El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

viernes, 25 de junio de 2010

I: LAURA 1842 -1856

En aquellos días de mediados de siglo XIX una mujer de apenas treinta años, toda una señora con dos hijos, no podía siquiera pensar en verse bella y apetecible para ciertos señores que sin embargo, la miraban con simpatía y hasta admiración. Debía permanecer dentro de los cánones en que había sido educada, con esas ideas católicas conservadoras en que la sociedad la encuadraba. El hombre, en cambio, gozaba de cierto permiso, al menos entre sus pares, para realizar todo tipo de “hazañas” de corte amoroso y conquistar a cuánta mujer se le antojara.
La Paz era una ciudad populosa en que la vida intelectual se insinuaba lentamente y muchos personajes del ámbito de las letras y la cultura gustaban de reunirse con los políticos y sus damas para hacer música, leer y comentar los acontecimientos del momento. Corría el año 1842 y muchos exiliados argentinos vivían en  Bolivia.

Laura era diferente, dentro de su pecho palpitaban sentimientos y sensaciones extremos. Estaba feliz de que su esposo y carcelero hubiera sido enviado lejos, a Tarija, para hacerse cargo de la Gobernación. Por fin podría dar riendas sueltas a su vocación artística y escribir como siempre había querido, dar forma literaria a sus palabras sueltas, rescatar del olvido tantos hechos vividos y reinterpretarlos según su agudo sentido de la observación.
Su casa en La Paz era una típica casona colonial española. Era el ámbito dentro del cual se desarrollaba la vida familiar. Reino, contención y cárcel de la mujer y morada de los criados…Por el frente del gran portón de entrada pasaban los coches hacia el primer patio, al cabo del cual se encontraba la puerta delantera que daba al zaguán. Grandes ventanales también frontales, comunicaban con la antesala, sala y comedor. Luego, más allá, el segundo patio que daba con las demás habitaciones y pasillos. Al final, la gran cocina, comedor de diario, tercer patio y fondos de la residencia en la que se ubicaban las habitaciones de los sirvientes. Atrás había una gran galería con parrales y finalmente, la huerta. Al costado del primer patio y con salida también a uno de los pasillos colectores se erguía una escalera que conducía a la parte de arriba, a las habitaciones de los señores. Las mismas tenían un gran balcón que daba al frente, adornado con rejas artísticas y santarritas en flor. Allí se encontraba Laura, conversando con su criada, la mulata Dominga.
- Domi, ven que debes decirme qué debo ponerme. Hoy realizaremos una reunión importante, a la que asistirá nuestro Presidente.
Su rostro en forma de corazón, enmarcado por sus finos cabellos rizados color caramelo, se veía sonrosado y sus ojos verdes brillaban al decir estas palabras. No era dueña de una belleza deslumbrante pero sus gestos denotaban carácter y su miraba dejaba traslucir un fuego interior y una garra no muy común entre sus congéneres.
- Si Lala, tu vestido de satén azul con puntillas hace juego con tus ojos...te queda muy bien…- Comentó su criada y fiel amiga.
-¿Tú crees? Pero lo usaba hace unos años cuando era más joven y antes de tener a mi Merceditas.
- Claro que si. Y hoy te ves igual de niña que entonces.
Las risas trataron de ser ocultadas por la mulata que viajaba con ella a todos sus destinos. Sabía que algo importante le sucedería a su Señora, hoy que la soledad la había colocado en posición de defender sus ideales y afianzar su personalidad.
Laura se puso el vestido color del mar y alisando su vuelo, giró sobre sus puntas de pie, mirándose al espejo mientras sacaba pecho sobre el escote.
- ¡Saca pecho…muy bien! Y ponte un poco de carmín en este sitio y un poco en las mejillas...y también agua de rosas en las orejas...
Laura se dejó acicalar y perfumar. Nadie más que ella deseaba gustar esa tarde.
- ¿Estoy bien, Dominga? ¿No crees que me ajusta mucho en la cintura? ¿Y si no puedo leer por la emoción? ¡Con lo apretado que lo siento!...
Ambas rieron mientras se abrazaban con alegría y ganas de vivir. ¡Vivir... vivir…después de haber sufrido tanto!
Hacía algunos años que la joven mujer, argentina, nacida en la Provincia de Salta, exiliada política junto a toda su familia en Bolivia, venía padeciendo una situación muy desagradable dentro de su pareja, si se tiene en cuenta que eran contadas las ocasiones en que veía a su marido y siempre en medio de discusiones interminables y dolorosas.
Miguel Isidoro Figueroa era un joven militar boliviano que tenía toda la idiosincrasia del varón dominante a quien ella había amado justamente por eso, por su porte y su rango de macho que no se deja llevar. Pero ahora veía que él no estaba muy interesado en ella. No tomaba en cuenta sus sentimientos y necesidades y, por el contrario, quería que de un modo u otro cambiara y se ajustara a él, acompañándolo en su carrera y sus ambiciones personales. “¿Qué más puede querer una mujer que un esposo fiel y exitoso que le de un hogar con hijos y fortuna?”, solía decirle. Laura lo había visto partir el día anterior. Se paró junto a la ventana mirando a la calle mientras pensaba en aquellos días con su familia en su provincia natal, en su llegada a Bolivia, en los días de noviazgo con Miguel y tantas cosas... Estaba triste y jubilosa a la vez. Triste porque veía cómo su matrimonio se caía, se derrumbaba lentamente sin dejarle muchas alternativas de acción. ¡Justo a ella que le gustaba actuar! Jubilosa porque un ser muy especial había notado su presencia y la hacía sentirse bella y deseada y sobretodo, muy valorada. No se le había ocurrido nada más que poner distancia, no verlo por un tiempo, para que así pudiera recapacitar, tal vez extrañarla a ella y a las niñas...Se preguntaba si alguna vez él sería capaz de aceptarla, de amarla tal cual era, con su personalidad y su vocación... Seguía con la vista fija en el exterior de su casa. Era una calurosa tarde de verano, el sol caía en toda su plenitud sobre las tejas anaranjadas dando luminosidad a las miles de flores de todos colores que aparecían entre las antiguas rejas de hierro forjado de los balcones. Las intrincadas callejuelas de tierra servían de caminos inciertos hacia ese mundo exterior que parecía inalcanzable pero que sin embargo, ahora se había propuesto conquistar. Por ese rumbo se había ido Miguel y tal vez nunca regresaría... Sentada ahora en su sillón de terciopelo, abrió su caja de madera tallada y encontró doblada en varios pliegues la esquela que José le enviara la tarde anterior. La leyó mil veces reparando en esa caligrafía perfecta no sin antes sentir el perfume con que la misma había sido salpicada. Perfume que sin duda había sido importado de París, por su exquisito aroma. Lo que daba muestras de la fineza con que ese caballero contaba.
...y permítame, apreciada Señora mía, proceder con muy modesto espíritu, a la lectura detallada de sus escritos para que mis aportes puedan quizás, ayudar a corregir ciertos errores y alivianar cargas que usted me dice la tienen preocupada...
Era verdad, esas cargas tenían que ver con su soledad. No tenía a quién mostrarle sus escritos y sabía que si lo hacía a algún familiar o amiga, todos le dirían lo mismo. Que dejara esos sueños y se dedicara a ser una fiel y dedicada esposa. En cambio él se ofrecía a ayudarla siendo su lector y corrector, lo cual significaba que estaría allí, siempre que lo necesitara.
Eran las tres de la tarde. Dominga había bajado con el resto de los criados a poner todo en orden. La reunión literaria comenzaría en una hora. Todos estaban invitados, incluso su tío Facundo Saravia, gran amigo del Presidente de Bolivia, José Ballivián Segurola.

La reunión se desarrolló formidablemente. Sobre la mesa, los criados habían colocado el mantel de hilo color celeste y en pequeños platos de porcelana blanca, toda clase de masas finas, pastelitos de diversos dulces y bocaditos salados. Todo regado con abundante té y ponche frutado.
Laura inició el encuentro con unas palabras de bienvenida y luego invitó a que alguno de los presentes se sentara al piano para dar comienzo a la tertulia. La Sra. Mariquita Sánchez de Quesada ejecutó muy bien a Mozart y luego se inició la ronda de lecturas, no sin antes comentar los acontecimientos políticos del momento. No venían buenas noticias desde las Provincias Unidas del Río de la Plata. Juan Manuel de Rosas estaba alcanzando gran poder en todo el territorio y cada vez con más mano dura.
- Cada día será más difícil poder emprender el regreso - dijo Facundo Saravia a su sobrina, apoyándose sobre el piano mientras ella iniciaba una sesión de valses vieneses, lo último de moda en Europa.
- Así es Tío, nos resultará imposible volver con este contexto.
- Gracias a Dios que aquí estamos bien. Pero las obligaciones políticas con nuestra patria, nos impiden dormirnos en los laureles.
- Disfrutemos ahora de esta tertulia. Se lo pido por favor Tío, no hablemos de política ahora - Expresó Laura con una sonrisa en los labios que se veía más bien como una súplica.
- ¡Atención que llega nuestro Presidente José Ballivián Segurola! – Anunció alguien. Y todos prorrumpieron en un aplauso que duró varios segundos.
- Por favor siéntense todos, por favor, considérenme ahora sólo su amigo – Contestó enseguida el presidente de Bolivia.
Era un hombre alto de musculatura fuerte y contextura delgada, de tez blanca y cabello castaño bastante ondeado, frente ancha con incipientes entradas que anunciaban calvicie y una barba recortada que enmarcaba su quijada. Vestía uniforme militar de una gran elegancia. Se sentó junto a Laura y se abocó a charlar con ella, muy atento a todo lo que pudiera necesitar.
- Está increíblemente bella hoy, mi querida amiga. Y ni hablar del encanto que tiene esta reunión.
- Gracias, José, nada más grato para mí que agasajar a mis amigos. En diez días haré otra nueva tertulia…Ya le mandaré avisar.
- La esperaré con gran ansiedad – Dijo el Presidente acercando suavemente su mano a la pequeña mano de la dueña de casa que se quedó como paralizada al sentir rozar su piel por el hombre más importante del país. Sentía que no podía sacar su mano, ni hablar, ni mirarlo y casi no podía respirar.
- Gracias debo decir yo, Señora, por tener el honor de ser uno de sus invitados –
Con suma lentitud, Laura elevó la mirada hasta alinear perfectamente sus ojos con los del Presidente. Fue en ese instante cuando supo que era amor a primera vista… y que esa clase de amor, realmente, existía.
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Pasaron los meses y la amistad con José creció de la manera esperada por Laura, con gran compañerismo, complicidad y compatibilidad, a tal punto que no podían estar un solo día sin verse.
- Llegó, Señora, ¡El Señor Ballivián está aquí! - vociferó Domi mientras corría por los pasillos de la casa.
- Calla pequeña. No armes tal alboroto – Le contestó Laura y cuando atinó a recogerse el cabello y ordenar su vestido. José ya estaba parado justo allí, detrás de ella.
- Vamos, tomemos mi coche y salgamos a dar un paseo- Le susurró al oído.
- No, claro que no, José. Justo es la hora del té y estábamos preparando todo para servirlo en la sala - Le dijo casi en secreto, empujándolo suavemente al interior de la habitación.
- Por favor Domi organiza a las otras criadas y sirvan el té enseguida.
José Ballivián no tuvo más remedio que quedarse a charlar en medio de decenas de miradas curiosas y Laura vio propicia la ocasión para sacar sus escritos y mostrárselos a su amigo.
- Traeré mis poemas para que usted me de su valiosa opinión - Anunció ella levantándose hacia el escritorio donde tenía guardados sus tesoros.
Inmediatamente desplegó uno de sus últimos escritos, se puso de pie y comenzó a recitar pausadamente y con emoción. Su cara se transformó mientras leía y sus ojos almendrados se llenaron de lágrimas. José la miraba embelezado.
- ¡Qué belleza encierran sus poemas! ¡No podemos esperar más! - Dijo mientras casi saltaba de la silla. - ¡Le prometo que todo este material será publicado y yo financiaré dicha edición!...Pero tenemos que encontrar un seudónimo masculino para hacerlo sin inconvenientes, tengo amigos influyentes…
Ella lo sentía expresarse con vehemencia y fervor sobre su escritura y no podía menos que amarlo con profundidad y entrega. Veía en él ese perfecto ejemplo de respeto e igualdad que tanto anhelaba. Esa igualdad que le fuera negada a su madre y a su abuela y que aún se le negaba a ella en todas las formas posibles.
Poco a poco Miguel, su esposo, fue quedando atrás en sus sueños y fue José junto con su pasión por la escritura, quienes ocuparon su lugar…
Encontraron un seudónimo: Victorino Gutiérrez. Su nombre  fue conocido como uno de los mayores exponentes de las letras latinoamericanas.
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Luego de pasada la llamada Tiranía de Rosas, Laura Mercedes y toda su familia pudieron regresar a la Argentina. Laura estaba sola, acompañada de sus dos hijas mayores Miguela y Mercedes. Ahora tenía en sus brazos al pequeño José a quien su esposo jamás reconoció como propio, aunque le había dado su apellido.
Su padre Oliverio Ocampo y su madre Azucena Ortiz de Ocampo, iban en otro carruaje detrás de ellos. Toda la familia se estaba trasladando a las Provincias Unidas del Río de la Plata, luego del largo exilo en el país hermano. Felizmente para ellos, el Gobernador Rosas había sido derrotado, logrando escapar a Inglaterra.
Transcurría el año 1853 y Buenos Aires se había separado de la Confederación el año anterior, por lo que era considerado como estado autónomo.
Ese momento había sido soñado por Laura y todos los integrantes de la familia pero ahora que dejaban La Paz, luego de quince años de un exilio forzoso, les dolía en el alma tener que hacerlo. Habían logrado edificar una verdadera vida en el país del norte. Atrás quedaba la casona de la colina con su glamorosa abundancia y algunos criados que decidieron no abandonar el lugar.
Ahora había mucho que hacer en la Argentina. El país estaba a punto de promulgar su nueva Constitución y seguramente los servicios del padre de Laura serían requeridos por la nueva clase gobernante. Todos los “emigrados” gozaban de prestigio por haberse ido del país durante los años del rosismo.
- ¿Luchita, cómo te sientes mi vida? ¿Estás contenta de volver a nuestra patria? Cumplirás tus quince años en tu país… – Le dijo Laura a su hija mayor.
- Estoy muy ansiosa y tengo miedo de lo que podamos encontrar allá. El abuelo dice que sus propiedades le serán restituidas ahora que el país vuelve a la normalidad…¿Qué piensas tú, Madre?
- Creo que todo saldrá bien, mejor de lo que esperamos. Debemos tener fe.
Laura hizo dormir a sus hijos acomodándolos en el interior del coche, muy bien arropados. Luego de tomar ella misma un poco de caldo caliente, se acomodó para pasar la noche viajando por sinuosos caminos. Cuando menos lo esperaran llegarían a San Salvador de Jujuy en Argentina y luego a Salta donde pensaban pasar una temporada.
Luego de tres meses en territorio argentino, el gobierno de Buenos Aires llamó a Don Oliverio Ocampo para trabajar como abogado y administrador, por lo que viajaron inmediatamente a instalarse en esa ciudad. Ocuparon la finca de Palermo que gracias a los hábiles trámites de sus abogados, había sido restituida a la familia. Don Oliverio tenía además, un escritorio en plena ciudad desde donde ejercería sus tareas profesionales.
- Te necesito Laura, necesito una secretaria, alguien que me ayude en lo referente a mi estudio y que se quede al frente de todo cuando yo viaje a Salta a ocuparme de los campos… Y qué mejor que tú para hacerlo…¿Qué dices, aceptas?
- Pero Padre, ¿cómo vendré todos los días desde la finca hasta aquí? Estoy muy lejos.
- Les daré para ti y tus hijos la casa de la calle Reconquista, allí podrán estar muy bien. ¿Qué dices ahora?
- ¿Y puedo llevarme a mis criados conmigo?
- Claro niña, haz lo que quieras, pero no te alejes de mi lado que sin ti no se cómo haré para dar forma a todo esto.
- Muy bien, pero primero tendré que ocuparme de poner la casa en orden, así es que
podré comenzar contigo el mes que viene. ¡Gracias Tatita, eres un ángel!
Laura se puso manos a la obra.
Buenos Aires era una ciudad llamada por muchos, “la gran aldea” porque ya comenzaba a tener visos de gran ciudad sin perder el estilo de vida e idiosincrasia de una aldea. Todos se conocían y había un gran control social, sobre todo en la clase de los “nuevos ricos” que se mezclaban con las antiguas familias aristocráticas provincianas. Ahora Laura solo podía pensar en ver bien a sus hijos. Tenía muchos proyectos. Siendo escritora de profesión, traía consigo todas sus publicaciones y deseaba seguir escribiendo. Estaba separada de su esposo del que se había distanciado hacía muchos años y eran sus hijas, quienes viajaban cada tanto a visitarlo a Tarija, donde se había instalado definitivamente. Laura no lo había vuelto a ver y solo los unían cuestiones comerciales.
La casa había quedado hermosa. Colgaron las mismas cortinas y pusieron las mismas alfombras que tenían en la casona de La Paz. Hicieron limpiar todo y lustrar los herrajes. Compraron muebles, algunos usados, que quedaron realmente muy bien en la casita. Laura le decía “casita” porque tenía en mente las dimensiones de su antigua mansión. Pero era una gran casona urbana de dos pisos con todas las comodidades que se podía pedir en la época. Sólo les faltaba armar un jardín, ese jardín que Laura veía en sueños cada vez que se iba a dormir.
- Debemos tener un gran jardín. ¿No crees Madre? No dejo de pensar en eso…Debes contratar a un jardinero, alguien que sepa muy bien su oficio y que traiga plantas de todas partes del mundo. ¡Cómo me gustan las plantas, los árboles y sobre todo, las flores! ¿Tendremos muchas flores de todos colores, Madre? – Le había dicho Lucha, su hija mayor, que ya pasaba los dieciséis. Estaba muy crecida y era casi una mujer con su larga cabellera rubia y sus delicadas maneras.
- Claro que sí y tendremos también una hermosa fuente que haré construir cerca de la casa para escuchar el sonido del agua…
Sergio, el nuevo jardinero, tenía veinte años y había sido recomendado por una familia amiga. Con su ayuda, fueron armando un parque digno de la realeza. Trajeron flores del mercado y plantas exóticas y por supuesto, la fuente que tanto ansiaba Laura, fue construida en el fondo de la casa. Además ella armó su escritorio en la última habitación que daba a la fuente, así podía sentir el arrullo del agua mientras escribía. La bella estatua de una niña y su cántaro, del cual salía una vertiente de agua fresca, alegraba las horas de trabajo de la joven escritora.
La familia estaba muy feliz. ¡Al fin estaban en su país y en una vivienda donde sentirse en paz!
Fue una mañana de domingo en que se encontraba absorta en el papel que tenía delante y mientras sostenía la pluma en su mano derecha, cuando escuchó charlas cerca de la fuente. Era su hija Lucha y…¿con quién hablaba? Era la voz de un hombre…
Se acercó más a la ventana cuidando de no ser vista. Ahí estaban, tomados de las manos y charlando muy bajo, su hija mayor y Sergio, el jardinero. “¡No puede ser! ¿En qué momento sucedió esto y yo sin darme cuenta? “Pensó Laura mientras abría la puerta para salir al encuentro de los enamorados. No pudo evitar escuchar su diálogo.
- Mi amor, te quiero tanto, ¿dónde estabas antes de llegar a mi vida? Me pregunto cómo pude vivir sin ti hasta ahora. – Decía la Niña Luchita, muy cerca de su oído.
- Estaba esperándote, mi bien…quiero que nos casemos pronto. Le pediré la mano a tu madre mañana mismo.
- No puede dártela sin el consentimiento de mi padre…y él está muy lejos. Además, piensa, mi familia se opondrá a lo nuestro…No, debemos mantenerlo en secreto hasta el momento de escapar –
Sin poder ocultar su ofuscación, Laura se les presentó para interrogarlos:
- ¿Qué es todo esto?... ¿Qué hacen ustedes dos aquí? ¿Qué están tramando? ¡Lucha, ve a tu cuarto enseguida!...Sergio, cómo te atreves a tocar a mi hija…en qué cabeza cabe esto? ¡Dios mío!, ¿qué voy a hacer? – dijo dando vueltas sin saber qué postura tomar.
- Pero nos queremos Señora Laura, la quiero más que a mi vida. Por favor, entienda que esto sucedió sin que lo planeáramos, simplemente pasó – Habló el jardinero con acento extranjero.
- Escuché que quieren escaparse, ¡no es posible que estén pensando en algo así! ¿Qué van a hacer? ¿De qué van a vivir? ¡Qué escándalo, qué vergüenza! Tengo que pensar en algo…Debo serenarme…Ahora ve a tu casa, Sergio, que yo te mandaré a llamar cuando sea el momento.
El joven jardinero francés, hijo de una familia de inmigrantes, salió corriendo hacia su hogar. Cruzó rápidamente la calle, atravesó la plaza y se dirigió a la estación del tren que lo llevaría a su aldea.
Laura entró en la residencia y subió rápidamente los escalones de la gran escalera que llevaba a los cuartos. Su hija Lucha estaba tirada en la cama llorando.
- ¿En qué estabas pensando? ¿Cómo no te diste cuenta de que ese hombre solo quiere tu fortuna? ¡Te enviaré a Europa, saldrás a Madrid, esta misma semana!
- No Madre, no me hagas eso. ¡Te lo pido por favor! Lo quiero y él a mí, se que me esperará… si me envías lejos, igual seguiremos juntos, es más, es posible que él también viaje….
Laura se sentó consternada en la cama, la mirada fija en el suelo. Inmediatamente su vida pasó ante ella como una sucesión de imágenes. Recordó su matrimonio con el padre de Lucha, su separación y sobre todo, la llegada del verdadero amor…Recordó que el amor no viene necesariamente con la persona más conveniente sino que llega simplemente y se da en el momento menos esperado.
- Dime una cosa Luchita – indagó ahora un poco más tranquila, la madre a la hija – Ese muchacho… ¿tiene estudios?... ¿sabe leer y escribir?... porque trabaja de jardinero…
- Si, es nacido en Francia y en su patria estudiaba Letras, escribe en francés y en español, es muy culto…trabaja de jardinero para ganarse la vida. Su familia vino recientemente de Europa y están por adquirir un comercio. Es alguien muy especial, Mamá, nunca nadie fue así conmigo, es respetuoso, atento y cariñoso. El no me buscó, fui yo quien comenzó a preguntarle sobre las flores…Ya hace casi un año que nos vemos a escondidas…
Doña Laura Ocampo de Figueroa, escritora, secretaria de asuntos legales y administrativos, ama de casa y cabeza de familia, se encontraba en un gran dilema. Sabía que las mujeres en esa época aún eran inducidas a casarse por conveniencia aunque cada vez más se respetaban sus deseos y sentimientos. Y sabía que no quería que sus hijas tuvieran que pasar por lo que ella había vivido. El dilema era qué hacer con el amor de Lucha hacia alguien completamente desconocido, extranjero y sin apellido. Un jardinero que ni siquiera fortuna tenía…Resolvió que no era todavía el momento de decidir.
- Hija, es necesario que te quedes aquí por unos días, sin salir de la casa. Yo quiero ver lo que vamos a hacer con este asunto – Le había dicho a su hija antes de salir rumbo a la calle, a pedir un carruaje.
Luego de pensarlo muy bien supo que si decía una sola palabra de todo esto a su marido, a sus padres o a alguien de la alta sociedad porteña, nadie lo comprendería. Es más, lo condenarían. Supo que el único ser sobre la tierra que lo entendería y la ayudaría, era su bien amado José Ballivián quien era ahora nada menos que Representante comercial de su país en Buenos Aires.
Tomó el carruaje y se dirigió inmediatamente a la residencia de su amigo.
- Una vez me ayudaste a mí para que pudiera publicar mi obra literaria ya que ese era mi mayor anhelo, ahora te pido que ayudes a mi hija Lucha. Se lo que es sufrir por estar lejos del ser al que amo…- Lo miró con esa mirada profunda con que solía hacerlo - y definitivamente no quiero que ella pase por eso… ¿Comprendes? – Continuó Laura.
- Lo comprendo muy bien querida, pero ven, siéntate un rato aquí que tomaremos una copita de licor y charlaremos de todo esto.
Afuera el viento arremolinaba las copas de los árboles, el cielo de pronto se había tornado de un gris plomizo y ya comenzaban a caer las primeras grandes gotas. Sería una tormenta eléctrica y seguro que con mucho agua. Buenos Aires se caracterizaba por sus grandes lluvias, esas que hacían de sus campos, los mejores del país y que transformarían a esa llanura en la tierra más promisoria del mundo.
- Llueve, debo irme. El carruaje me espera en la puerta. Dime cuándo podremos juntarnos de nuevo. ¿Me ayudarás, harás algo por mi hija? – Laura se levantó caminando hacia la puerta – ¿Lo harás, podrás ayudarnos?
- Claro que sí, arreglaré todo para que se casen acá y luego salgan para Bolivia donde les conseguiré un buen trabajo… A propósito ¿Cómo está Josecito?
- Muy bien.
- Pronto iré a visitarlo.
Luego de decir esto, se separaron no sin antes cumplir con las reverencias de rigor, acordando verse en los próximos días.
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Lucha y Sergio se casaron en secreto en la capilla de la finca de Palermo. Asistieron solo los más íntimos. En dos horas se trepaban a una carreta que los llevaría hasta San Miguel de Tucumán, desde donde seguirían el viaje a caballo. Primero a Salta, donde descansarían unos días, y luego a La Paz donde los esperaban familiares del Sr. Ballivián Segurola.
Laura vio como se alejaba su hija recién casada y un sollozo abarcó su cuerpo haciéndola temblar. La había salvado de la infelicidad pero sabía que verla de nuevo no sería fácil. La vio radiante y tranquila mientras se acariciaba el vientre como si quisiera acunar al hijo que ya presentía. Otra vez se dirigía a Bolivia. No podía creer que su destino estuviera tan lejos. Había logrado casarse con quien amaba y ahora sería la dueña de su vida. Indudablemente los tiempos habían cambiado y una nueva etapa se iniciaba para las mujeres. La lucha por la igualdad había comenzado.
El viaje transcurría lento. Estaban en la tercer semana de su itinerario al norte. Lucha miró a Sergio, un gringo rubio, de brazos fuertes y sonrisa sincera y acarició el cuello del caballo que la llevaba, un alazán de pelaje brillante bajo los rayos del sol. Si bien iban a un lugar conocido ya que ella se había criado en Bolivia, también era cierto que iban a la aventura. Miró el horizonte, las altas montañas se erigían ante ella, coronadas por blancas nubes como copos de algodón. Respiró el aire que se sentía muy puro a esas alturas, e introdujo la mano derecha en su bolsillo alcanzando a tocar la joya que su antigua niñera Dominga, le diera antes de partir.
– Pertenece a tu madre, me la dio hace muchos años, estará mejor a tu resguardo, te dará suerte. Se que tiene un secreto en su interior pero no he querido descubrirlo, no hasta que Laura así me lo pida .
Sin saber a qué se refería su querida Nana, ni adónde vivirían, ni cómo los recibirían en La Paz ahora que la situación de Buenos Aires había cambiado, separándose del resto de las provincias, introdujo el medallón en el bolsillo interno de su abrigo y se decidió a luchar con todas sus fuerzas.

(Continúa en "Entradas antiguas")

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