El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

viernes, 14 de mayo de 2010

IV - BEATRICE 1857 -1884

Lucha y Sergio llegaron a La Paz en un servicio de diligencias que trasportaba gente por todos los caminos y a través de la frontera. Los esperaba Celedonia Segurola gracias a una recomendación de un amigo influyente. Ella dirigía un colegio para señoritas en la ciudad. Llegaron muy temprano, en las primeras horas de la mañana. Estaban cubiertos de polvo y con el cuerpo muy dolorido. Lucha se bajó tomándose la cintura con ambas manos al tiempo que balbuceaba palabras de protesta. Estaba un poco mareada por la altura, por lo que su compañero y esposo le preparó un té de hojas de coca con un poco de miel para que tomara.
- Este viaje ha sido terrible. Me siento mal, estoy mareada, no veo las horas de descansar en una verdadera cama.
- Toma esto cariño, te hará bien, te curará del “apunamiento”. Luego recuéstate y descansa para que se te deshinchen las piernas. Yo debo presentarme en el colegio lo antes posible, regresaré por la tarde y te contaré sobre todas las novedades. Adiós.
- Gracias, mi amor. Cuídate tú también.
Y Lucha se durmió con gran placidez en unas sábanas frescas y perfumadas. No podía pedir nada mejor en ese momento.
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Pasaron los meses y la joven pareja se instaló muy bien en una casa bastante cómoda, muy soleada y cerca del cerro, lejos del centro de la ciudad. Había sido regalo de casamiento del General Miguel Figueroa, padre de la flamante señora.
Sergio trabajaba como maestro de Idioma francés en el Colegio de Mujeres Santísima Trinidad.
Lucha se quedó en su hogar en la “dulce espera”, haciendo toda la ropita del bebé con sus propias manos. Tejía al crochet y a dos agujas y cosía y bordaba las batitas. Las enseñanzas de Dominga, estaban dando sus frutos. Cada vez que abría el cajón para guardar alguna ropa del bebé, veía el medallón de rubí que había pertenecido a su madre y esto le daba fuerzas para seguir. ¡Estaba tan lejos de todos los que amaba!
Una mañana de Febrero, cuando el sol del verano comenzaba a colarse por las ventanas y a calentar las habitaciones, rompió bolsa. La criada que la cuidaba salió corriendo a llamar a la comadrona. Y luego a avisarle a Don Sergio.
- ¡Ya llega, ya llega, el niño, ya llega! – gritaba la vieja sirvienta, bajando por la calle hacia la esquina.
Todo se preparó con premura y para cuando el padre del niño se acercaba con su caballo, sintió el llanto diáfano, agudo y penetrante de un bebé.
- Es una niña, querido, ha venido a este mundo en el momento preciso en que las mujeres comienzan un largo camino de realización personal. Ahora podemos elegir con quién casarnos, estudiar y decidir muchas cosas porque cada vez más se respetan nuestros gustos y sentimientos. Ya verás cuántas satisfacciones nos dará esta mujercita. Tómala en tus brazos y dale tu bendición.
El padre la tomó en sus brazos y la levantó muy alto.
- Yo te doy el nombre de mi madre: Beatrice, y como segundo nombre el de tu madre: Miguela. Te bendigo bajo el cielo de nuestra nueva patria, Bolivia, tierra de aimaraes y de incas, de libertad y futuro. Te bendigo en este caluroso día de Febrero de 1857.
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Quizás porque nació en pleno verano y las noches de calor y de alegría se pegaron a su frente, Beatrice fue un ser verdaderamente indómito. De carácter abierto y pasos danzarines, desde niña le gustaba treparse a los árboles y cuando fue creciendo se hizo amiga más bien de los varones que de las chicas, que le resultaban muy aburridas, siempre detrás de las ventanas, comentando lo que sucedía afuera y sin estar en el escenario de los hechos. Ella no era así, le gustaba recorrer las calles y los mercados en busca de objetos exóticos y telas hermosas que guardaba para cuando pudiera usarlas. Charlaba con todos y preguntaba sobre todo lo que quería saber, anotando en su “libreta mágica” lo que le parecía interesante.
Su cara era muy particular, entre angelical y picaresca, parecía guardar los pensamientos más osados. Sus largos y enmarañados cabellos colorados, terminaban en bucles naturales que le caían sobre los hombros. Sus ojos verde-claros brillaban en un rostro triangular, enmarcados por cejas levemente subidas en los extremos y cortas pestañas rectas. Su pequeña nariz llena de pecas parecía “olfatear” siempre las más disímiles aventuras que eran verbalizadas por unos labios carnosos de un rozado oscuro, en oraciones muy bien elaboradas por su mente audaz.

Beatrice hablaba bastante bien el francés que le había enseñado su padre, tanto en el colegio donde daba clases, como dentro de su casa, en la que no se le permitía hablar en español, mientras él estaba. Soñaba con conocer mundos extravagantes, ser actriz o integrante de un circo, al que quería unirse cuando fuera adulta. Un circo que viajara por todo el mundo y que le permitiera saber sobre la vida que se desarrollaba más allá de sus montañas bolivianas.
A Buenos Aires iba permanentemente, cuando sus abuelos y tíos la mandaban a buscar y a Francia siempre soñaba con viajar, guiada por los relatos que en sus cartas, le contaban sus parientes franceses.
Su madre Miguela, Lucha para los íntimos, la cuidaba mucho junto con sus tres hermanos varones con quienes siempre se había llevado muy bien. Oliverio, el mayor, era además de su hermano, su mejor amigo y juntos planeaban la mejor manera de salir de Bolivia en tiempos futuros. Durante las largas siestas, ideaban viajes y excursiones exóticas a tierras lejanas.
Una tarde, sentados sobre la rama baja de un algarrobo, pensaron en escaparse con el Fantástico Circo de Moscú que había llegado a La Paz. Habían descubierto que no había mucho control sobre quienes entraban y salían de los carromatos de las estrellas pues todos estaban tan ocupados que no veían lo que sucedía, sobre todo durante las funciones.
- Escóndete detrás de este biombo, ven Oliverio, que aquí no nos verán – le dijo a su hermano arrastrándolo suavemente hacia el interior de un coche que se encontraba abierto – Hoy es la última función y mañana el circo sale para otra ciudad, así es que nos iremos con ellos.
- Pero nuestros padres se preocuparán, mamá se pondrá a llorar y papá se enojará mucho…
- ¡No puedes arrepentirte ahora, después de tantos planes!
Durmieron allí toda la noche, acurrucados dentro de una gran canasta llena de disfraces. Pero muy temprano en la mañana escucharon voces de gente que estaba revisando todos los vagones.
- Deben estar aquí seguramente – Era la voz de Sergio Moreau, su padre – Uno de nuestros criados nos dijo que planeaban irse hoy con el circo – Seguía explicando.
- Tápate con esto, hermanito, que no te vean – le ordenó Beatrice a su hermano.
Cuando abrieron la puerta no pudieron verlos dentro del gran arcón de mimbre.
- Ya se van, quédate muy quieto que ya se van.
Pero antes de cerrarse la puerta, Oliverio alcanzó a ver el rostro de su madre bañado en lágrimas y no pudo aguantar más aquel suplicio. Saltó del escondite y se abalanzó sobre las personas que realizaban la búsqueda.
- ¡Mamá, Mamá, ya no llores, no nos iremos, aquí estamos para regresar a casa! – Gritó el joven que fue recibido con un abrazo por su madre.
Luego de los retos y castigos de rigor, todo quedó olvidado, pero no por Beatrice que seguía urdiendo secretos planes de aventuras.
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El segundo hermano de Beatrice se llamaba Juan. Era un joven que contaba ya con catorce años y siempre había cultivado un gran amor por la música. Tocaba el piano y había formado un trío junto con los dos mayores: Beatrice en el violín y Oliverio en la guitarra. ¡Qué bien sonaban en reuniones familiares y de amigos, además de las presentaciones del colegio! Juan era el director pero Beatrice era la “buscadora de presentaciones”, nombre que ella misma se había asignado.
Luego de muchos ensayos y funciones en la sala del teatro más pequeño de la ciudad, fueron invitados al Colegio de los Padres Franciscanos donde asistían los hermanos Moreau. Luego, por recomendación, a otras escuelas y a otros teatros.
Cuando no quedó un solo lugar en La paz adonde pudiera tocar el trío, fue que a Beatrice se le ocurrió la magnífica idea de escribir a su abuelo materno Miguel Figueroa para que los ayudara con sus relaciones públicas, a conseguir una gira por toda Bolivia.
…Querido Abuelo Miguel: debes saber que tienes en la familia una verdadera orquesta que está triunfando en los salones de todos los colegios e iglesias de La Paz. Oliverio con su guitarra, Juancito en el piano y por supuesto yo con el violín. Un hermoso trío que llena de orgullo a nuestros padres…Deseo preguntarte, querido abuelito, si está en tu poder conseguirnos, a través de tus múltiples relaciones, invitaciones para tocar en distintos lugares, este verano. En Tarija o en cualquier otra ciudad…

Y así fue que ese verano, los tres hermanos recorrieron casi toda Bolivia de la mano de su padre Sergio Moreau, quien los acompañó a todos sus recitales.
Fue un gran verano para todos y en especial para Beatrice que lo vivió con alegría desmedida. Jamás pudieron olvidar ese tiempo lleno de éxito y de unión familiar.

Una tarde de fines de Febrero, su madre, Doña Lucha, aprovechando que estaban todos en casa, reunió a toda la familia en los sillones de la galería anterior y con la voz llena de regocijo les dijo:
- Me han dado la mayor satisfacción que pudiera anhelar. ¡Los felicito, son unos verdaderos artistas!...Beti, quiero que tengas esta joya que pertenecía a tu abuela Laura. Es un hermoso medallón de oro en forma de corazón con un rubí en su cara anterior, tiene su cadena, también de oro. Está cerrado porque así lo quiso la Abuelita. Deseo que lo lleves cerca de tu corazón… Y para cada uno de ustedes, chicos, un objeto preciado de vuestro padre. Guárdenlos como un valioso recuerdo de quien más los ama.
Deslizó un reloj de plata con su gruesa cadena, una brújula de oro perteneciente a la familia paterna y una pipa de ébano con incrustaciones en piedras, también de la familia Moreau. Hecho esto, se sintió satisfecha habiendo cumplido con sus virtuosos hijos.
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Pedro, el hermano menor, tenía adoración por Beatrice. La admiraba y hacía todo lo que ella le pedía, porque además sabía de la predilección y cariño que su hermana le profesaba. Era su mensajero y ayudante acatando el liderazgo que tenía entre los tres hermanos.
Cuando llegaron desde Buenos Aires las noticias de que la Abuela Laura estaba muy enferma y se encontraba pasando unos días en la casa de Salta, en San Lorenzo, Beti no lo pensó dos veces y decidió viajar inmediatamente a verla.
- Debemos ver a la Abuela mientras aún esté con vida. Vamos a la Argentina, Madre, viajemos los tres con Pedrito a verla…¿Qué dices, vamos?
- Sí, están todos pasando unos días en la casona de verano de San Lorenzo. Mi madre, mi hermana Mercedes con su hija Ofelia, mi hermano José con su esposa, Inés Arredondo y su bebé, y por supuesto Dominga que la está cuidando. Aunque ya está muy vieja la pobre, no deja el cuarto de mi madre ni por un instante. Tu Abuela Lala quiso ir a morir a su querida Salta y allí están todos, con ella. Debemos viajar inmediatamente – dijo Doña Lucha con aire de tristeza y resignación.
- Muy bien, Pedro, niño, ve al colegio a avisarle a Papá sobre nuestros planes de viaje y dile que partiremos lo antes posible.
Salió Pedro en su caballo hacia la ciudad, con la alegría previsible de un niño que se está por lanzar a esa aventura que significa el viajar a lugares ignotos. Iba cantando y a todo galope, mientras en la casa de los Moreau todo se empezaba a disponer para realizar el viaje al país del sur.

Llegaron a Salta en una semana. Una carreta los llevó hasta la propiedad de los Ocampo. Beti no podía creer lo que veían sus ojos: bosques pletóricos de árboles, arroyos y vegetación exuberante se abrían ante ellos, mientras avanzaba el coche. Al cabo de media hora divisaron a lo lejos, el casco de la estancia de San Lorenzo donde se encontraba su familia materna. Un soberbio castillo estilo florentino los esperaba y en la galería frontal ya estaban su tía Mercedes y su primita Ofelia saludándolos.
- ¡Luchita, Beti, Nene, qué alegría! ¿Los demás no han podido venir? – Gritó Mercedes lanzándose a los brazos de su hermana.
- ¡Hola querida Hermana! No, mi Sergio ha tenido que quedarse por trabajo de fin de año y los chicos por su estudio. ¿Cómo está Mamá Lala?
- No muy bien, pasen y dejen su equipaje en la galería que pronto lo haremos entrar a los cuartos.
La primavera culminaba y la gran casona, rodeada de hortensias rosadas y celestes, servía de contención a una familia apenada por las circunstancias de la vida. Todos hacían un gran esfuerzo por no demostrar tristeza a la débil Laura que ya se encontraba en el tramo final de su existencia. Habían llevado consigo algunos criados y muy pocas pertenencias y se preparaban para lo inevitable.
Increíblemente, doña Laura Mercedes Ocampo había experimentado una franca mejoría desde su llegada a Salta. Estaba rozagante, sentada en un sillón de mimbre a la vera de su cama, cuando vio entrar a su querida hija Lucha y a sus nietos.
- ¡Vengan a darme un gran abrazo, gracias a Dios que pudieron venir! – Dijo abriendo sus brazos en son de bienvenida.
- ¡Oh! ¿Cómo estás Madre? – Gritó Lucha caminando hacia Laura.
- ¡Abuela Lala, te ves muy bien! – acotó Beatrice muy contenta.
- ¡Abuelita, te quiero mucho! – Dijo Pedrito subiéndose a la falda de la anciana.
Todos entraron inmediatamente en el cuarto rodeando a la enferma. Pasaron varias horas conversando entre mates, limonadas y bocaditos, hasta que se hizo la hora de la cena y se retiraron a sus habitaciones para asearse y descansar unos minutos.
Caminaban por el parque, subían hasta la quebrada del río San Lorenzo o acudían a la misa de la capilla en el centro de la villa. Recordaron toda su vida en Bolivia, en la gran casona de la colina, su regreso a Buenos Aires y el año en que Dominga se escapó con Raúl para regresar más tarde a casarse con el beneplácito de Doña Laurita. ¡Cuántas cosas habían sucedido y estaban ahora todos juntos viendo apagarse la luz de esa familia, una gran matrona, sin lugar a dudas.
Fue en la hora del ocaso del día 26 de Noviembre de 1874 cuando Laura llamó a su cabecera a todos los presentes y a cada uno le dijo algo, un mensaje de despedida.
- Dominga, anota en este libro lo que voy a decir.
- Si Lala, dime – obedeció la negra Domi, muy apesadumbrada.
- Para ti Beatrice, dejo todos mis vestidos…Sigue tu vocación de artista… Para Ofelia, mi Biblia, rosarios y objetos religiosos. Lo mismo te digo a ti, Ofelia, sigue el llamado de Jesús, haz lo que te dicte tu conciencia… Para Pedrito y los muchachos, mis caballos…Deseo que se transformen en grandes hombres de bien… Al bebé Josecito, la cuna que fue de mis hijos. Cuiden mucho a este pequeño... A mis hijos Lucha, Mercedes y José, mis obras literarias y mis joyas que deben ser luego distribuidas en forma equitativa… Hijo, José… no olvides nunca que tu Padrino te ama tanto como yo…Para Dominga, mis piezas de tela. Eso es todo, en cuanto a mis propiedades y demás bienes, ya está todo en manos de los abogados. Los amo…
Fue allí cuando Beatrice sacó el medallón de oro que tenía en una bolsita de terciopelo y lo puso entre las manos de su abuela.
- Abuelita, quiero darte esta joya que te pertenece. Dinos si podemos abrirla para descubrir qué hay en su interior.
- Guárdala tú, querida…- Dijo la anciana que tomó la reliquia y esbozó una sonrisa, poniéndola en su pecho. Luego apoyó su cabeza en la almohada cerrando sus ojos, como recordando algo muy placentero…
Así Doña Laura dejó este mundo, en medio de las miradas silenciosas de todos sus seres queridos. Beatriz tomó el corazón de oro y rubí, lo abrió con algo de dificultad y pudo ver lo que escondía en su interior: un retrato resquebrajado con una leyenda que decía: “Con todo mi amor a una gran escritora. Año 1843”. Firmado: José Ballivián Segurola.
Todos estaban preparados para emprender el regreso a Bolivia pero Beatrice se mostraba muy sombría esa mañana. No sabía cómo decirle a su madre de su nueva decisión. Finalmente la soltó sin titubeos. Esto era lo que faltaba para completar las sorpresas acontecidas en ese inolvidable Noviembre. Para darse fuerzas tomó el medallón que colgaba de su cuello y con voz clara anunció:
- Me quedo en la Argentina, Mamá, ya no deseo volver. Quiero ser actriz. Estaré un tiempo acá y luego viajaré a París a estudiar teatro.
- Muy bien, querida, se lo que debas ser y nunca, nunca renuncies a tus sueños – Dijo Doña Lucha, mirando dulcemente a su hija, para luego subir al vehículo que inmediatamente se alejaría rumbo al norte.
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Paris estaba coloreada de amarillos y dorados en ese otoño de 1882. Verdaderos colchones de hojas secas tapizaban los bulevares cercanos al río Sena y Beatrice no pudo menos que considerarse afortunada al arribar a la “ciudad luz”. Una ciudad llena de arte y cultura, cuna de artistas de todos los rubros …París…justo el lugar donde ella quería estar.
Decidió instalarse en Montmartre, el barrio bohemio, donde los Impresionistas ya estaban desarrollando su magnífica pintura y los bares y cafés eran los centros de reunión de la mayor fauna artística jamás encontrada. Cerca del viejo molino, junto a la cumbre, el Moulin de la Galette funcionaba a pleno como el mejor restaurante, cavaré y centro de espectáculos para viajeros y noctámbulos. La recientemente construida iglesia de Sacré Coeur, blanca e imponente en la cúspide de la colina, servía de escenario a tanta magia y pasión. Un barrio encantador lleno de músicos y retratistas en las calles y donde las escaleras que había que ascender para llegar a él, no impedían la fascinación más grata a un corazón ardiente como el de Beatrice.
En Buenos Aires había estado tomando clases de pintura y escultura y casualmente su maestro francés Claude Peirs había conseguido que en Francia, un gran atelier de la época, la acogiera como alumna privilegiada. Estaba preparada para dedicarse de lleno al arte, aunque su gran sueño era ser actriz de teatro y con ese objetivo había llegado a Europa.
Instalada en un departamento del primer piso de un luminoso edificio de la Rue Tourlaque, montó su estudio y vivienda personal. Pronto advertiría Beatrice que estaba dentro de uno de los lugares más atractivos y peligrosos que le pudiera brindar Paris.
Ella era una de las pocas mujeres que comenzaba a integrar los grupos y asociaciones de artistas que se formaron en la ciudad. Su carácter vivaz y espíritu de líder la habían llevado a hacerse de buenos amigos entre los jóvenes. Su vecina Marie Clémentine Valadon, conocida como Suzanne, la invitó ese mediodía mientras comían, a sumarse a su nueva asociación.
- Hemos formado un grupo al que llamaremos “Incoherentes”, en honor a nuestra falta total de buen juicio. ¡Ja, ja, ja! – Tiró su larga cabellera color castaño para atrás y rió con desenfado, ante una asombrada Beatrice. “Suzanne es muy bella”, pensó mientras la veía tomar “absenta” en una sutil copa de cristal.
- Ven conmigo que te presentaré a mis amigos.
- Muy bien, vamos, hace tiempo que quiero conocer a los grandes de Montmartre.
- No conocerás a nadie tan importante, gente como Edouard Manet, Auguste Renoir, Edgar Degas, Toulouse-Lautrec, el genial gnomo, Henri Matisse y otros, no lo son en lo más mínimo.
- Ya lo se, pero pretenden serlo, no son más que aprendices de pintores, rechazados por la Academia…
- Te presentaré a alguien muy especial. Tú solo arréglate bien, ponte tu vestido de terciopelo color ciruela y tus botas de cuero negro…¡Ah!...y no olvides el sombrero con flores rosadas y velo al tono que te dan un aire señorial. Vamos Beti…que eres mi más bella amiga y alguien quiere conocerte desde hace tiempo, quiere que poses para él y pintar tu retrato.
Beatrice no se consideraba amiga de esa terrible criatura, modelo de pintores y camarera, habitué de bares y reuniones nocturnas. Sólo su vecina. Pero al insistir tanto en presentarle a alguien, no pudo menos que aceptar.
-Bien, acepto. Has logrado despertar mi curiosidad. Nos vemos esta tarde, entonces, a la hora del vermouth.
- Sí, te espero en mi casa para ir juntas.
Había llegado la hora. Dobló la esquina hacia la derecha, para entrar al edificio de departamentos de la calle perpendicular y entró al pasillo para tocar fuertemente la puerta de Suzanne, se habían hecho las seis de la tarde, la hora ideal para concurrir a un bar parisino.
- Vamos querida que Auguste nos espera.
- ¿Quién es?
- Solo un pintor, hace hermosos retratos, yo he posado para él. Su apellido es Renoir. Es muy bien parecido y bastante mujeriego, según dicen.
- Yo no quiero ser modelo, solo quiero ser actriz…
- Quizás él te pueda contactar, no pierdes nada con conocerlo.
- Muy bien, Suzanne, pero…¿qué le dijiste de mi?
- Sólo que eres increíblemente bella, de América y hablas muy mal el francés…¡Ja, ja, ja!...Vamos – Entraron en el Café Nouvelle Athenes donde ya las estaban esperando.
Un hombre de unos treinta y cinco años o quizás algo más, de barba recortada y hermosas facciones, se levantó de su silla para recibirlas, tomando de la mano a Suzanne.
- Ven pequeña, estamos sentados aquí.
- ¡Oh, Auguste. qué alegría verte! Ella es mi querida amiga, Beatrice. Vivimos en departamentos contiguos.
Beti se había quedado mirando al joven pintor, muy impactada por su presencia que irradiaba un ángel difícil de definir para ella. Carisma, encanto y gran caballerosidad, la tenían anonadada, casi no podía respirar.
- Mucho gusto Sr. Renoir.
- ¡Oh!, por favor, dime Auguste. Siéntense. Suzanne me dice que estudias pintura en un taller de la Escuela de Bellas Artes…y…¿Cómo te trata Paris?
- Muy bien…y mejor ahora…Quiero decir…Bien, ya tengo muchos amigos. Hago pintura pero lo que yo quiero…es ser actriz.
- Pero el ambiente de teatro no es para ti, niña…¿te gustaría posar para mí? Ser modelo de uno de mis cuadros? Eres muy bella…Te pagaré, por supuesto.
- Bueno…gracias, no lo había pensado…pero…será un honor.
- No se hable más, mañana a las diez, en esta dirección – Le acercó un papel donde estaba escrita una dirección del barrio de Montparnasse, al otro lado del Sena.
- Allí estaré.
Ese hombre la apabullaba, era tan educado y galante con ella y tenía esos gestos de gran dulzura…que no podía pensar en nada, sencillamente en nada más que en él.
Se enamoraron perdidamente. Ella tenía veinticinco y él cuarenta años y parecían estar hechos uno para el otro. A los pocos días de conocerse se mudaron juntos.
Pasaron varios meses. Sus parientes franceses siempre intentaban contactarla a pedido de sus padres, su maestro Claude le enviaba cartas, esperando infructuosamente que ella las contestara y su amiga Suzanne la buscaba por todo París. Beatrice no aparecía; estaba ebria de absenta, esa bebida de moda, de alta graduación alcohólica, a la que se había hecho adicta. No podía pensar, pintar y mucho menos progresar en sus sueños de actuación y realización personal. Estaba también ebria de amor. Posó para Renoir y se convirtió en su modelo y amante. Lo amaba hasta la locura, tanto que no le importaba saber de sus otras relaciones con modelos famosas del momento. Más y más se sumía en un mundo de alucinaciones y pasión.
- Beatrice, mi bella Beatrice, mucho me temo que debo dejarte, mi bien – Le dijo él una noche, a la salida del teatro.
- Pero…¿por qué?, no te creo, lo dices en broma…
- Lo hago porque me caso, querida y ya no puedo verte – Le tomó la mano y se la besó sutilmente haciendo una reverencia ante ella. Luego se sacó el sombrero y la miró al rostro alejándose por la calzada, para perderse en la oscuridad de la noche. Nunca lo volvió a ver.
El mundo giró en torno a ella. Pánico, sudores, lágrimas y sensación de muerte. Desesperación y más pánico… Beatrice se encontraba en un cuello de botella…y la botella era lo único que quería…Todo la llevaba al final…
Trascurrieron dos, tres, cuatro días hasta que su casera abrió la puerta encontrándola sobre la cama, casi sin vida.
- Esta mujer es extranjera, hay que comunicarse con su embajada. Allí avisarán a su familia en Argentina, ese país de Sudamérica del que proviene.
- Pero también creo que tiene familiares en París, podemos buscarlos a ellos. A ver…en un costurero tenía ella guardada la dirección… – dijo Suzanne, abriendo la puertita de su secreter - ¡Pobre mi ángel, era tan bella! - Dijo extendiendo un papel con sus papeles personales.
La llevaron al hospital y de allí a Provenza en el sureste de Francia, a la casa de campo de su tío Antoine Moreau, primo de su padre, donde pudo reponerse bastante de su mal estado físico y sentimental. Trascurrieron más de dos meses hasta que estuvo lista para partir a su país.
Cuando llegó de regreso, su padre la esperaba en Buenos Aires.
- ¡Mon petit Beatrice! Qué susto nos has dado. El Tío Antoine dijo que ya estás mejor. Aquí te recuperarás, tu madre te espera en casa para cuidarte y devolverte la sonrisa.
- Pero no iré a La Paz, Padre, mi lugar está en Buenos Aires. Aquí pintaré, enseñaré y recuperaré mi salud.
- Pero no puedes vivir sola querida. ¿Dónde te instalarás?
- En casa de la Tía Mercedes primero…y luego ya veré. Vamos “mon chéri Papa”, que necesito descansar.
Estaba muy demacrada y delgada, era otra Beatrice. Pero sus ojos no habían perdido el fuego. Indiscutiblemente se levantaría de su caída y volvería a brillar.
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Pasaron los meses y Beatrice llegó a ocupar un lugar importante dentro del ambiente artístico rioplatense. En 1884 ya estaba muy bien instalada con un atelier en la Avda. de Mayo. Fue entonces cuando vio entrar a María por la puerta de entrada, con su cabello negro atado en un flojo rodete y sus aros de azabache que refulgían a la par de sus enormes ojos celestes. Supo que en ese aire misterioso se escondía una gran artista. Se puso contenta de que una mujer fuera su primera alumna. Pensaba en que una pintora que venía desde el otro lado del Atlántico, recomendada por su tía Mercedes, y que tenía toda la soberbia que había que tener para triunfar en Buenos Aires, debía ser alguien poco común…
María Castiglioni fue su alumna y gran amiga. Juntas se lanzaron en la pintura romántica y neoclásica y lograron imponer en el ambiente machista porteño, las expresiones de varias pintoras.
- Vamos, Beatrice, no seas tan rebelde, haz lo que te piden.
- ¡Jamás!, nunca me doblegaré ni será mi arte el que surja para dar “adorno” a las señoras gordas de la Beneficencia, mi arte siempre saldrá de mi interior y se propondrá decir algo, gritar lo que siento con todas mis fuerzas.
- Nunca olvidaré tus enseñanzas – Le dijo francamente su amiga a la vez que le miraba el vientre que ya había adquirido una enorme dimensión. - ¿Quién es el padre? – Se animó a preguntar.
- Es el gran pintor Auguste Renoir. El no sabe que tendrá un hijo y que se llamará Pedro como mi hermano menor y si es niña será Mercedes como la tía que tanto quiero y que me ha dado un lugar en su hogar.
- ¡Oh Beti!, yo estaré a tu lado cuando nazca ese bebé y ya verás que traerá un pan bajo el brazo, como sucede siempre que nacen estos niños, hijos de madre sola. Pero de una madre que además de dones, tiene un alma buena y caritativa y que es una gran persona - Beti y María se abrazaron permaneciendo unidas por largos instantes.
Finalmente, Beatrice Moreau dio a luz. La maternidad fue para ella algo totalmente natural. Fue varón y tal como había anunciado, lo llamó Pedro y de segundo nombre Augusto en honor al gran pintor…

- Tú eres hijo del gran pintor Auguste Renoir, pero ese es un secreto entre tú y yo – Le dijo Beatrice a su niño cuando estuvieron solos en el cuarto. El bebé la miraba sin ver, con su rosada cara arrugada y sus ojitos muy abiertos clavados en los suyos.
- Nadie lo sabrá, querido… nadie, jamás – Continuaba hablando la joven sentada sobre su cama de la gran habitación que su tía Mercedes preparara especialmente para ella y el niño.
Pedro Augusto fue un niño prodigio. Se crió entre pinturas, bastidores, esculturas, alumnos y museos de todo tipo. Amén de los viajes que realizó con su madre mientras tuvo menos de cinco años de edad, momento en el cual fue internado en el mejor colegio para varones que había en Buenos Aires. Allí estudió hasta la edad de diecisiete años… Pero esa es otra historia…

(Continúa en "Entradas antiguas")

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