El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

miércoles, 28 de julio de 2010

JUAN SALVADOR GAVIOTA por Richard Bach (Para niños y jóvenes desde 10 años)

Capitulo II

Cuando recobró el sentido, era ya pasado el anochecer, y se halló a la luz de la Luna y flotando en el océano. Sus alas desgreñadas parecían lingotes de plomo, pero el fracaso le pesaba aún más sobre la espalda. Débilmente deseó que el peso fuera suficiente para arrastrarle al fondo, y así terminar con todo.
A medida que se hundía, una voz hueca y extraña resonó en su interior. No hay forma de evitarlo. Soy gaviota. Soy limitado por la naturaleza. Si estuviese destinado a aprender tanto sobre volar, tendría por cerebro cartas de navegación. Si estuviese destinado a volar a alta velocidad, tendría las alas cortas de un halcón, y comería ratones en lugar de peces. Mi padre tenía razón. Tengo que olvidar estas tonterías. Tengo que volar a casa, a la Bandada, y estar contento de ser como soy: una pobre y limitada gaviota.
La voz se fue desvaneciendo y Juan se sometió. Durante la noche, el lugar para una gaviota es la playa y, desde ese momento, se prometió ser una gaviota normal. Así todo el mundo se sentiría más feliz.
Cansado se elevó de las oscuras aguas y voló hacia tierra, agradecido de lo que habia aprendido sobre cómo volar a baja altura con el menor esfuerzo.
-Pero no -pensó-. Ya he terminado con esta manera de ser, he terminado con todo lo que he aprendido. Soy una gaviota como cualquier otra gaviota, y volaré como tal.
Asi es que ascendió dolorosamente a treinta metros y aleteó con más fuerza luchando por llegar a la orilla.
Se encontró mejor por su decisión de ser como otro cualquiera de la Bandada. Ahora no habría nada que le atara a la fuerza que le impulsaba a aprender, no habría más desafíos ni más fracasos. Y le resultó grato dejar ya de pensar, y volar, en la oscuridad, hacia las luces de la playa.
¡La oscuridad!, exclamó, alarmada, la hueca voz. ¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad!
Juan no estaba alerta para escuchar. Es grato, pensó. La Luna y las luces centelleando en el agua, trazando luminosos senderos en la oscuridad, y todo tan pacífico y sereno...
¡Desciende! ¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad! ¡Si hubieras nacido para volar en la oscuridad, tendrías los ojos de buho! ¡Tendrías por cerebro cartas de navegación! ¡Tendrias las alas cortas de un halcón!
Allí, en la noche, a treinta metros de altura, Juan Salvador Gaviota parpadeó. Sus dolores, sus resoluciones, se esfumaron.
¡Alas cortas! ¡Las alas cortas de un halcón!
¡Esta es la solución! ¡Qué necio he sido! ¡No necesito más que un ala muy pequeñita, no necesito más que doblar la parte mayor de mis alas y volar sólo con los extremos! ¡Alas cortas!
Subió a setecientos metros sobre el negro mar, y sin pensar por un momento en el fracaso o en la muerte, pegó fuertemente las antealas a su cuerpo, dejó solamente los afilados extremos asomados como dagas al viento, y cayó en picado vertical.


El viento le azotó la cabeza con un bramido monstruoso. Cien kilómetros por hora, ciento treinta, ciento ochenta y aún más rápido. La tensión de las alas a doscientos kilómetros por hora no era ahora tan grande como antes a cien, y con un mínimo movimiento de los extremos de las alas aflojó gradualmente el picado y salió disparado sobre las olas, como una gris bala de cañón bajo la Luna.
Entornó sus ojos contra el viento hasta transformarlos en dos pequeñas rayas, y se regocijó. ¡A doscientos kilómetros por hora! ¡Y bajo control! ¿Si pico desde mil metros en lugar de quinientos, a cuánto llegaré...?
Olvidó sus resoluciones de hace un momento, arrebatadas por ese gran viento. Sin embargo, no se sentía culpable al romper las promesas que había hecho consigo mismo. Tales promesas existen solamente para las gaviotas que aceptan lo corriente. Uno que ha palpado la perfección en su aprendizaje no necesita esa clase de promesas.
Al amanecer, Juan Gaviota estaba practicando de nuevo. Desde dos mil metros los pesqueros eran puntos sobre el agua plana y azul, la Bandada de la Comida una débil nube de insignificantes motitas en circulación.
Estaba vivo, y temblaba ligeramente de gozo, orgulloso de que su miedo estuviera bajo control. Entonces, sin ceremonias, encogió sus antealas, extendió los cortos y angulosos extremos, y se precipitó directamente hacia el mar. Al pasar los dos mil metros, logró la velocidad máxima, el viento era una sólida y palpitante pared sonora contra la cual no podía avanzar con más rapidez. Ahora volaba recto hacia abajo a trescientos viente kilómetros por hora. Tragó saliva, comprendiendo que se haría trizas si sus alas llegaban a desdoblarse a esa velocidad, y se despedazaría en un millón de partículas de gaviota. Pero la velocidad era poder, y la velocidad era gozo, y la velocidad era pura belleza.

Empezó su salida del picado a trescientos metros, los extremos de las alas batidos y borrosos en ese gigantesco viento, y justamente en su camino, el barco y la multitud de gaviotas se desenfocaban y crecían con la rapidez de una cometa.
No pudo parar; no sabía aún ni cómo girar a esa velocidad.
Una colisión sería la muerte instantánea.
Asi es que cerró los ojos.
Sucedió entonces que esa mañana, justo después del amanecer, Juan Salvador Gaviota se disparó directamente en medio de la Bandada de la Comida marcando trescientos dieciocho kilómetros por hora, los ojos cerrados y en medio de un rugido de viento y plumas. La Gaviota de la Providencia le sonrió por esta vez, y nadie resultó muerto.
Cuando al fin apuntó su pico hacia el cielo azul, aun zumbaba a doscientos cuarenta kilómetros por hora. Al reducir a treinta y extender sus alas otra vez, el pesquero era una miga en el mar, mil metros más abajo.

lunes, 26 de julio de 2010

BARQUITOS DE PAPEL (para Leonel)














En barquitos de papel
te fuiste a buscar tus sueños.
Encontraste unas palomas
que te indicaron el vuelo.

En barquitos de colores
pequeñitos, medianos
y enormes,
te fuiste un día mi niño.
Y hoy eres un hombre.

Sobre barquitos dorados
plateados y transparentes
ideabas tus viajes,
señalabas tu suerte.

Atesoré tus barcos,
imaginé tus rumbos,
tejí móviles colgantes
esperando a que regreses.

Pero anclaste aquellas naves,
las acercaste al muelle
y en un hueco de tu alma
creaste un papá en ciernes.

Ahora mi hombre-niño
eres todo un capitán
de aquellos barquitos tiernos.
Y de pascuas familiares
tu vida es alumbramiento.


ANY CARMONA

Para mi primer nieto

Pienso,
anhelo,
tejo mundos ideales.
Sueños de algodón,
de papel,
de espuma blanca.
Es un mundo de poeta
de seguridad y luz.
Tribuna de estrellas,
páginas sin dobleces,
letras con amor
y Cielo.


Viene un hada
cada mañana
aleteando en mi pecho.
Suenan campanillas
de justicia
que abren
mi séptimo velo.
Hacen aportes los ángeles
los duendes cuidan mi suelo.
Pienso,
anhelo,
tejo mundos ideales
para mi primer nieto.


ANY CARMONA

SUEÑOS por Antonio Machado


El hada más hermosa ha sonreído
al ver la lumbre de una estrella pálida,
que en hilo suave, blanco y silencioso
se enrosca al huso de su rubia hermana.


Y vuelve a sonreír porque en su rueca
el hilo de los campos se enmaraña.
Tras la tenue cortina de la alcoba
está el jardín envuelto en luz dorada.


La cuna, casi en sombra. El niño duerme.
Dos hadas laboriosas lo acompañan,
hilando de los sueños los sutiles
copos en ruecas de marfil y plata.


ANTONIO MACHADO

PEGASOS, LINDOS PEGASOS por Antonio Machado




















Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera...

Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!.


ANTONIO MACHADO

El Principito por Antoine de Saint Exuperí - Capítulo V (Para niños y jóvenes desde 10 años)

Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera tuve conocimiento al tercer día, del drama de los baobabs.


Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda, cuando el principito me preguntó:
-¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
-Sí, es cierto.
-¡Ah, qué contento estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito añadió:
-Entonces se comen también los baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
-Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:

-Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
-Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo este problema.
En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar.
"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".
Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"

Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a los baobabs!" Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba animado por un sentimiento de urgencia.

(Continuará)

jueves, 22 de julio de 2010

BLANCA, NIEVE Y SUS AMIGOS por Any Carmona - (Desde 6 años)

Capítulo I: Hacia la aventura

Blanca era una niña pequeña que tenía una gata llamada Nieve por su pelaje blanco níveo que la hacía parecer un verdadero copo de nieve. Ella jugaba con su mascota todo el día. La acariciaba y la hacía maullar. En las horas que Blanca no estaba en el colegio se dedicaba a cuidar la quinta de su madre, trabajo que hacía con gran dedicación acompañada por Nieve. Caminaban, regaban el sembradío de hortalizas y árboles frutales y de tanto en tanto juntaban frutas para regalar, vender o llevar al hogar.


Una tarde su mamá Cecilia le dijo a Blanca que fuera al huerto a preparar una gran canasta con frutas para llevarle a Don Ramón, el productor de miel que vivía en Las Costas, a un kilómetro de allí. Salieron Blanca y Nieve para entregar el pedido y caminaron rápidamente bordeando el camino. El sol caía oblicuo y pronto se ocultaría. Debían apurarse pero se sintieron cansadas y pararon unos minutos en un reparo a tomar aliento. No advirtieron que pasó más de media hora y que aún les faltaba un largo trecho por recorrer. Para cuando llegaron a la casa del apicultor, se había hecho de noche.
- Blanca, te esperaba más temprano –dijo el hombre parado en la puerta de la tranquera.
- Sí, se nos hizo tarde, no nos dimos cuenta – contestó la niña.
- Ahora creo que sería mejor que pasaran la noche aquí con mi señora y conmigo, ¿no te parece?
- Pero mi mamá se preocupará y no tengo cómo avisarle.
Don Ramón además de producir miel, tenía un lindo pasatiempo: criaba y adiestraba palomas mensajeras que eran muy útiles y famosas en esa región.
- Descuida, yo enviaré a una de mis palomas con un mensaje y tu madre se quedará tranquila – le dijo a la niña calzándose el delantal que tenía un gran bolsillo con cintillos para las patas de sus palomas mensajeras.
- Mandaré a Pablo, el palomo blanco más rápido que tengo. Ya regreso – continuó diciendo y luego partió a la cabaña de las palomas a enviar el mensaje.
Blanca entró en la casa y vio a Susana, la esposa de Don Ramón, preparando la cena.
-Hola Blanquita, ¿cómo estás?... ¿cansada? – dijo Susana poniendo sobre la mesa un plato con pan casero y una taza de café con leche –Toma, ve comiendo algo hasta que esté la cena…y para tu gatita un plato de leche tibia será lo mejor…Ven Nieve, ven a tomar la lechita.
La señora puso un pozuelo de leche al lado del plato de Jerónimo, el gato de la casa que se había escondido bajo un periódico al ver llegar a Nieve y a su dueña. Desde allí miraba a las visitantes un tanto tímido y emocionado por la llegada de una felina tan hermosa.

Mientras tanto el palomo Pablo volaba por sobre los campos a gran velocidad guiándose por los últimos rayos de luz que quedaban en el firmamento y pronto llegó a la casa-quinta de la familia de Blanca. Golpeteando con su piquito en el ventanuco del altillo, logró que la mamá notara su presencia. Puso su pata en la mano de ella para entregarle la esquela y vio cómo se anoticiaba de lo sucedido a Blanca y su gatita, quedándose tranquila porque esa noche dormirían seguras al calor del hogar de los apicultores.
Pablo levantó vuelo y regresó ya de noche a su palomar donde lo esperaba una pequeña paloma moteada que era su compañera.
- ¡Pablo, Pablito! al fin regresaste, le dijo a su esposo-palomo, la palomita Oma.
- Hola mujer, no te inquietes que ya estoy en casa.
- Y ambos se acurrucaron en el nido junto a sus polluelos.



Entrada la noche, una luna recién levantada se reía en el horizonte, detrás de los pinos. En la Villa San Lorenzo todo estaba en calma. Nieve dejó que su amita se durmiera para salir luego a saludar a su amiga la luna, que estaba llena. Se apostó en el vilo de la ventana y se puso a pensar en Jerónimo…”¿Qué le pasará a este gato tan callado y tan tímido? Ni un saludo nos ha dado. Luna-lunera…¿tú tienes la respuesta?” Pero la luna solo seguía sonriendo con su cara redonda y feliz.




(Continuará)

viernes, 16 de julio de 2010

MARIPOSA por Federico García Lorca


















Mariposa del aire,
qué hermosa eres,
mariposa del aire
dorada y verde.
Luz del candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!
No te quieres parar,
pararte no quieres.
Mariposa del aire
dorada y verde.
Luz de candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!.
¡Quédate ahí!
Mariposa, ¿estás ahí?


FEDERICO GARCÍA LORCA
*Poesías infantiles del autor

EL LAGARTO ESTÁ LLORANDO por Federico García Lorca*


El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.


Han perdido sin querer
su anillo de desposados.
¡Ay! su anillito de plomo,
¡ay! su anillito plomado


Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.
El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.


¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!
¡Ay, cómo lloran y lloran!
¡Ay, ay, cómo están llorando!



FEDERICO GARCÍA LORCA
*Poesías Infantiles

miércoles, 14 de julio de 2010

Las nubes lloronas*



















Por qué lloran tanto las nubes
y cada vez son más alegres?
Pablo Neruda


Lágrima a lágrima
voy mojando
los caminos.
Llora también el cielo
sobre mi testa y mi casa.
Sobre mi alma.


Las nubes son lloronas
porque van a parir brotes,
ellas saben que al mundo
están bañando
de alegría.


Con la lluvia de sus ojos
desde los arco-iris
o la nieve sanadora
arropando paisajes,
las nubes lloran y lloran.


Vierten  gotas de rocío
y llorando nos regalan
su clamor verde oliva,
sus gritos rosados púrpura
y su felicidad en azules.


Para el urbe,
para el campo,
para el hábitat.
Celebran
los nubarrones
de tanto parir
sus hijos.
Tatuados en arte
sobre mi piel lozana.



ANY CARMONA
*Del libro Neruda y yo

martes, 6 de julio de 2010

JUAN SALVADOR GAVIOTA por Richard Bach (Para niños y jóvenes desde 10 años)

Primera Parte
Capitulo I

Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro
las ondas de un mar tranquilo.

Chapoteaba un pesquero a un kilómetro de la costa cuando, de pronto, rasgó el aire la voz llamando a la Bandada de la Comida y una multitud de mil gaviotas se aglomeró para regatear y luchar por cada pizca de comida.
Comenzaba otro día de ajetreos.
Pero alejado y solitario, más allá de barcas y playas, está practicando Juan Salvador Gaviota. A treinta metros de altura, bajó sus pies palmeados, alzó su pico, y se esforzó por mantener en sus alas esa dolorosa y difícil posición requerida para lograr un vuelo pausado. Aminoró su velocidad hasta que el viento no fue mas que un susurro en su cara, hasta que el océano pareció detenerse allá abajo. Entornó los ojos en feroz concentración, contuvo el aliento, forzó aquella torsión un... sólo... centímetro... más...
Encrespáronse sus plumas, se atascó y cayó.Las gaviotas, como es bien sabido, nunca se atascan, nunca se detienen. Detenerse en medio del vuelo es para ellas vergüenza, y es deshonor.
Pero Juan Salvador Gaviota, sin avergonzarse, y al extender otra vez sus alas en aquella temblorosa y ardua torsión -parando, parando, y atascándose de nuevo-, no era un pájaro cualquiera.
La mayoría de las gaviotas no se molesta en aprender sino las normas de vuelo más elementales: como ir y volver entre playa y comida. Para la mayoría de las gaviotas, no es volar lo que importa, sino comer. Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que le importaba, sino volar. Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.


Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con que uno se hace popular entre los demás pájaros. Hasta sus padres se desilusionaron al ver a Juan pasarse días enteros, solo, haciendo cientos de planeos a baja altura, experimentando.
No comprendía por qué, por ejemplo, cuando volaba sobre el agua a alturas inferiores a la mitad de la envergadura de sus alas, podía quedarse en el aire más tiempo, con menos esfuerzo; y sus planeos no terminaban con el normal chapuzón al tocar sus patas en el mar, sino que dejaba tras de sí una estela plana y larga al rozar la superficie con sus patas plegadas en aerodinámico gesto contra su cuerpo. Pero fue al empezar sus aterrizajes de patas recogidas -que luego revisaba paso a paso sobre la playa- que sus padres se desanimaron aún más.
-¿Por qué, Juan, por qué? -preguntaba su madre-. ¿Por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? ¿Por qué no dejas los vuelos rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no comes? ¡Hijo, ya no eres más que hueso y plumas!
-No me importa ser hueso y plumas, mamá. Sólo pretendo saber qué puedo hacer en el aire y qué no. Nada más. Sólo deseo saberlo.
-Mira, Juan -dijo su padre, con cierta ternura-. El invierno está cerca. Habrá pocos barcos, y los peces de superficie se habrán ido a las profundidades. Si quieres estudiar, estudia sobre la comida y cómo conseguirla. Esto de volar es muy bonito, pero no puedes comerte un planeo, ¿sabes? No olvides que la razón de volar es comer.

Juan asintió obedientemente. Durante los días sucesivos, intentó comportarse como las demás gaviotas; lo intentó de verdad, trinando y batiéndose con la Bandada cerca del muelle y los pesqueros, lanzándose sobre un pedazo de pan y algún pez. Pero no le dió resultado.
Es todo inútil, pensó, y deliberadamente dejó caer una anchoa duramente disputada a una vieja y hambrienta gaviota que le perseguía. Podría estar empleando todo este tiempo en aprender a volar. ¡Hay tanto que aprender!
No pasó mucho tiempo sin que Juan Salvador Gaviota saliera solo de nuevo hacia alta mar, hambriento, feliz, aprendiendo.
El tema fue la velocidad, y en una semana de prácticas había aprendido más acerca de la velocidad que la más veloz de las gaviotas.
A una altura de trescientos metros, aleteando con todas sus fuerzas, se metió en un abrupto y flameante picado hacia las olas, y aprendió por qué las gaviotas no hacen abruptos y flameantes picados. En sólo seis segundos volo a cien kilómetros por hora, velocidad a la cual el ala levantada empieza a ceder.
Una vez tras otra le sucedió lo mismo. A pesar de todo su cuidado, trabajando al máximo de su habilidad, perdía el control a alta velocidad.
Subía a trescientos metros. Primero con todas sus fuerzas hacia arriba, luego inclinándose, hasta lograr un picado vertical. Entonces, cada vez que trataba de mantener alzada al máximo su ala izquierda, giraba violentamente hacia ese lado, y al tratar de levantar su derecha para equilibrarse, entraba, como un rayo, en una descontrolada barrena.
Tenía que ser mucho más cuidadoso al levantar esa ala. Diez veces lo intentó, y las diez veces, al pasar a más de cien kilómetros por hora, terminó en un montón de plumas descontroladas, estrellándose contra el agua.
Empapado, pensó al fin que la clave debia ser mantener las alas quietas a alta velocidad; aletear, se dijo, hasta setenta por hora, y entonces dejar las alas quietas
Lo intentó otra vez a setecientos metros de altura, descendiendo en vertical, el pico hacia abajo y las alas completamente extendidas y estables desde el momento en que pasó los setenta kilómetros por hora. Necesitó un esfuerzo tremendo, pero lo consiguió. En diez segundos, volaba como una centella sobrepasando los ciento treinta kilómetros por hora. ¡Juan había conseguido una marca mundial de velocidad para gaviotas!


Pero el triunfo duró poco. En el instante en que empezó a salir del picado, en el instante en que cambió el angulo de sus alas, se precipitó en el mismo terrible e incontrolado desastre de antes y, a ciento treinta kilómetros por hora, el desenlace fue como un dinamitazo. Juan Gaviota se desintegró y fue a estrellarse contra un mar duro como un ladrillo.

lunes, 5 de julio de 2010

EL BESO MÁGICO por Manuel Cubero Urbano (2- 6 años)

ANITA, LA NIÑA DE VILLALUZ,

O EL BESO MÁGICO

Había una vez un pueblo tan bonito, tan bonito, que el Sol siempre estaba asomado a él. Por eso se llamaba Villaluz. Villaluz era la envidia de todos los pueblos vecinos, sobre todo de Villagrís.
Pues debéis saber que los hombres de Villagrís, que eran muy malos, envidiosos del Sol, que nunca dejaba de brillar en el pueblo vecino, fueron un día a Villaluz, robaron todos los rayos de Sol, y se los llevaron a su pueblo.
Desde aquel momento, Villaluz se quedó tan oscuro que los niños apenas podían jugar en el parque, ni salir a la calle, ni al colegio… Estaban tan aburridos, que muchos de ellos comenzaron a enfermar. Todos los padres se pusieron muy tristes. Entonces, al ver a sus padres tan preocupados, Anita, que era una niña muy valiente y decidida, dijo que aquello se había acabado. Reunió a todos sus amiguitos y, después de pedir permiso a sus papás, se dirigieron a Villagrís.
Cuando estaban a punto de llegar, salió el guardián del pueblo, que era un hombre muy grande y malvado:
-¿Dónde vais? –preguntó mientras, parado en medio del camino, les impedía continuar su camino.
-Es un secreto tan grande que si el aire lo oyese se lo llevaría hasta el cielo para quedarse con él –respondió Anita-. Sólo podría decírtelo al oído.
¡Vamos! ¡Cuéntamelo! –ordenó.
El guardián, deseoso de conocer un secreto tan importante, se agachó y acercó su oreja a la boca de Anita. Ésta, entonces, le dio un beso en la mejilla. Fue el primer beso que le habían dado al guardián en toda su vida. Y se sintió tan feliz que, a partir de ese mismo instante, se volvió un hombre bueno y amante de la paz. Inmediatamente, dejó a Anita y a sus amigos proseguir su camino.
-Unos niños tan buenos no podrán hacerle daño a nadie –dijo-. Pasad, pasad y besad a todo el pueblo, que ya estoy harto de estar aquí siempre vigilando por culpa de la maldad de mis vecinos.
Y así lo hicieron. Anita y sus amigos fueron repartiendo besos de casa en casa por todo el pueblo de Villagrís. Cada beso que daban era una gotita de bondad que se metía en los corazones de aquella gente. Así que todas las personas del pueblo, que hasta entonces habían sido muy malas porque nadie les había dado un solo beso, se volvieron buenas y devolvieron a Anita los rayos de Sol que habían robado a los vecinos de Villaluz.
-Toma –le dijo el Alcalde-. El sol es vuestro, pues por nuestra maldad, el cielo nos había castigado sin él.
Pero Anita que, como hemos visto, era muy buena, se compadeció de los niños de Villagrís, que estaban todos muy apenados al ver que se iban a quedar otra vez sin luz y, después de consultar con sus amiguitos, tomó la palabra y respondió:
-Señor Alcalde, en vista de que han decidido ser buenos, hemos pensado que, como amigos y vecinos, deberemos compartir el Sol con ustedes a partir de hoy.
Desde entonces, el cielo envió a la Luna para que, también de noche, hubiese algo de luz en el mundo. Y los dos pueblos, Villaluz y Villagrís, vivieron siempre en paz y fueron muy felices.













Manuel Cubero Urbano

sábado, 3 de julio de 2010

La rosa sin pétalos *



















Dime, la rosa está desnuda
o sólo tiene ese vestido?
Pablo Neruda


Cuando por mi jardín paseo
entro en conversación con las flores.
Fueron ellas las que hablaron
del problema de la rosa:
Fue un colibrí amante
quien dejó caer sus pétalos
prendiéndole a cambio
unas alas de mariposa.


ANY CARMONA
* Del libro Neruda y yo



Primavera*

















Por qué otra vez la Primavera
ofrece sus vestidos verdes?
Pablo Neruda


Al plateado mediodía
la Primavera ofrece
sus ropajes camuflados.
Se escapa de las gélidas espadas
del invierno letal.
Es cálida protectora
de tiernos retoños verdes.
Sus armas son de polen,
de pétalos, sus escudos.
Mariposas y colibríes
le sirven de cortejo
cada vez que es escoltada
por su compañero el sol.
Cada año renueva su apuesta
a pesar de las heridas,
transformando la vida
en fecundidad y amor.


ANY CARMONA
*Del libro Neruda y yo

La extraña criatura*(Desde 8 años)



Allá lejos, bajo las heladas aguas de Lago Argentino, vivía un enorme monstruo que dormía plácidamente todo el invierno.
Cuenta la leyenda que los pobladores de las aldeas cercanas, lo veían salir de vez en cuando en las noches de luna llena, cuando la primavera despuntaba y comenzaban a verdear, las laderas de las montañas.
Juan, el hijo de Tomás Krausser, el alemán que vivía junto a la orilla oeste, vio salir de pronto un enorme animal y clavar su aguda mirada sobre sus asustados ojos, para introducirse luego en el agua, en medio de movimientos concéntricos que formaban círculos a su alrededor.
Cuando ya no pudo verlo más, cayó preso de un impulso incontrolable. Saltó a su bote, remó hasta el lugar, a diez metros de la playa y se lanzó a las frías y oscuras aguas, para no volver jamás.
Lo buscaron incansablemente. Día tras día, año tras año, sin éxito alguno.
Sólo el alemán, dice ver la silueta de su hijo sobre el agua, montada en una extraña criatura, en esas claras noches de plenilunio.


ANY CARMONA
*Del libro Luz de soledad

La campana* (Desde 8 años)



¿Quién dejó sobre mi escritorio una campana de hierro oxidado pero a la vez lustrado. Antigua, vetusta, pesada, con inscripciones en latín? ¿Campanita de misa o de camino de ángeles, o guía de espíritus y fantasmas buenos que se proponen ayudar a las almas de muertos y vivos?
Alguien sin duda me la obsequió sin querer ser visto, sabiendo que los objetos que resguardan la memoria de las comunidades y su preservación son uno de mis delirios.
Pasan los días y la campana oxidada espera en un estante donde la he guardado a que alguien la reclame y diga – Me la olvidé, la estaba buscando - Pero nadie aparece.
¿Es un regalo? ¿Es una reliquia que en tiempos pasados fue un elemento esencial de la vida de la comunidad? ¿Tiene muchas historias para contar?
Quizás sea la piedra basal para comenzar con el proyecto de mi museo. Ese proyecto tantas veces tachado, demorado y hasta cuestionado.
¿Quién sino un ángel bueno puede habérmela traído? Quizás tengo un amigo invisible y secreto que me aprecia y apoya porque me deja este objeto que no es otra cosa que un mensaje: “ …el museo se realizará, será, se cristalizará, en un tiempo corto o lejano, no importa, pero lo pondrás en marcha. Ya verás que a partir de mí otras piezas aparecerán mágicamente. Ya lo verás”.
Qué misterio, con un nudo en el estómago, solo me queda esperar…
Hoy, luego de tres meses de cuidar la antigüedad celosamente, apareció él en la puerta soltando un – Good morning! How are you? - Nos presentamos y pude enterarme de la gran novedad: vinieron desde la central de Irlanda, varios interesados en poner en marcha mi proyecto. Hay fondos destinados a este fin y finalmente se hace, tal cual yo lo había planteado…
Al mirar instintivamente el estante, la campana no está, de la misma forma en que llegó, ha desaparecido.


ANY CARMONA
*Del libro Luz de soledad

El Principito por Antoine de Saint Exuperí - Capítulos III y IV (Para niños y jóvenes desde 10 años)

III




Me costó mucho tiempo comprender de dónde venía. El principito, que me hacía muchas preguntas, jamás parecía oír las mías. Fueron palabras pronunciadas al azar, las que poco a poco me revelaron todo. Así, cuando distinguió por vez primera mi avión (no dibujaré mi avión, por tratarse de un dibujo demasiado complicado para mí) me preguntó:
-¿Qué cosa es esa? -Eso no es una cosa. Eso vuela. Es un avión, mi avión.
Me sentía orgulloso al decirle que volaba. El entonces gritó:
-¡Cómo! ¿Has caído del cielo? -Sí -le dije modestamente. -¡Ah, que curioso!
Y el principito lanzó una graciosa carcajada que me irritó mucho. Me gusta que mis desgracias se tomen en serio. Y añadió:
-Entonces ¿tú también vienes del cielo? ¿De qué planeta eres tú?
Divisé una luz en el misterio de su presencia y le pregunté bruscamente:
-¿Tu vienes, pues, de otro planeta?
Pero no me respondió; movía lentamente la cabeza mirando detenidamente mi avión.
-Es cierto, que, encima de eso, no puedes venir de muy lejos…
Y se hundió en un ensueño durante largo tiempo. Luego sacando de su bolsillo mi cordero se abismó en la contemplación de su tesoro.
Imagináos cómo me intrigó esta semiconfidencia sobre los otros planetas. Me esforcé, pues, en saber algo más:
-¿De dónde vienes, muchachito? ¿Dónde está "tu casa"? ¿Dónde quieres llevarte mi cordero?
Después de meditar silenciosamente me respondió:
-Lo bueno de la caja que me has dado es que por la noche le servirá de casa. -Sin duda. Y si eres bueno te daré también una cuerda y una estaca para atarlo durante el día.
Esta proposición pareció chocar al principito.
-¿Atarlo? ¡Qué idea más rara! -Si no lo atas, se irá quién sabe dónde y se perderá…

Mi amigo soltó una nueva carcajada.
-¿Y dónde quieres que vaya? -No sé, a cualquier parte. Derecho camino adelante…
Entonces el principito señaló con gravedad:
-¡No importa, es tan pequeña mi tierra!
Y agregó, quizás, con un poco de melancolía:
-Derecho, camino adelante… no se puede ir muy lejos.
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IV


De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era apenas más grande que una casa.
Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre, existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251".
Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909, por un astrónomo turco.
Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir. Las personas mayores son así. Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea. Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.
Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?". Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?". Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!".
De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.
Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:
"Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.
Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar estos recuerdos. Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no olvidarlo. Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las personas mayores, que sólo se interesan por las cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de colores. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho otra tentativa que la de una boa abierta y una boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene parecido alguno. En las proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es demasiado grande y allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces sale bien y otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las personas mayores. He debido envejecer.