El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

viernes, 7 de mayo de 2010

V - HELENA * 1914 - 1918

La localidad de Maubeuge en Francia, había sido alcanzada por soldados de las tropas alemanas. Por todos lados las viviendas, que ya habían sido abandonadas por sus legítimos dueños, eran tomadas por los soldados y convertidas en trincheras. Las escaramuzas en las calles eran moneda corriente y sin embargo, la vida en la villa continuaba desarrollándose en forma más o menos normal.

Helena era operaria en una fábrica. Había tomado ese puesto ya que no quedaban hombres para contratar. Esta Gran Guerra, como le comenzaban a decir, se había llevado a todas las almas masculinas en edad de trabajar y eran las mujeres, quienes los sustituían.
Tras marchar sobre Bélgica, Luxemburgo y el bosque de las Ardenas, el ejército alemán avanzaba, en la segunda mitad de agosto de 1914, hacia el interior del norte de Francia, donde se encontraron con el ejército francés y las primeras divisiones de la Fuerza Expedicionaria Británica. Se produjeron una serie de batallas y el Asedio de Maubeuge provocó un cambio en la tranquilidad de sus habitantes que estaban apenados y asustados, con grandes expectativas de que sus estructuras defensivas lograran frenar el avance alemán.
Las calles de la aldea estaban plagadas de soldados. Al doblar la esquina, Helena escuchó ruido de balas y el pánico la hizo correr hasta el portón de hierro que antecedía a la entrada. Tocó la puerta de madera lustrada, con la pesada manecilla de hierro y esperó a que se asomara la querida cara de su amiga, la italiana. Era muy agradable ser recibida por alguien amigo, en medio de tantas muertes y tanta violencia.
- Helena, pasa mi querida, te esperaba.
- Eulalia, gracias a Dios que estás aquí. Sentí ruido de tiros sobre mi cabeza y llegué corriendo.
- Es común en estos días, nuestra villa está prácticamente tomada. Bélgica está que arde, escucha la radio…
Las amigas se acomodaron en el jardín de invierno que estaba muy agradable a esa hora. Mientras Eulalia encendía la radio, Helena dejó su saco tejido sobre el sillón de estera.
- ¿Estás muy cansada, trabajaste mucho hoy? Ven…siéntate que tomaremos el té.
- Sí, muchas gracias. Te lo agradezco querida. Déjame tomar la tetera que yo serviré...- Dijo Eulalia a su amiga quien se fue adentro a buscar el juego de té.
- Sí, como no… ¿Qué piensas de todo esto? – Le gritó desde la cocina - Yo creo que no debemos seguir dejando que los alemanes avancen hacia París. Las tropas franco-inglesas están haciendo todo lo que pueden pero debemos ayudarlas.
- Yo pienso que son muy valientes y nos están defendiendo bien de esta invasión. Pero tengo miedo, temor de que no podamos detenerlos.
- Yo me estoy arrepintiendo de haber dejado la Argentina y mis padres no hacen más que llamarme y decirme que regrese – Se lamentó Eulalia.
- Pero tu esposo tiene un magnífico trabajo aquí. ¿Qué piensa hacer, regresar a Estocolmo o regresar a Buenos Aires?
- No creo que nos movamos de esta villa, no por ahora. En la fábrica de porcelana Rolf puede volcar su arte y en el periódico sigue como imprentero y periodista. Yo trabajo en la escuela por la mañana y en la fundición por la noche, ya lo sabes…Y ahora hago más falta que nunca. ¿No crees?
Eulalia y Rolf habían llegado a Maugeuge hacía unos años atrás, buscando trabajo en esa zona industrial de Francia. Venían desde Estocolmo, Suecia, a donde habían arribado desde Buenos Aires, Argentina. Allí la casualidad los había unido siendo ambos europeos, ella italiana y él sueco. Muy simpáticos, cultos e inquietos, tenían un hijo a quien también llamaron Rolf, de cinco años de edad. Como docente, Eulalia enseñaba español en la principal escuela primaria de Maubeuge. Allí la conoció Helena y se habían hecho muy amigas.
Helena temblaba al servir el té. Se sentía muy mal por todos los sucesos de ese año. Europa estaba en guerra y ella era una pacifista nata. Esposa del rabino del pueblo, ambos profesaban su fe a ultranzas y llevaban un modo de vida ejemplar. Siendo muy espiritual, no podía aceptar el odio y la carnicería que se estaba desatando, con nuevas armas químicas y gas letal. Las trincheras llenas de alambres de púa y de soldados hambrientos y enfermos, se estaban convirtiendo en el flagelo más grande de ese tiempo.
- Estoy muy apenada, amiga mía. Rezo al Todopoderoso a diario y le pido por nuestra alma. El hombre se ha convertido en un ser infernal. La ira de “Él” caerá sobre nosotros. Debemos hacer algo.
- ¿Pero qué podemos hacer nosotras, querida? – le contestó la afligida Eulalia.
- Además de elevar oraciones al Cielo, tenemos que idear algún plan para socorrer a nuestros hermanos heridos en acción, llevar comida y consuelo a nuestras tropas y ayudar en lo que se nos pida.
- Organiza lo que quieras y cuenta conmigo. Pero no olvides que en tu estado, debes ser prudente.
Eulalia tomó la mano de su amiga y se ofreció a servir ella, el té. Desde la cocina venía el sabroso aroma de un pastel de manzanas recién horneado y al sentirlo supieron que ya no quedarían muchos momentos como ese para disfrutar. Se miraron a los ojos y decidieron comer calladamente en esa hora de lágrimas.
Cuando se refería a “su estado” era por dos razones muy poderosas: por un lado Helena llevaba ya cinco meses de embarazo y por otro era judía y como esposa del rabino, debía mantenerse fuerte para dar consuelo y fuerzas a sus fieles que morían como moscas en el campo de batalla. Pequeña, delgada y de grandes ojos celestes, había logrado dar relieve a su figura gracias a su pelo largo y enrulado color castaño oscuro. Usaba preciosos sombreros a la moda con caída de velo que le daban un aire misterioso. Siempre estaba inquieta y risueña y albergaba una gran dulzura en su corazón de sufrida mujer hebrea.
Las casas de la aldea se habían convertido en improvisados hospitales donde las mujeres asistían a los soldados franceses o británicos que lo necesitaban. Les llevaban alimentos y tabaco y les brindaban sus oraciones.
La esposa del rabino y la maestra del pueblo juntaron fuerzas y organizaron un banco de alimentos en la sinagoga. No solo alimentos sino vendas, alcohol y medicamentos y todo tipo de enceres que pudieran servir a los enfermos: ropa, tejidos y hasta libros y revistas. Junto a otras mujeres lograban hacer llegar a los soldados la mayor cantidad de provisiones que podían.
Un día, a finales de Agosto, se encontraba Helena en un pequeño y precario hospital dentro de una vivienda y un francotirador desde la casa de enfrente, no cesaba de tirar contra los heridos que se encontraban indefensos en el piso, matando a varios de ellos. Furiosa y ciega por la ira tomó un arma, una pistola que encontró dentro de un armario, y salió cruzando la calle, hacia el sitio desde donde provenían los disparos. Subió silenciosamente las escaleras y abrió suavemente la puerta. Contuvo el aliento…Allí estaban, dos soldados alemanes atrincherados detrás de las celosías. Apuntó con frialdad, sin pensar en lo que hacía, tanta era su furia. La respiración se le hizo profunda, el corazón aceleró su ritmo y sus ojos se achicaron tratando de aguzar el campo de visión para no errar el impacto. Ya se encontraba lista, lo haría sin titubear…Pero justo cuando estaba a punto de apretar el gatillo, una mano delicada y pequeña le quitó el revólver. Era Eulalia que inmediatamente tiró contra los dos enemigos, produciéndoles la muerte instantánea.
- Has salvado mi alma, amiga mía, ¿por qué lo hiciste?
- Porque Dios lo comprenderá mejor proviniendo de mí. Calma, vamos enfrente – Dijo la valiente italiana luego de los terribles sucesos que acababan de vivir.
- Esta guerra todo lo permite, esta guerra no tiene fin, esta guerra me está matando…- Iba susurrando Helena mientras caminaba lentamente con la cabeza apoyada en el hombro de su amiga, rumbo al improvisado hospital en el que se encontraban trabajando.
- No podemos seguir así, querida, debemos organizar algo mejor. Hablaré con mi hermana en Argentina que es enfermera y conoce gente que quiere venir desde allá como voluntaria. Ella está esperando que yo la mande llamar – dijo Eulalia con la certeza de que había que ponerse a trabajar para fundar un nuevo hospital.
El ejército alemán pudo pasar más allá de Maubeuge, llegó a menos de 70 kilómetros de París, pero en la Primera Batalla del Marne (6 al 12 de septiembre), las tropas francesas y británicas consiguieron forzar una retirada alemana, dando fin a su avance hacia el interior de Francia. Los alemanes se retiraron hacia el norte del río Aisne y se atrincheraron, estableciendo el inicio de un frente occidental estático que perduraría tres años.

Los habitantes de la histórica villa nunca volvieron a ser los de antes. Su poblado había sufrido muchas veces cosas similares, invasiones y ataques, pero ese año algo había cambiado en el espíritu de su gente.
En solo veinticinco días llegó la Hermana Elvira, acompañada del Dr. Pablo Jiménez. Venían como voluntarios y portando todo tipo de donaciones de gente acaudalada de su país. Eulalia y Helena fueron a recibirlos a la estación de Maubeuge.
- ¡Elvira, Dr. Jiménez! No puedo creer que estén acá… ¿Cómo está mamá, cómo están todos en Argentina? – Dijo Eulalia mientras recibía en sus brazos a su hermana.
- En Argentina todos están conmocionados, sobre todo porque el gobierno no declara la guerra a Alemania sino que se mantiene neutral. Nuestros padres están enloquecidos de temor de que pudiera pasarnos algo. Debemos comprenderlos, Lali… ¡Qué alegría ver que estás bien! Hay mucho que hacer ¿verdad? Pablo vino conmigo…- Las palabras le salían a borbotones y no podía más que reír y hablar rápidamente.
- Sí, queremos fundar un nuevo hospital pues hay muchos heridos, enfermos y mutilados que curar y operar.
- Todo se hará con las manos sagradas y profesionales del Dr. Jiménez. ¿Recuerdas a Pablo, verdad?
- Claro que sí - Dijo Eulalia dando un abrazo al Dr. Jiménez - Los ayudaremos en todo lo que haga falta, Doctor…pero ahora vamos a casa a comer algo y descansar.
Al día siguiente se pusieron manos a la obra. Poco a poco y con la ayuda de todo el pueblo, se fue erigiendo un hospital digno de esa zona productiva. Primero se construyó el pabellón central y luego las alas norte y sur. Laboratorio, quirófano, una gran sala de emergencias y muchas habitaciones para hospedar y cuidar a los heridos que llegaban por cientos. Las noches de vigilia y de ardua labor de Helena, Eulalia y el Dr. Jiménez junto a la Hermana Elvira, dieron sus frutos. Allí se atendió gente de toda la región.
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Elvira y Pablo se miraron. Ella tenía sus ojos brillantes por el fragor del trabajo. Sus mejillas sonrosadas brillaban también por la suave transpiración que las cubría. Habían pasado ya siete meses de compartir día a día la labor del hospital. Pablo la vio tan linda que no pudo contenerse, tomó su muñeca y se quedó por unos instantes esperando su reacción. Pero ella no hizo nada sino que le tomó el brazo y comenzó a caminar a su lado. Mientras lo hacían él le preguntó por lo bajo – ¿Estás feliz?...quiero decir…¿Estás contenta de haber venido conmigo?
- Claro que sí, siempre supe que podíamos colaborar con esta gente sumida en la peor de las guerras…
- Pero…quiero decir si te alegras de que trabajemos nuevamente juntos…
- Siempre te extrañé y lo sabes.
- ¡Yo te extrañé con locura!...Y ahora, simplemente…estoy en la gloria…al verte a diario…
- Pablo…- Ambos pararon la marcha y se miraron a los ojos.
- Ya no lo niegues, Elvira, se que me amas, siempre me amaste, desde aquellos días del noviciado… – Pablo la tomó por la cintura y la acercó junto a sí para besarla. Elvira no opuso resistencia.
Cuando se casaron luego de que ella pidiera la dispensa papal que la librara de sus votos, supieron que ese amor había germinado muchos años atrás y tuvo su resolución dentro del marco de esta guerra.
Helena dio a luz una niña a la que llamó Anna. Gorda y rosada, nació el 6 de Diciembre, justo cuando su padre Aarón Dahan, oficiaba misa en el templo.
Eulalia y Rolf, construyeron una casa cerca de las fortificaciones, enormes muros de piedra y extensos fosos surcados de agua, en las afueras del pueblo. Allí criaron cerdos, conejos, gallinas y pavos. Abrieron un hospedaje para viajeros que venían en gran cantidad a conocer la zona. Nunca dejaron sus tareas de docencia y periodismo, que los hizo famosos entre los habitantes de la villa.
Con el tiempo todos se fueron de Maubeuge pero quedaron muy unidos por lazos de amor que se extenderían toda la vida.

(Continúa más atrás)

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