cierto pero ahora he decidido ir a Córdoba, a Las Mercedarias, ellas pueden salir. Son una congregación bastante nueva en la Argentina que tiene un carisma bellísimo, basado en el amor, la caridad y la educación.
- Contame, decime más de ellas.
- La Casa Madre, con la gran iglesia, está en Alta Córdoba y se que pertenecer a ellas significa una misión importantísima para sus integrantes. Su espiritualidad es Mariana y eso significa poseer un amor libre y liberador, que se entrega totalmente a la voluntad del Padre porque tiene toda su confianza puesta en su Palabra y vive de esa Palabra…Un amor servicial, que nos hace salir permanentemente de nosotras mismas y correr hacia el otro, sin discriminaciones ni especulaciones, sólo porque nos necesita. Luego hay que llevarlo ante Cristo, que se transparenta en nuestro cariño y nuestra compasión…Un amor fraterno y de amistad, que nos hace comunicarnos en profundidad y donarnos mutuamente el Misterio que lleva en su ser…Un amor que desborda alegría, que cada día, al renovar su compromiso de caridad redentora, nos hace decir: “¡¡¡El Señor hace maravillas en mí!!!”-
Ofelia dijo estas frases, aprendidas de memoria, muy emocionada con un gesto de elevación en sus ojos, acomodando sus manos palma con palma y muy juntas, de modo tal que sus dedos rozaron su barbilla y sus codos se apoyaron sobre la mesa. Un par de lágrimas cayeron sobre la caoba lustrosa e inmediatamente se levantó a buscar un paño para secarla.
- Perdoná, es que me pongo muy melancólica pensando en todo lo que puedo darle a Nuestro Señor Jesucristo y a nuestro prójimo.
- Sí, te comprendo, yo siento algo muy parecido. Me ha hecho bien venir a verte, ahora tengo una idea más clara de lo que quiero.
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María y Elvira terminaron de preparar todo para la partida al convento en Córdoba: El hábito era de saya blanca, el escapulario del mismo color, la capa y velo, negros. El color blanco era el símbolo de la pureza de corazón de que debía estar revestida, y el negro era un aviso de la penitencia que debería hacer por las faltas de la vida. Los paños para la confección los hacían traer desde España: anascote, lienzo de algodón y vareta. La ropa interior también debía ser blanca. Al entrar al noviciado, a Elvira se le cortaría el pelo a la altura de las orejas, no sólo por higiene sino también por comodidad ante el primer velo blanco que cubriría su cabeza de ahora en más, hasta que fuera ordenada y le colocaran el velo negro.
- Mama, no llore, no voy de clausura, voy a Córdoba al noviciado y en tan solo un mes podrás ir a visitarme. Seré enfermera y cuidaré a los enfermos en cualquier parte del país donde me envíen, viajaré, ayudaré a los desvalidos y en el futuro visitaré Roma. Se feliz Mama, tanto como yo lo soy. Esta es mi elección de vida y vos te quedás con Eulalia que te dará muchos nietos.
- Si, se que es lo mejor para vos. Soñaste con esto y lo hiciste realidad. Cuidá de mi Niña Ofelia que es muy débil, dense cariño una a la otra y… ¡escriban pronto! - Dijo María agitando su mano mientras su hija se alejaba en el carruaje que la llevaría a la estación del tren donde se congregaría el grupo de señoritas aspirantes a novicias que viajaban juntas desde Buenos Aires hasta Alta Córdoba.
Su patrona, la Sra. Mercedes también estaba allí junto a su esposo el Gral. Soler. Las dos mujeres se abrazaron y lloraron amargamente.
El viaje trascurrió cómodo, en el mayor de los silencios por parte de las futuras internas. Al llegar al convento Elvira sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Traspasó el gran patio con la vista fija en el crucifijo de plata que le regalara su padre antes de irse. El había estado muy triste los últimos días. No era muy creyente y criticaba fuertemente a la Iglesia. Ante la decisión de Elvira, había dejado que ella y su madre manejaran todo, sin emitir opiniones, pero sin sonreír ni una sola vez. Ahora ella se cuestionaba el no haber hablado con él, no haberle preguntado qué sentía ante su partida y si comprendía su
vocación. Pero más allá de esto, era totalmente conciente de que la esperaba una nueva vida y estaba dispuesta a vivirla.
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En la Cruz Roja Argentina, filial Córdoba, eran cuatro las novicias que concurrían a diario para aprender lo que pudieran, con la misma práctica. Cada vez se encontraba más comprometida con la función de samaritana y no veía las horas de empezar a ofrecer sus servicios en lugares remotos del país. Pasaban los meses y Elvira extrañaba demasiado a su familia, casi no tenía amigas y la vida del convento le resultaba dura y carente de calor y alicientes. Su sueño se iba diluyendo a la espera de algún beneficio, al menos espiritual. Con Ofelia se ayudaban mucho y se daban ánimo, compartían las encomiendas que cualquiera recibiera y escribían infinidad de cartas a Buenos Aires. Pero algo les faltaba. Rezaban y rezaban cada vez con más intensidad pidiendo ser iluminadas con el don de la perseverancia y la caridad. Cada vez las penitencias eran más severas ante su falta de valor para soportar la vida monástica, tanto que Elvira llegó a preguntarse si realmente era eso lo que quería hacer.
Pero atender a los enfermos, darles cura, alivio y consuelo era lo que nunca le pesaba, con una santa paciencia se dedicaba a su curación y cuidados tal como le estaba enseñando el Dr. Pablo Jiménez, a quien debía todo lo que sabía.
- Gracias Elvira, eres el ángel de cabecera de todos los internados del Hospital Infantil. No se qué haríamos sin ti, cada vez eres más imprescindible – Le decía siempre su jefe.
- Usted exagera Doctor, solo cumplo con mi deber.
- Tu deber no es quedarte toda la noche a la vera de sus camitas, tu trabajo excede con creces tu deber.
- Pero los niños me necesitan y hago lo que siento.
Así pasaron los meses, entre niños enfermos y niños que se curaban o que se iban irremediablemente de este mundo. Cuando quiso acordarse, se cumplieron los dos años de noviciado, momento en el que debía decidirse. El Dr. Jiménez le había pedido una y mil veces que lo pensara, que su lugar estaba allí, junto a él, en el Hospital Infantil.
Miró a través de los barrotes de la cama de Rosita, esa niña que había llegado a sus manos desnutrida y deshidratada y a la que estaba ayudando a reponerse lentamente y vio la cara de Pablo, con quien compartiera tantos momentos de dedicación y devoción por la medicina, mirándola amorosamente. Las lágrimas le brotaban y su mirada estaba fija en ella. Sus ojos se encontraron…- Pablo, Pablo…¡Oh, Señor, por favor ayudame a ser fuerte e iluminá mi corazón! Sos mi vida y a vos me debo…- Pensó Elvira antes de oír las palabras apasionadas del Dr. Jiménez.
- Te amo, Elvira y lo sabes, quédate conmigo, no vuelvas al convento, se que me amas también, lo se desde siempre. No me dejes…- Y sus manos se tomaron sobre los fríos barrotes de bronce por un instante muy breve, ya que Elvira quitó la suya y dejó rápidamente la habitación.
Estaba muy confundida, Jesús era el único al que ella amaba pero sentía por ese hombre algo muy especial…¿Qué era? Por Dios, ¡qué tortura! Necesitaba pensar, así es que le pidió a la Madre Superiora que la sacara del Hospital para realizar un retiro espiritual.
Elvira lo pensó tanto que pasó muchas noches sin dormir, pidiéndole a Dios que le diera una respuesta. Cuando llegó el día, se levantó pausadamente, se vistió lentamente, siempre orando y en una actitud de profundo recogimiento, hasta que al fin se hizo la luz. Su futuro era la medicina, la enfermería. Sabía que siendo monja y con la ayuda del Altísimo, lo podía hacer, acudir en la curación de los enfermos, accidentados, desvalidos y abandonados. No los dejaría solos, acudiría en su auxilio…
El 2 de Marzo del año 1898 recibió el anillo de la Orden de las Mercedarias en la gran Iglesia de la Merced. Acostada en al piso en forma de cruz, fue ungida con el Óleo Sacramentado. Mil campanas resonaron en sus oídos mientras su corazón palpitaba al son del fuego del Amor. Ya era Monja Mercedaria y su sueño se había cumplido.
Sus padres y su hermana estaban en primera fila y los tres lloraban copiosamente. Eran sentimientos encontrados: alegría porque sabían que Elvira era muy feliz y tristeza al advertir que la Iglesia se la había llevado, y que ahora sí, era irreversible…

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