El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

miércoles, 26 de mayo de 2010

III: DOMINGA - 1842- 1870

Dominga estaba muy cansada ese día por las idas y venidas al arroyo. Había bajado y subido un sinnúmero de veces la escalera que conectaba los fondos de la casa con la barranca que daba a la vertiente. Una vez llenados los cántaros con agua fresca y clara debía subirlos y surtir todas las jarras y jarrones que estaban dispersos por la vivienda. El pozo del aljibe se encontraba medio seco, así es que había que recurrir al arroyo para contar con el agua necesaria.
- Gracia’Dió que tenemos agüita para refrescarnos y podré hacer preparar las rosquillas que le gustan a mi Niña Laura – dijo la mulata, feliz, a pesar del sofocón.
- Sí, la Señora Laurita ya pidió el mate bajo el parral…que viene su mamá a conversar con ella – aclaró María, su amiga y ayudante principal en las tareas del hogar.
- Pero queda poca yerba mate y en el almacén del centro tampoco se consigue. ¡Hay que esperar el lote que viene del Paraguay! – aclaró Dominga, muy entendida sobre el tema.
- ¡Pero para una mateada alcanza, mi’ja! Voy a ver si queda un poco en la alacena…
Se llevaban muy bien ambas mujeres. Dominga era la empleada de mayor confianza de la casa, hija de una esclava nacida en Salta en la época de la “Ley de libertad de vientres”, promulgada en la Argentina por la Asamblea del Año 1813, en que se libertó a todos los hijos de esclavos, nacidos a partir de ese momento. Así fue que al nacer, Dominga ya era libre y se crió junto con la Niña Laurita, a quien sirvió desde siempre.
María, en cambio, era esclava mulata nacida en el Alto Perú y de familia antigua de mineros, servidores desde la época del Virreinato.
- Tú eres libre Domi… ¡cómo quisiera yo que me liberaran! Dime: ¿dónde guardas los suelditos que te da la Ama Laurita? Vamos, dime…¿qué vas a comprarte con todo ese dinero?
- No voy a comprarme nada, lo guardo para cuando volvamos a nuestro país, donde me haré hacer una casita. Aquí en Bolivia no me hace falta pero en Argentina planeo ser muy libre y dedicarme a la costura.
- Talento tienes, Niña, eres un ángel con las manos, sobre todo cuando de bordar se trata.
- No exageres, María, solo me desempeño bastante bien. Aunque…los vestidos de Doña Laurita me han quedado hermosos. ¿No crees? – aclaró la modesta Dominga mientras se sonrojaba por el elogio de su amiga – Y de tu libertad ni hables que ya sabes que cuando regresemos, todos los sirvientes de esta casa quedarán inmediatamente en libertad, ya lo dijo mi señora.
Dominga y María dirigían a todas las demás sirvientas, ambas dependían de Bernardo, el mayordomo, quien también dirigía al cochero, al jardinero y encargados de la caballeriza. En total, junto con la cocinera y la niñera y nodriza de los chicos, que se entendían directamente con Doña Laura, conformaban un total de doce empleados, de los cuales solo Bernardo y Dominga eran argentinos.
Desde el segundo patio hacia atrás, eran los dominios de los criados. En ese ambiente se desarrollaba una ferviente vida muy diferente del resto de la casa.
Dominga y la cocinera Milagros, planeaban todos los días qué se cocinaría (consensuando siempre con Doña Laura), como así también preparaban los manjares para las reuniones literarias que se realizaban de tarde en tarde en la casona. Además cuidaban de la Señora Laurita que era muy joven, y de sus dos hijas Miguela y Merceditas, de cuatro y dos años. El Señor de la casa y esposo de Laura casi nunca estaba sino que, siendo militar y político, el Estado le asignaba diversos destinos por lo que debía ausentarse por largos períodos.
Ese año 1842, habían llegado noticias de las Provincias Unidas y no eran muy alentadoras ya que la Mazorca, órgano militar del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, realizaba muchos actos de terror e intimidación a los adversarios políticos. Había censura y los pocos libros que entraban, lo hacían en forma clandestina.
- ¿Cuándo podremos volver, Dio’Mío, cuándo? – se lamentaba Dominga mientras rezaba ante el altarcito doméstico que tenían en la galería. Y luego se aprestaba para salir y organizar las tareas del día.
- Vamo’al mercado Mila. Quiero que prepares rosquitas con azúcar y alfajorcitos de fécula de maíz que hoy esperamos a la Señora Azucena. Vamos las tres con María que mientras ustedes compran yo quiero ver a mi Raulito... ¡Hay Dio’Santo… que hace ya mucho que no se nada de él! – dijo Dominga llevándose una mano a la boca.
- ¡Claro, mientras tú te haces la romántica nosotras tenemos que hacer solas todas las compras! ¿Verdá’que sólo quieres hacerte la linda? – María la pellizcó en el vientre a la vez que le levantaba el delantal y corría adelante para que Domi no la alcanzara, riendo a carcajadas.
Raúl Romero era el ayudante del herrero. Un joven bajo, moreno y de rasgos fuertes. Mestizo, hijo de madre india y padre criollo, era el ser más bueno y tierno que Dominga había conocido. Cada vez que ella iba al mercado, pasaba por la herrería y él la piropeaba al verla pasar – ¡Adiós mi negra! ¡Qué hermosa que está esta mañana! – le decía con total desenfreno. Tanto que al poco tiempo la mulata comenzó a hacer un alto en el camino hacia el mercado, justo al frente de la herrería. Pero esa tarde no estaba en la puerta esperándola. Domi se preocupó pero no se animó a entrar ni a preguntar nada sobre él, simplemente pasó de largo a paso rápido.
- ¿Qué le habrá pasado, estará enfermo? – le había dicho a sus amigas ni bien pudieron hablar sobre el tema .
No sabían de las levas que el ejército hacía, obligando a enrolarse a los hombres jóvenes que encontraba por ahí, sobre todo a negros, indios y mulatos. Se lo habían llevado casi sin preguntar y sin dejarle lugar a despedirse de nadie.
Dominga se sintió muy triste y sin aliento. Sabía que ser negro o indio no era muy fácil en esa época. Eran los que más sufrían y a quienes nadie preguntaba nada, ponían sus fuertes brazos para todo y nadie les agradecía…
Llegó Doña Azucena, madre de la Señora Laura a tomar el mate. Se sentaron enfrentadas en la galería, en medio de los enormes macetones de barro llenos con infinidad de azaleas de todos colores. Las paredes adornadas con enredaderas también servían de marco a las dos damas, que charlaban al amparo de la fresca sombra del parral.
Dominga, María y otras criadas escuchaban tras las puertas del recibidor. Sin hacer ruido, estaban atentas a toda la conversación.
- Escuchen, que parece que el Señor Miguel ya no vendrá más a vivir a esta casa. Seguro que el muy sinvergüenza tiene otra mujer…seguro que de eso se trata. ¡Shhhh! No hagan ruido, que no nos vean.
- Es verdad, parece que Laurita está muy decidida a quedarse sola y dedicarse solo a escribir y publicar todo lo que escribe…¡Es tan valiente mi niña! – exclamó Dominga – ¡Y su madre que no la entiende! Sólo Domi sabe lo que le pasa realmente a ella…¡Vamos muchachas que hay trabajo en la cocina! –
El grupo se retiró a seguir con los preparativos de la cena y Dominga se mostró muy preocupada desde entonces.
Un día, al pasar por la herrería se animó y le preguntó al dueño qué pasaba con Raúl y así se enteró de su destino en el ejército de Bolivia.
- Tal vez pasen por acá hacia fines de mes. Yo te aviso si quieres, en cuanto sepa algo de él. – Le prometió el hombre.
- Claro que quiero. Avíseme de inmediato por favor. ¡Gracias buen hombre, muchas gracias!
Corrió Dominga con desesperación hacia la casona de los Figueroa, llorando, sin poder contenerse. Pasó rápidamente por el puentecito que pasaba sobre el arroyo y no pudo ver una alforja que yacía entre las piedras. La misma, seguramente, había caído de algún caballo o carruaje y contenía papeles que por obra del destino, no se estaban mojando aún con el agua del caudaloso riacho.
Hacía justo tres días habían pasado las tropas del Ejército regular de Bolivia llevando consigo a jóvenes que partían con la ilusión de ayudar a su país. Raúl Romero tenía una alforja de cuero que su patrón le había regalado y en ella llevaba cartas para su amada Dominga. Como no podía llegar a dárselas ni a despedirse de ella, se le ocurrió dejar la alforja entre las piedras con la esperanza de que ella misma o alguna de sus compañeras, la encontraran al bajar a lavar la ropa.
- Te das cuenta María, ese amor que me juraba y todas las promesas realizadas, todo era mentira… Me hice ilusiones vanas, construí castillos en el aire, creí estúpidamente todo lo que me dijo…¡Cómo pude se’tan tonta! – exclamaba Domi al tiempo que enjugaba las lágrimas en un primoroso pañuelito bordado.
- Pero no Negrita, algo le habrá pasado, ya verás que pronto tendrás noticias de él – La consolaba su amiga.
- Si hubiera pensado por un instante en mí, podría haberme dejado al menos una nota con su patrón. ¡No, no quiso hacerlo, no le importo, no me quiere!

Pasaron los días entre reuniones y trabajo doméstico. La casona siempre estaba de fiesta ahora que la señora se había quedado sola y Dominga debía estar presente para ayudarla y cuidarla. Se tenían mucho cariño y eran grandes amigas.
Pero enseguida Dominga notó que Laura sabía de su gran pena (indudablemente conocía muy bien a su criada), por lo que decidió confesarle su problema.
- Lala estoy muy triste, quiero a mi Raulito y él… ¡se ha ido! Se fue sin decirme nada, sin despedirse…¿Qué debo hacer?
- Nada, Domi, debes esperar a que vuelva, seguro que pronto tendrás alguna noticia, ya verás…
- No puedo, debo buscarlo, debo ir tras él. Se fue con el ejército y junto a este van decenas de carretas con gente que los sigue. Van muchas mujeres que asisten a las tropas, casi todas negras o mulatas. Puedo unirme a ellas…
- ¿Cómo se te ocurre? ¿Me dejarás Domi? ¿Cómo podré arreglármelas sin ti? Se lo prometiste a tu madre y a la mía también, que estarías siempre a mi lado - Laura le tomó las manos y le acarició la cabeza – Vamos querida, ya verás que todo mejorará pronto – Y se la llevó suavemente hacia la puerta de salida del cuarto – Ahora ve a prepararme el agua caliente que quiero darme un baño en la bañera, vamos, ve que me duele la cabeza y necesito un buen baño.
Domi quería mucho a la Señora Laurita pero veía que era muy egoísta, que en realidad no le importaba mucho lo que le estaba sucediendo, su tristeza y sentimientos de abandono. A la Niña Lala siempre le había importado primero su persona, sus aspiraciones, su felicidad personal, sus escritos… y muy poco de lo que la negra Dominga sentía…¡Qué desdichada era! Se sentía muy sola, solo Raúl le quedaba y debía encontrarlo lo antes posible.
Enfrascada en estos pensamientos fue sorprendida por Bernardo, el mayordomo, quien siempre controlaba lo que sucedía en la residencia.
- ¿Qué haces aquí parada en medio del pasillo? ¿No tienes trabajo que hacer?
- Sí, voy a preparar el baño para mi señora, voy de nuevo al arroyo. Ya fui veinte veces el día de hoy.
- Bueno, muévete, holgazana, que así no salen bien las cosas – Le dijo su jefe mientras la empujaba con firmeza hacia la escalera.
Y fue cuando Dominga bajó ese día al río, que vio a lo lejos un paquete marrón que brillaba al sol, entre las rocas.
- Pero si es una alforja de cuero y si no me equivoco, creo conocerla, es de Raúl…¡Oh!, Dio’mío, ¿puede ser algo así? …y son cartas… ¡cartas para mí! – susurró Dominga mientras abría el morral y sacaba las cartas escritas con pluma y tinta china de la misma mano de Raúl Romero.
Se tropezó camino a la casa varias veces, la alegría no le dejaba caminar con destreza y apoyar bien los pies. Sólo se le ocurría reír y gritar a la vez que subía las escaleras.
- ¡Lala, María, Mila, Bernardo!, miren lo que encontré. Miren, son cartas de él, de mi amor, no se olvidó de mí, me dejó esto en el arroyo – exclamó muchas veces danzando por la galería.
Llegó el invierno, los cerros que rodean la ciudad de La Paz, se mostraban sumergidos en niebla rosada y las altas cumbres llenas de nieve se veían imponentes ante la fragilidad humana. Dominga se paró frente a la ventana absorbiendo el frío aire matinal. Por la calle de tierra venía caminando una persona que se paró en el puente y miró las piedras en el río, por un largo rato. Luego siguió su camino, acercándose cada vez más a la casa.
Dominga entrecerró los ojos para ver si era alguien conocido y… sí, era él, Raúl que venía a buscarla. Se largó carrera abajo hacia sus brazos y fue cálidamente recibida entre sonoras carcajadas. A partir de entonces, nunca más supo lo que era estar sola.
Decidió fugarse esa misma noche. Sabía muy bien que la Señora no la entendería porque ya había intentado explicarle lo que sentía y siempre se había enojado ante la posibilidad de que se fuera de la casa. Decidieron escaparse juntos y arreglárselas como pudieran. Ella era una mujer libre así es que no estaba obligada a quedarse.
Acomodó su ropa en un atado, muy bien envuelta en una pañoleta tejida color gris. Las lágrimas le corrían por las mejillas, eran un silencioso torrente de lágrimas que caían sin parar por su cara y bañaban todo su pecho. Al girar la cabeza hacia el costado vio la cara de Raúl detrás del vidrio. Con una amplia sonrisa, la esperaba pacientemente. Eso le dio fuerzas.
- Adió’Matienzo, me voy para siempre, adió’pequeño – Dijo acariciando al perro que la miraba tiernamente como sabiendo lo que sucedía - Adió’María…amiga, pronto tendrás noticias mías – Continuó diciendo mientras seguía llorando.
- Sal pronto, vete ya, antes de que alguien más te vea. Se feliz, Niña que te lo mereces – Le contestó María.
Dicho esto, se despidieron las mujeres con un amplio abrazo lleno de pequeñas caricias en las respectivas espaldas.
Dominga salió a la negra oscuridad, corriendo hasta encontrar a su amado que la tomó de la mano y emprendió la carrera junto a ella. Llegaron a la ciudad muy sofocados, jadeando por la corrida.
- ¿Qué haremos ahora?
- Le hablé a Don Eusebio, nos dejará dormir juntos en mi cuarto de la herrería. Es muy bueno el gigantón…me aprecia mucho y dice que nos amparará hasta que decidamos qué hacer. ¡Te amo, mi Negrita y solo deseo hacerte feliz! – Raúl se frenó para estamparle a Dominga un beso en la boca.
- ¡Espera, Raúl que estoy muy asustada! Temo que Laurita me haga buscar, que se enoje mucho y no me perdone.
- Si te quiere realmente como dices, que son como hermanas, te perdonará…Calma que ya se arreglarán las cosas.
El siempre la tranquilizaba, tenía el don de la serenidad. Pertenecía a una cultura de silencio, era indio colla por parte de madre y estaba acostumbrado a callar y a saber esperar. Dominga aprendió a no temer, a sentirse segura y a saber dosificar su fortaleza según los acontecimientos lo requerían.
Se instalaron en la habitación contigua al taller de fundición. Al principio sintió vergüenza, pero luego se acostumbró. Cuando por fin estuvieron solos en la habitación, se pararon uno frente al otro, iluminados apenas por la luz de una vela. El la miraba fijamente y ella bajó la mirada al darse cuenta de que sus manos aferraban las suyas fuertemente y su cuerpo irradiaba gran calor.
- No tengas miedo, seré muy suave contigo. Déjame amarte ahora y siempre.
- Por favor, hazlo rápido que yo tengo los ojos cerrados.
- Nada de rápido, esto debe hacerse despacito y con gran disfrute.
Comenzó a besarla con infinidad de pequeños besos por todo el cuello, los hombros, el pecho, deteniéndose en sus pezones. Bajó hacia su vientre a la vez que le bajaba el vestido y los calzones.
- No temas, esto te va a gustar mucho, no temas mi Negra, que yo te amo.
Fue su primera relación, su primera vez y no fue como Dominga la había imaginado. Raúl había sido muy delicado durante el desarrollo del acto sexual y ella había sentido encenderse su cuerpo de una manera inusitada, una fiera apasionada la habitaba y no lo sabía…De pronto quería hacerlo muy feliz. Estuvieron amándose por horas, fue una noche inolvidable.
Pasó casi un mes hasta que Doña Laurita la fue a buscar a la herrería. Ni bien se enteró de que estaba alojada en el cuarto de Raúl, su reacción fue de ira primero pero de compasión después. La Señora prometió una y mil cosas a Domi si volvía con ella y todo se hacía como debía ser. El debía venir a pedir su mano a la casona, cuando estuviera el amo en casa y luego de cumplida esta formalidad, había que fijar fecha para el casamiento que se haría discretamente. Todos quedarían contentos y el honor de Dominga resguardado. Además contaría con una importante dote que la familia estaba dispuesta a darle…No había mucho que pensar. Dominga reinició su trabajo en la residencia pero le costó mucho decidirse a volver, justo antes de que viniera el patrón, a quien no le habían dicho nada de lo sucedido. Finalmente, luego de un mes de ir y venir de la colina a su nido de amor en la herrería, se decidió y regresó, atado en mano y cabeza gacha.
- ¡Hola Domi, bienvenida al hogar! – Dijeron sus amigas del alma María y Milagros - ¡Qué bien haces Niña en hacer las cosas como Dios manda!
- Como Dios manda, como Dios manda…¡Pero si ya estuve escapada y conviviendo!
- Pero Diosito todo lo entiende, claro que te perdona…¡Tenlo por seguro!
Se casaron en la capilla de las Hijas del Corazón de María. Dominga se hizo a toda velocidad un hermoso vestido de novia color celeste cielo. De ninguna manera aceptó casarse de blanco. Estaba radiante con el cabello muy sostenido en multitud de trencitas entrelazadas con florcitas celestes. Un tul caía sobre su cara y un ramo de pequeñas rosas blancas coronaba sus manos. Era la negra más linda del Alto Perú, le había dicho su novio. Pero ella no hacía más que llorar, miraba a su Señora Laurita por encima de todos y juntas sonreían y lloraban en complicidad…
Cuando los novios llegaron al atrio y se dispusieron a saludar a todos los presentes, Dominga sintió deslizarse en su mano un objeto metálico que disimuladamente le entregó Laura. Se dio inmediatamente vuelta para ver qué era y solo sintió que las pequeñas manos de su amiga le cerraban la suya, para decirle en secreto: - Guárdamelo muy bien, Domi, solo en ti confío. Pero no veas en su interior hasta que yo te diga - Y se retiró rápidamente a seguir atendiendo a los invitados. Era un collar que Domi guardó muy bien entre sus senos, tal como se lo pidiera Laura. Luego, en la serenidad de su cuarto, pudo mirar detenidamente la joya. Era soberbia, un medallón de oro con forma de corazón y una piedra roja en el centro, sostenido por una gruesa cadena. Tenía algo en su interior, pero ella no se atrevió a abrirlo sino que lo guardó en un cofre secreto.
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Cuando volvieron a la Argentina, Dominga y Raúl compraron una propiedad en Belgrano, un pueblito recientemente fundado en las afueras de Buenos Aires, a solo siete kilómetros del centro de la ciudad. La campiña bonaerense se extendía, hacia el norte, en suaves lomadas verdes, que caían hacia el río en una enorme barranca. Un camino bordeado de árboles conectaba Buenos Aires con la pequeña villa de Belgrano.
Ella se sintió enojada la tarde en que supo que no trabajaría más en la residencia de la Sra. Laurita porque si bien tenía intensiones de independizarse, contaba con cobrar unos meses de sueldo hasta poder ubicarse bien como costurera. Pero la señora tenía otros planes y, como siempre, había que hacer lo que ella quería.
- Niña Laura, ¿podemos hablar con Usted? – Dijo Raúl al ser atendido por Laura en el hall de entrada de su gran casa en Buenos Aires.
- Sí, como no Raúl…pero ¿dónde está Dominga?
- ¡Oh! ella está afuera…
- Pero vamos, hazla entrar. ¿Es que ya no somos de la familia?
- Claro que sí, pero Usted. ya la conoce, lo tozuda que es, esperaba ser invitada…
Doña Laurita salió apartando de un suave empujón al esposo de su antigua criada.
- ¡Dominga, Dominga!...Ven…¡Entra! ¿Qué haces afuera con este frío? – Dijo muy contrariada.
Una vez todos adentro se sentaron en derredor de un ardiente fuego que crepitaba dentro de una salamandra. La Negra Dominga permanecía con la mirada baja,  arropada con un mantón de lana de oveja y los pies juntos golpeteando sobre el piso de madera.
- Venimos a hablar con Usted Ña Laurita – Las palabras le salían entrecortadas al indio Raúl, esposo de la mulata Dominga.
- Pues hablen ya…¿Qué sucede? – Dijo la Señora.
- Es que…es que…es que…
- ¡Dominga, nunca hubo secretos entre nosotras!....¡Habla ya, Negrita!
- Queremos saber por qué no nos has convocado para formar parte de tus empleados en esta nueva residencia…Nosotros habíamos pensado que al igual que Milagros y Bernardo, también……- Se animó a contestar la mulata.
- Milagros es la cocinera y Bernardo sigue siendo el mayordomo… Además tú siempre dijiste que querías dedicarte a la costura, Domi. Eso es lo que siempre decías…Que eras libre y que no pensabas trabajar más en mi casa. Que cuando volviéramos a la Argentina te independizarías.
- Sí…pero… ¿y Raúl?
- Raúl, que yo sepa, es herrero y no hay una herrería en la casa…-
Fue allí cuando la Señora Laura esbozó una sonrisa burlona que puso de muy mal humor a Dominga quien se paró de repente agarrando por el brazo a su marido.
- Vamos Raúl, no tenemos más cabida en la residencia donde me he criado, donde creí que tenía una verdadera familia…¡Vamos hombre, que hay mucho que hacer en casa! – Dijo la mulata mientras contenía un sollozo en la garganta y evitaba mirar a la cara a la Señora Laura, su “hermana” de leche y amiga de toda la vida.
- Pero Domi, no te lo tomes así. Tú nunca fuiste tan rebelde, siempre me diste con los gustos y fuiste mi fiel compañera. Ahora solo tienes ojos para tu esposo…y está bien que así sea…. – Contestó la gran dama.
Quiso evitar que se fueran pero no le fue posible. La pareja salió a la calle en menos de un minuto y ella los vio correr hacia la esquina y luego dar la vuelta para buscar la jardinera que los trajera desde el campo. Los vio mientras se alejaban y sintió que pasaría mucho tiempo hasta reencontrarse con el querido rostro de Domi. Una lágrima le corría por su mejilla pero inmediatamente la enjugó con su mano, a la vez que cerraba la puerta – Adiós, mi amiga, mi hermana, mi sombra… Adiós querida, nuevos tiempos se avecinan…
Se quedó pensando y recordó cuando los Ocampo Figueroa, llegaron de Bolivia donde pasaran los últimos quince años, en el exilio. Trajeron a aquellos empleados y sirvientes que habían querido regresar a la Argentina, su verdadera patria, contándose entre ellos a la flamante pareja que conformara Dominga. ¡Qué incansable compañera y amiga incondicional había sido! Algo más que una criada…Y se marchaba ahora, quizás para siempre.
Ella mulata, él indio y sin embargo se sentían plenos de fuerza y de sueños para formar una familia, crear un hogar y hacerse un futuro. Llegaron a Belgrano muy entrada la noche, con la espalda dolorida y las nalgas anestesiadas por el golpeteo de la carreta en esos caminos embarrados y surcados de pozos, que dejaban los cientos de vehículos que andaban por ahí.
- Trae el farol, lo dejé al costado de la tranquera, tráelo, Domi, mientras tanto yo haré entrar a Corcel dentro del predio.
- Sí, ya voy – Contestó su esposa bajándose de la jardinera, tratando de ver algo gracias a la luz de la luna que por suerte era muy diáfana en esa noche despejada.
El terreno y la casa que habían comprado con los ahorros y dote de Dominga eran bastante grandes. Había lugar para muchas cosas: vivienda, taller de costura, herrería y quién sabe qué más. Estaba cerca de varias casas que se veían muy bien desde ahí. Tenía tranquera y una verja en el frente.
Los alrededores estaban muy bien enmarcados con tamariscos enfilados que servían también para dar límite a los animales que venían con la propiedad: una cerda enorme y rosada con sus tres cerditos, un caballo percherón llamado Corcel para tirar la jardinera, dos perros que cuidaban muy bien la casa y cuatro gallinas ponedoras con su gallo despertador – Habrá que ponerles nombre pues no sabemos cómo se llaman y habrá que arreglarles el gallinero, que es un desquicio… ¿Y la huerta? ¿Has visto tú, qué abandonada está la huerta?– Había dicho la negra Domi a su marido cuando se hicieron cargo del lugar. También había dicho que nadie ni nada le impediría formarse una clientela dentro de las señoras del pueblo y que cosería varios vestidos para tener de muestra y recorrer con ellos las casas de la vecindad. Y así lo hizo, golpeó cada puerta y se presentó en cada hogar dejando una flor con una tarjeta de presentación, iniciando de ese modo su negocio de costura y bordado, en aquellas tierras argentinas que la vieran nacer, hacía ya treinta y cinco años - Ya soy grande, debo pensar en un hijo o se me pasarán los años y mi vientre se secará. “Vamos, Domi, no te desanimes que hay un mundo más allá de la casa de los Ocampo y los Figueroa” Pensaba Dominga, aunque ella misma se llamaba Figueroa pues había adoptado el apellido de sus patrones, hacía mucho tiempo en Bolivia…Pero se consideraba muy diferente a ellos, muy diferente…
Tan diferente era que no podía guardar rencor. Cuando vio arribar el carruaje de Laura esa mañana de Octubre en que estaba por dar a luz, no pudo menos que saltar de alegría.
- ¡Laura, Laurita!, mira como estoy, Niña, soy un barril- dijo Domi acercándose con dificultad a recibir a su amiga.
- Sí, no hay tiempo que perder, hay que arreglar la casa, preparar el cuarto del niño, tener todo en orden para recibirlo… Milagros viene conmigo. Ella se encargará de las cuestiones medicinales y nosotras haremos el resto. ¿Pero cómo estás tú, querida, tanto tiempo?, he pensado mucho en ustedes y…
- Shhhhh! no digas nada, dijo Domi poniendo un dedo sobre los labios de Laura. Ven, sentémonos y planifiquemos todo… ¡Milagros, amiga! ¡Qué alegría verte! Vengan, charlemos un poco… Como se imaginarán el niño, o niña… porque ya una vieja me dijo que será niña, midiendo con círculos y una cadenita de oro sobre mi mano y vaticinando que será niña…La niña, ya tiene todo el ajuar preparado, esperándola. La cuna, la ropita, la habitación con sus cortinas, y…- No podía hablar de lo excitada que estaba, tanta era la alegría al estar con sus amigas más queridas.
- Déjalo todo en mis manos, Domi, hermana, que todo saldrá muy bien.
Pasaron solo tres días hasta que la negra Domi sintió los dolores de parto. La Señora Laurita tenía preparado todo, hasta el más mínimo detalle. Y Milagros, la cocinera, había elaborado los más exquisitos platos para esperar el nacimiento.
Fue justo a la medianoche. El parto duró lo que dura un suspiro, suave y sin dolores. Era una niña, como había dicho la adivina y como era de esperar, pequeña, renegrida y muy arrugadita.
- La llamaremos Cristina, en honor a nuestra fe cristiana – Dijo Raúl aferrando una cruz de madera tallada que lo acompañara durante el desarrollo del parto, mientras esperaba sentado detrás de una puerta, dejando a las mujeres ocuparse de todo. No había que olvidar que era de mal agüero ver el parto o ver a la parturienta mientras se encontraba en trabajo… - Cristina, negrita zamba, mezcla de negra e indio…Cristina, el inicio de la dinastía Romero… ¡jajajajajajaja! – No podía parar de reír este padre, de la gran alegría que sentía.
Dominga cosió mucho para toda la familia, para las vecinas de Belgrano y para muchas señoras de la Alta sociedad porteña que Laura le presentó. Tuvo tanto trabajo que ya no le alcanzaban las manos. Hasta tuvo que emplear a una ayudante y enseñarle a su marido a repartir la costura, en los momentos que le dejaba libre la herrería. Porque él se había instalado un taller de herrería en la entrada de la propiedad y trabajaba sin descanso. ¡Que prósperos eran los nuevos tiempos que vivían en suelo patrio! Tanto era así que a veces Dominga se preguntaba hasta cuándo duraría la bonanza, si no sería demasiado para ser real. Ella que siempre había sido una humilde servidora, ahora daba gracias por tanta felicidad. Miraba el cielo y trataba de ver alguna señal del Altísimo, que le indicara
el futuro.
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Pasaron los años y en los alrededores del hogar de los Romero fueron construyéndose muchas casas. Una magnífica mansión se erigió a solo un kilómetro de su propiedad, hacia el sur, por el camino principal. Era de la familia Corvalán.
Cristina se había transformado en una joven muy particular. De abundantes cabellos negros, enrulados en pequeños y suaves bucles que le caían como una cascada por la espalda, ojos grandes almendrados, pequeña nariz respingada y labios carnosos color canela. Caminaba como siendo dueña de la calle, sabiendo el impacto que causaba. Parecía una escultura de ébano, bella y fría, con su piel oscura de porcelana.
- ¡Cristina! ¡Mira por donde vas que uno de estos días te atropellará un carro…!- Le decía Dominga a cada rato. Pero ella solo sabía lucir los hermosos vestidos de todos colores que le cosía su madre y que engalanaba con cintas o turbantes, sobre su cabeza.
- No me importunes, madre, que debo verme bien para quien me quiera llevar consigo. Un caballero de gran alcurnia...ese es el que yo quiero….
Cristina, la Negrita Zamba, como le decía su padre, tenía grandes planes pero no precisamente de lucha, trabajo o estudio, sino más bien de lujos, placeres y vida acomodada. Desconocía para qué eran buscadas las mujeres hermosas de su raza en aquellos días de fines del siglo XIX. En esas tierras prodigiosas donde los negocios estaban a la orden del día, miles de prostíbulos rodeaban la ciudad de Buenos Aires y fue la gran mansión de los Corvalán uno de los más prestigiosos. Allí, muchas inmigrantes blancas y varias mujeres de color, practicaban la profesión más antigua del mundo.
Ignacio Corvalán era un hombre de mediana edad que andaba “de a caballo”, siempre muy bien vestido, llevando levita negra, un amplio sombrero, unos zapatos con hebilla y un pantalón estrecho. Cada vez que pasaba cerca de Cristina no podía sacarle los ojos de encima, la miraba persistentemente. Tanto que ella se percató de que él la esperaba en la esquina, a veces por más de una hora, hasta verla salir a la calle.
Esa mañana vio como el hombre se bajaba de su caballo, que dejó muy bien apeado y atado en el palo de la calzada y se le acercó mientras dibujaba una sonrisa en su boca bien enmarcada por un bigote negro.
- Señorita, señorita, quisiera hablarle, hace días que la veo pasar y estoy interesado en hacerle una propuesta.
Ella inclinó su sombrero para impedir pasar el sol que no la dejaba ver y doblando levemente su cabeza, lo miró.
- ¿Qué propuesta? – Le contestó simplemente.
- Usted es tan linda que deseo emplearla en mi casa. Tengo un salón de juego con villares y escenario donde hay cantantes y varieté. Necesito alguien como Usted para que sirva copas a los clientes. A cambio tendrá un sueldo y todos los vestidos que desee. Además conocerá a la gente más rica de esta región. Contactos, mi hermosa señorita, un capital entrañable.
- Pero soy de una familia de gente trabajadora, mis padres jamás me dejarán ir a ese lugar y mucho menos, trabajar allí.
- Pues entonces venga de visita, yo mismo la llevaré. Será mi acompañante y no es necesario que su familia sepa dónde estará…
Cristina comenzó a frecuentar la Casa Corvalán todas las tardes, por una o dos horas. Iba solamente a conocer gente. Entraba vestida como para ir a una fiesta y se quedaba para probar los originales tragos que allí servían. Su extraordinaria y exótica belleza le granjearon las mejores amistades y fue el mismo Don Ignacio quien quiso hacerla su amante. Con el tiempo, sus padres tuvieron que asistir al peor de los sucesos que pudiera vivir una familia de bien. Su hija dilecta se mudó a la mansión para vivir como querida de su dueño, quien además de llenarla de lujos, la “prestaba” a todos los clientes que la requerían.
- Yo también me escapé de la gran casona de la Colina. ¿O ya te has olvidado cómo comenzamos a vivir juntos? Cristina necesita hacer su vida. Los tiempos han cambiado y las mujeres son independientes…- Decía Dominga con ingenuidad, mientras Raúl bajaba la mirada ante lo irremediable.
Esa noche había una mesa de póquer con seis hombres jugando. La enorme lámpara de cuarenta velas daba una luz fulgurante sobre sus cabezas. En el piano, sonaba una melodía pegajosa, esa nueva corriente que llamaban “Tango”. Dos parejitas bailaban muy apretadas en una esquina y algunas mujeres, sentadas sobre las rodillas de los acaudalados jugadores, servían copas. Cristina se encontraba sentada junto a Ignacio Corvalán y reía a carcajadas, su cabello renegrido le caía como un torrente hacia un costado, sujetado por una turbante multicolor.
De pronto se abrió la puerta y un hombre moreno, bajo y regordete, entró en el salón. Era Raúl Romero que llevaba un trabuco en su mano derecha y apuntaba al centro de la habitación -¡La robaron, la engañaron, la sacaron de su hogar! – Gritaba enloquecido a la vez que buscaba con la mirada a alguien dentro del lugar, sin bajar su arma – ¡Cristina, hija, acá estoy para vengarte!
Se armó un gran alboroto, todos corrieron hacia la puerta, se agacharon detrás de las sillas o se tiraron al piso. El arma disparó un solo tiro directo al pecho de Corvalán pero fue su hija quien se interpuso - ¡No, Padre, no! – gritó haciendo un esfuerzo por salvarlo. Sobrevino lo inevitable: cayó al suelo desplomada. Se veía un fino hilo de sangre correr por su rostro y en sus ojos abiertos, el último resplandor.
Cuando Raúl se marchó a la cárcel para cumplir una condena a perpetuidad, Dominga no tuvo más remedio que vender su propiedad y retirarse a vivir nuevamente con Laura, donde permanecieron juntas para siempre.

(CONTINÚA EN ENTRADAS ANTIGUAS)

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