El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

miércoles, 30 de junio de 2010

LA HOJA VOLADORA por Loudes García Jiménez
















Una hoja que en otoño
se desprende de su árbol
empujada por el viento
se desplaza por el aire.


Gira y gira dando vueltas
gozando de libertad
el aire sigue empujando
y no sabe donde va


Mira en todas direcciones
y parece sorprendida
el mundo es mucho más grande
que desde el árbol veía


Hay árboles diferentes
al árbol en que vivía
y otras cosas muy raras
que no había visto en su vida.


Hay una casa grande
allá abajo, en la paradera,
pintada de blanco y rojo
y humo en la chimenea.


Un caballo que trota
por una blanca vereda
a cuatro patas, ligero,
arrastrando una carreta.


Ve un lago cristalino
donde nadan unos patos
y una barca de madera,
lentamente, navegando.


Se cruza con unos patos
que vuelan en formación,
van buscando nueva casa
al cambio de la estación.


El viento ha cesado,
ya cae desde arriba,
se posa en la hierba
junto a sus amigas.


MARÍA LOURDES GARCÍA JIMÉNEZ

CANCIÓN DE CUNA (a mi nieto Salvador) por Lourdes García Jiménez















Duerme mi niño,
duerme en tu cuna,
duerme que yo te canto,
te está mirando la luna.
Luna lunera,
mi niño se está durmiendo,
que los luceros del cielo
guarden silencio.
Duerme mi niño,
que yo velaré tu sueño,
el murmullo de la fuente
quedó prendido en el viento.
La abuela te está mirando
la dulzura de tu cara,
y tu me miras callado
con inocencia en tu alma.
Tus ojos de verde luna,
tus manos de azúcar blanco,
tu boca de pan de leche,
tu pelo trigo dorado.
Mi niño se está durmiendo,
silencio, todos callados,
los pájaros de la plaza,
las nubes sobre el tejado.
La abuela le está cantando,
mi niño se está durmiendo,
que los luceros del cielo
guarden silencio.



MARÍA LOURDES GARCÍA JIMÉNEZ

martes, 29 de junio de 2010

POTRI Y TOFI por Any Carmona - Cap VI: Amistades verdaderas (4- 8 años)

Regresaron a casa y todo volvió a la vida normal. Siguieron entrenando para el próximo año, siempre con dedicación y ganas de superarse. La vaca Verónica siguió cuidándolos con su tibia leche y el perro Guardián los hacía reír con sus chistes. Hernán, el padre de Tofi continuaba gruñendo por casi todo y en cada momento. Ya no lo escuchaban porque era “pura espuma” y nunca cumplía con sus amenazas…


Un día aconteció un hecho que cambió para siempre la vida de la cabaña: Hernán se casó con una linda señorita del pueblo llamada Celia quien vino a vivir con ellos. Era el fin del invierno y ya la primavera comenzaba a dar sus primeros verdes brotes sobre las ramas de los árboles que rodeaban el terreno. Se anticipaba la llegada de las golondrinas que venían del norte.
- ¡Viene, ya viene Celia… Y trae un enorme equipaje! – Ladró el perro Guardián que se había subido a la colina del ala oeste para divisar la llegada de los novios en su flamante camioneta.
- ¡Ya vienen, ya llegan! - Mugió a viva voz Verónica desde el corral, muy preocupada porque no sabía si lograría abastecer de leche a la casa ahora que venían más habitantes.
Tofi tomó de las riendas a Potri y lo arrastró hacia el portón de entrada. Melena, la yegua blanca, los seguía de cerca. Llegaron a la cima, observaron cómo se acercaba una camioneta blanca tirando un furgón por detrás. Los vieron acercarse y doblar la curva final que desembocaba en la casa. El amo Hernán se bajó primero riendo a más no poder “¿Hernán riendo?” Pensó Potri…Luego bajó ella, la esposa, una mujer joven vestida de blanco y una tercera persona, una niña muy linda que venía vestida con ropa de montar.

- ¡Tofi, Tofi! – Gritó el papá.
- ¡Tofi, amigo! – Gritó la niña – Soy María Rosa, ¡Hola!
Por el camino bordeado de eucaliptos venía Tofi cabalgando sobre Potri, Melena al trote y Guardián por detrás.
- ¡Hola!... ¿qué haces aquí Niña? – Dijo Tofi bajando de su potrillo y extendiendo un beso a su amiga.
- Soy la hija de Celia, vengo a vivir con ustedes y, lo mejor de todo… ¡traigo conmigo a Pili!... quien no ve las horas de salir del furgón – ¡Ja, ja, ja, ja! Creo que nos divertiremos mucho acá…¿Verdad?

Así fue como se formó una gran familia: Hernán y Celia y sus hijos Tofi y María Rosa con sus dos mascotas que eran los mejores caballos de salto de Lago Puelo. Desde entonces, el potrillo bayo Potri y la potranca baya Pili fueron una verdadera leyenda en esas comarcas. Hernán no volvió a ser un gruñón y todos aprendieron a vivir en armonía con el esfuerzo y la alegría de todos los días


FIN

domingo, 27 de junio de 2010

para el blog, ahi va Anita...EL PAÍS "PURA MIEL"(Para niños de 3 a 7 años)


El país "Pura miel"

Serafina la pata, era glotonaza pero de los huevos de otras patas, sus paisanas del país "Puramiel" donde cómodamente viven patos y patos, tienen una laguna rodeada de árboles y juncos, en ella ellos hacen acrobacias y meten su pico para comer pececillos. Ahí abundan semillas y granos, que es su exquisito alimento.

Serafina es terrible, no puede con su obsesión de acercarse con sigilo a los nidos de sus paisanas y cuando no la observan o ellas abandonan el nido ¡zas! se traga el huevo preciado.

Es hermosa también, quizás la más hermosa de todas las patas de este país. Su buche adquiere un color amarillo pura yema, justo cuando comete este delito patuno. Ella nunca ha colocado un huevo y ya tiene cuatro años, es digamos una joven alegre, juguetona, despreocupada y a la laguna se acerca para nadar y lavarse su pechuga que está sucia y pegajosa. Sus paisanas no la quieren, pero a ella le da lo mismo.

Un día, al quinto año de nacimiento de Serafina apodada también "Purísima Buche" se le acerca un pato de pico negro y cola negra, pies bien anaranjados y de ojos cautivadores, color caramelo rojizo, llamado Hubás.

El la sigue va detrás y detrás. No la deja. Persiste. Cuando se va la laguna, él se tira y hace muchas gracias, mete y saca su cabecita, se zambulle y hasta juega con una pelota, que alguien la dejó. Ella lo mira.
Serafina abandona la laguna para ir tras los nidos de sus compañeras y él con su voz persuasiva la acompaña, diciéndole : - No lo hagas ya, deja nacer a los patitos, no seas mala. Contrólate criatura.

A Serafina le empieza a gustar Hubás, le atrae su mirada, sus ojos y esos pies palmeados tan bien torneados. Su andar pausado y seductor. Este encantamiento la cura de comerse los huevitos.

Luego un día de marzo construyen su nido, cerca a los juncales y luego de 28 días nacen cinco patitos, uno de ellos es "Feo". A todos doña "Purísima Buche" los cuida con su abrigo y Hubás también los envuelve con sus grandes alas, hasta que por sí solos ya cubiertos de plumas emprenden una nueva historia. "Feo" es el último en abandonar la tutela paterna y materna porque fue el más delicado.

Hoy andan algunos en el país "Pura miel" gozan de su dicha y lejos de los cazadores. Y "Feo" ha emigrado a una alfúfera donde abunda la magia.


Julia del Prado Morales

viernes, 25 de junio de 2010

I: LAURA 1842 -1856

En aquellos días de mediados de siglo XIX una mujer de apenas treinta años, toda una señora con dos hijos, no podía siquiera pensar en verse bella y apetecible para ciertos señores que sin embargo, la miraban con simpatía y hasta admiración. Debía permanecer dentro de los cánones en que había sido educada, con esas ideas católicas conservadoras en que la sociedad la encuadraba. El hombre, en cambio, gozaba de cierto permiso, al menos entre sus pares, para realizar todo tipo de “hazañas” de corte amoroso y conquistar a cuánta mujer se le antojara.
La Paz era una ciudad populosa en que la vida intelectual se insinuaba lentamente y muchos personajes del ámbito de las letras y la cultura gustaban de reunirse con los políticos y sus damas para hacer música, leer y comentar los acontecimientos del momento. Corría el año 1842 y muchos exiliados argentinos vivían en  Bolivia.

Laura era diferente, dentro de su pecho palpitaban sentimientos y sensaciones extremos. Estaba feliz de que su esposo y carcelero hubiera sido enviado lejos, a Tarija, para hacerse cargo de la Gobernación. Por fin podría dar riendas sueltas a su vocación artística y escribir como siempre había querido, dar forma literaria a sus palabras sueltas, rescatar del olvido tantos hechos vividos y reinterpretarlos según su agudo sentido de la observación.
Su casa en La Paz era una típica casona colonial española. Era el ámbito dentro del cual se desarrollaba la vida familiar. Reino, contención y cárcel de la mujer y morada de los criados…Por el frente del gran portón de entrada pasaban los coches hacia el primer patio, al cabo del cual se encontraba la puerta delantera que daba al zaguán. Grandes ventanales también frontales, comunicaban con la antesala, sala y comedor. Luego, más allá, el segundo patio que daba con las demás habitaciones y pasillos. Al final, la gran cocina, comedor de diario, tercer patio y fondos de la residencia en la que se ubicaban las habitaciones de los sirvientes. Atrás había una gran galería con parrales y finalmente, la huerta. Al costado del primer patio y con salida también a uno de los pasillos colectores se erguía una escalera que conducía a la parte de arriba, a las habitaciones de los señores. Las mismas tenían un gran balcón que daba al frente, adornado con rejas artísticas y santarritas en flor. Allí se encontraba Laura, conversando con su criada, la mulata Dominga.
- Domi, ven que debes decirme qué debo ponerme. Hoy realizaremos una reunión importante, a la que asistirá nuestro Presidente.
Su rostro en forma de corazón, enmarcado por sus finos cabellos rizados color caramelo, se veía sonrosado y sus ojos verdes brillaban al decir estas palabras. No era dueña de una belleza deslumbrante pero sus gestos denotaban carácter y su miraba dejaba traslucir un fuego interior y una garra no muy común entre sus congéneres.
- Si Lala, tu vestido de satén azul con puntillas hace juego con tus ojos...te queda muy bien…- Comentó su criada y fiel amiga.
-¿Tú crees? Pero lo usaba hace unos años cuando era más joven y antes de tener a mi Merceditas.
- Claro que si. Y hoy te ves igual de niña que entonces.
Las risas trataron de ser ocultadas por la mulata que viajaba con ella a todos sus destinos. Sabía que algo importante le sucedería a su Señora, hoy que la soledad la había colocado en posición de defender sus ideales y afianzar su personalidad.
Laura se puso el vestido color del mar y alisando su vuelo, giró sobre sus puntas de pie, mirándose al espejo mientras sacaba pecho sobre el escote.
- ¡Saca pecho…muy bien! Y ponte un poco de carmín en este sitio y un poco en las mejillas...y también agua de rosas en las orejas...
Laura se dejó acicalar y perfumar. Nadie más que ella deseaba gustar esa tarde.
- ¿Estoy bien, Dominga? ¿No crees que me ajusta mucho en la cintura? ¿Y si no puedo leer por la emoción? ¡Con lo apretado que lo siento!...
Ambas rieron mientras se abrazaban con alegría y ganas de vivir. ¡Vivir... vivir…después de haber sufrido tanto!
Hacía algunos años que la joven mujer, argentina, nacida en la Provincia de Salta, exiliada política junto a toda su familia en Bolivia, venía padeciendo una situación muy desagradable dentro de su pareja, si se tiene en cuenta que eran contadas las ocasiones en que veía a su marido y siempre en medio de discusiones interminables y dolorosas.
Miguel Isidoro Figueroa era un joven militar boliviano que tenía toda la idiosincrasia del varón dominante a quien ella había amado justamente por eso, por su porte y su rango de macho que no se deja llevar. Pero ahora veía que él no estaba muy interesado en ella. No tomaba en cuenta sus sentimientos y necesidades y, por el contrario, quería que de un modo u otro cambiara y se ajustara a él, acompañándolo en su carrera y sus ambiciones personales. “¿Qué más puede querer una mujer que un esposo fiel y exitoso que le de un hogar con hijos y fortuna?”, solía decirle. Laura lo había visto partir el día anterior. Se paró junto a la ventana mirando a la calle mientras pensaba en aquellos días con su familia en su provincia natal, en su llegada a Bolivia, en los días de noviazgo con Miguel y tantas cosas... Estaba triste y jubilosa a la vez. Triste porque veía cómo su matrimonio se caía, se derrumbaba lentamente sin dejarle muchas alternativas de acción. ¡Justo a ella que le gustaba actuar! Jubilosa porque un ser muy especial había notado su presencia y la hacía sentirse bella y deseada y sobretodo, muy valorada. No se le había ocurrido nada más que poner distancia, no verlo por un tiempo, para que así pudiera recapacitar, tal vez extrañarla a ella y a las niñas...Se preguntaba si alguna vez él sería capaz de aceptarla, de amarla tal cual era, con su personalidad y su vocación... Seguía con la vista fija en el exterior de su casa. Era una calurosa tarde de verano, el sol caía en toda su plenitud sobre las tejas anaranjadas dando luminosidad a las miles de flores de todos colores que aparecían entre las antiguas rejas de hierro forjado de los balcones. Las intrincadas callejuelas de tierra servían de caminos inciertos hacia ese mundo exterior que parecía inalcanzable pero que sin embargo, ahora se había propuesto conquistar. Por ese rumbo se había ido Miguel y tal vez nunca regresaría... Sentada ahora en su sillón de terciopelo, abrió su caja de madera tallada y encontró doblada en varios pliegues la esquela que José le enviara la tarde anterior. La leyó mil veces reparando en esa caligrafía perfecta no sin antes sentir el perfume con que la misma había sido salpicada. Perfume que sin duda había sido importado de París, por su exquisito aroma. Lo que daba muestras de la fineza con que ese caballero contaba.
...y permítame, apreciada Señora mía, proceder con muy modesto espíritu, a la lectura detallada de sus escritos para que mis aportes puedan quizás, ayudar a corregir ciertos errores y alivianar cargas que usted me dice la tienen preocupada...
Era verdad, esas cargas tenían que ver con su soledad. No tenía a quién mostrarle sus escritos y sabía que si lo hacía a algún familiar o amiga, todos le dirían lo mismo. Que dejara esos sueños y se dedicara a ser una fiel y dedicada esposa. En cambio él se ofrecía a ayudarla siendo su lector y corrector, lo cual significaba que estaría allí, siempre que lo necesitara.
Eran las tres de la tarde. Dominga había bajado con el resto de los criados a poner todo en orden. La reunión literaria comenzaría en una hora. Todos estaban invitados, incluso su tío Facundo Saravia, gran amigo del Presidente de Bolivia, José Ballivián Segurola.

La reunión se desarrolló formidablemente. Sobre la mesa, los criados habían colocado el mantel de hilo color celeste y en pequeños platos de porcelana blanca, toda clase de masas finas, pastelitos de diversos dulces y bocaditos salados. Todo regado con abundante té y ponche frutado.
Laura inició el encuentro con unas palabras de bienvenida y luego invitó a que alguno de los presentes se sentara al piano para dar comienzo a la tertulia. La Sra. Mariquita Sánchez de Quesada ejecutó muy bien a Mozart y luego se inició la ronda de lecturas, no sin antes comentar los acontecimientos políticos del momento. No venían buenas noticias desde las Provincias Unidas del Río de la Plata. Juan Manuel de Rosas estaba alcanzando gran poder en todo el territorio y cada vez con más mano dura.
- Cada día será más difícil poder emprender el regreso - dijo Facundo Saravia a su sobrina, apoyándose sobre el piano mientras ella iniciaba una sesión de valses vieneses, lo último de moda en Europa.
- Así es Tío, nos resultará imposible volver con este contexto.
- Gracias a Dios que aquí estamos bien. Pero las obligaciones políticas con nuestra patria, nos impiden dormirnos en los laureles.
- Disfrutemos ahora de esta tertulia. Se lo pido por favor Tío, no hablemos de política ahora - Expresó Laura con una sonrisa en los labios que se veía más bien como una súplica.
- ¡Atención que llega nuestro Presidente José Ballivián Segurola! – Anunció alguien. Y todos prorrumpieron en un aplauso que duró varios segundos.
- Por favor siéntense todos, por favor, considérenme ahora sólo su amigo – Contestó enseguida el presidente de Bolivia.
Era un hombre alto de musculatura fuerte y contextura delgada, de tez blanca y cabello castaño bastante ondeado, frente ancha con incipientes entradas que anunciaban calvicie y una barba recortada que enmarcaba su quijada. Vestía uniforme militar de una gran elegancia. Se sentó junto a Laura y se abocó a charlar con ella, muy atento a todo lo que pudiera necesitar.
- Está increíblemente bella hoy, mi querida amiga. Y ni hablar del encanto que tiene esta reunión.
- Gracias, José, nada más grato para mí que agasajar a mis amigos. En diez días haré otra nueva tertulia…Ya le mandaré avisar.
- La esperaré con gran ansiedad – Dijo el Presidente acercando suavemente su mano a la pequeña mano de la dueña de casa que se quedó como paralizada al sentir rozar su piel por el hombre más importante del país. Sentía que no podía sacar su mano, ni hablar, ni mirarlo y casi no podía respirar.
- Gracias debo decir yo, Señora, por tener el honor de ser uno de sus invitados –
Con suma lentitud, Laura elevó la mirada hasta alinear perfectamente sus ojos con los del Presidente. Fue en ese instante cuando supo que era amor a primera vista… y que esa clase de amor, realmente, existía.
-------------------------- * ------------------------------

Pasaron los meses y la amistad con José creció de la manera esperada por Laura, con gran compañerismo, complicidad y compatibilidad, a tal punto que no podían estar un solo día sin verse.
- Llegó, Señora, ¡El Señor Ballivián está aquí! - vociferó Domi mientras corría por los pasillos de la casa.
- Calla pequeña. No armes tal alboroto – Le contestó Laura y cuando atinó a recogerse el cabello y ordenar su vestido. José ya estaba parado justo allí, detrás de ella.
- Vamos, tomemos mi coche y salgamos a dar un paseo- Le susurró al oído.
- No, claro que no, José. Justo es la hora del té y estábamos preparando todo para servirlo en la sala - Le dijo casi en secreto, empujándolo suavemente al interior de la habitación.
- Por favor Domi organiza a las otras criadas y sirvan el té enseguida.
José Ballivián no tuvo más remedio que quedarse a charlar en medio de decenas de miradas curiosas y Laura vio propicia la ocasión para sacar sus escritos y mostrárselos a su amigo.
- Traeré mis poemas para que usted me de su valiosa opinión - Anunció ella levantándose hacia el escritorio donde tenía guardados sus tesoros.
Inmediatamente desplegó uno de sus últimos escritos, se puso de pie y comenzó a recitar pausadamente y con emoción. Su cara se transformó mientras leía y sus ojos almendrados se llenaron de lágrimas. José la miraba embelezado.
- ¡Qué belleza encierran sus poemas! ¡No podemos esperar más! - Dijo mientras casi saltaba de la silla. - ¡Le prometo que todo este material será publicado y yo financiaré dicha edición!...Pero tenemos que encontrar un seudónimo masculino para hacerlo sin inconvenientes, tengo amigos influyentes…
Ella lo sentía expresarse con vehemencia y fervor sobre su escritura y no podía menos que amarlo con profundidad y entrega. Veía en él ese perfecto ejemplo de respeto e igualdad que tanto anhelaba. Esa igualdad que le fuera negada a su madre y a su abuela y que aún se le negaba a ella en todas las formas posibles.
Poco a poco Miguel, su esposo, fue quedando atrás en sus sueños y fue José junto con su pasión por la escritura, quienes ocuparon su lugar…
Encontraron un seudónimo: Victorino Gutiérrez. Su nombre  fue conocido como uno de los mayores exponentes de las letras latinoamericanas.
--------------------------- * ------------------------------

Luego de pasada la llamada Tiranía de Rosas, Laura Mercedes y toda su familia pudieron regresar a la Argentina. Laura estaba sola, acompañada de sus dos hijas mayores Miguela y Mercedes. Ahora tenía en sus brazos al pequeño José a quien su esposo jamás reconoció como propio, aunque le había dado su apellido.
Su padre Oliverio Ocampo y su madre Azucena Ortiz de Ocampo, iban en otro carruaje detrás de ellos. Toda la familia se estaba trasladando a las Provincias Unidas del Río de la Plata, luego del largo exilo en el país hermano. Felizmente para ellos, el Gobernador Rosas había sido derrotado, logrando escapar a Inglaterra.
Transcurría el año 1853 y Buenos Aires se había separado de la Confederación el año anterior, por lo que era considerado como estado autónomo.
Ese momento había sido soñado por Laura y todos los integrantes de la familia pero ahora que dejaban La Paz, luego de quince años de un exilio forzoso, les dolía en el alma tener que hacerlo. Habían logrado edificar una verdadera vida en el país del norte. Atrás quedaba la casona de la colina con su glamorosa abundancia y algunos criados que decidieron no abandonar el lugar.
Ahora había mucho que hacer en la Argentina. El país estaba a punto de promulgar su nueva Constitución y seguramente los servicios del padre de Laura serían requeridos por la nueva clase gobernante. Todos los “emigrados” gozaban de prestigio por haberse ido del país durante los años del rosismo.
- ¿Luchita, cómo te sientes mi vida? ¿Estás contenta de volver a nuestra patria? Cumplirás tus quince años en tu país… – Le dijo Laura a su hija mayor.
- Estoy muy ansiosa y tengo miedo de lo que podamos encontrar allá. El abuelo dice que sus propiedades le serán restituidas ahora que el país vuelve a la normalidad…¿Qué piensas tú, Madre?
- Creo que todo saldrá bien, mejor de lo que esperamos. Debemos tener fe.
Laura hizo dormir a sus hijos acomodándolos en el interior del coche, muy bien arropados. Luego de tomar ella misma un poco de caldo caliente, se acomodó para pasar la noche viajando por sinuosos caminos. Cuando menos lo esperaran llegarían a San Salvador de Jujuy en Argentina y luego a Salta donde pensaban pasar una temporada.
Luego de tres meses en territorio argentino, el gobierno de Buenos Aires llamó a Don Oliverio Ocampo para trabajar como abogado y administrador, por lo que viajaron inmediatamente a instalarse en esa ciudad. Ocuparon la finca de Palermo que gracias a los hábiles trámites de sus abogados, había sido restituida a la familia. Don Oliverio tenía además, un escritorio en plena ciudad desde donde ejercería sus tareas profesionales.
- Te necesito Laura, necesito una secretaria, alguien que me ayude en lo referente a mi estudio y que se quede al frente de todo cuando yo viaje a Salta a ocuparme de los campos… Y qué mejor que tú para hacerlo…¿Qué dices, aceptas?
- Pero Padre, ¿cómo vendré todos los días desde la finca hasta aquí? Estoy muy lejos.
- Les daré para ti y tus hijos la casa de la calle Reconquista, allí podrán estar muy bien. ¿Qué dices ahora?
- ¿Y puedo llevarme a mis criados conmigo?
- Claro niña, haz lo que quieras, pero no te alejes de mi lado que sin ti no se cómo haré para dar forma a todo esto.
- Muy bien, pero primero tendré que ocuparme de poner la casa en orden, así es que
podré comenzar contigo el mes que viene. ¡Gracias Tatita, eres un ángel!
Laura se puso manos a la obra.
Buenos Aires era una ciudad llamada por muchos, “la gran aldea” porque ya comenzaba a tener visos de gran ciudad sin perder el estilo de vida e idiosincrasia de una aldea. Todos se conocían y había un gran control social, sobre todo en la clase de los “nuevos ricos” que se mezclaban con las antiguas familias aristocráticas provincianas. Ahora Laura solo podía pensar en ver bien a sus hijos. Tenía muchos proyectos. Siendo escritora de profesión, traía consigo todas sus publicaciones y deseaba seguir escribiendo. Estaba separada de su esposo del que se había distanciado hacía muchos años y eran sus hijas, quienes viajaban cada tanto a visitarlo a Tarija, donde se había instalado definitivamente. Laura no lo había vuelto a ver y solo los unían cuestiones comerciales.
La casa había quedado hermosa. Colgaron las mismas cortinas y pusieron las mismas alfombras que tenían en la casona de La Paz. Hicieron limpiar todo y lustrar los herrajes. Compraron muebles, algunos usados, que quedaron realmente muy bien en la casita. Laura le decía “casita” porque tenía en mente las dimensiones de su antigua mansión. Pero era una gran casona urbana de dos pisos con todas las comodidades que se podía pedir en la época. Sólo les faltaba armar un jardín, ese jardín que Laura veía en sueños cada vez que se iba a dormir.
- Debemos tener un gran jardín. ¿No crees Madre? No dejo de pensar en eso…Debes contratar a un jardinero, alguien que sepa muy bien su oficio y que traiga plantas de todas partes del mundo. ¡Cómo me gustan las plantas, los árboles y sobre todo, las flores! ¿Tendremos muchas flores de todos colores, Madre? – Le había dicho Lucha, su hija mayor, que ya pasaba los dieciséis. Estaba muy crecida y era casi una mujer con su larga cabellera rubia y sus delicadas maneras.
- Claro que sí y tendremos también una hermosa fuente que haré construir cerca de la casa para escuchar el sonido del agua…
Sergio, el nuevo jardinero, tenía veinte años y había sido recomendado por una familia amiga. Con su ayuda, fueron armando un parque digno de la realeza. Trajeron flores del mercado y plantas exóticas y por supuesto, la fuente que tanto ansiaba Laura, fue construida en el fondo de la casa. Además ella armó su escritorio en la última habitación que daba a la fuente, así podía sentir el arrullo del agua mientras escribía. La bella estatua de una niña y su cántaro, del cual salía una vertiente de agua fresca, alegraba las horas de trabajo de la joven escritora.
La familia estaba muy feliz. ¡Al fin estaban en su país y en una vivienda donde sentirse en paz!
Fue una mañana de domingo en que se encontraba absorta en el papel que tenía delante y mientras sostenía la pluma en su mano derecha, cuando escuchó charlas cerca de la fuente. Era su hija Lucha y…¿con quién hablaba? Era la voz de un hombre…
Se acercó más a la ventana cuidando de no ser vista. Ahí estaban, tomados de las manos y charlando muy bajo, su hija mayor y Sergio, el jardinero. “¡No puede ser! ¿En qué momento sucedió esto y yo sin darme cuenta? “Pensó Laura mientras abría la puerta para salir al encuentro de los enamorados. No pudo evitar escuchar su diálogo.
- Mi amor, te quiero tanto, ¿dónde estabas antes de llegar a mi vida? Me pregunto cómo pude vivir sin ti hasta ahora. – Decía la Niña Luchita, muy cerca de su oído.
- Estaba esperándote, mi bien…quiero que nos casemos pronto. Le pediré la mano a tu madre mañana mismo.
- No puede dártela sin el consentimiento de mi padre…y él está muy lejos. Además, piensa, mi familia se opondrá a lo nuestro…No, debemos mantenerlo en secreto hasta el momento de escapar –
Sin poder ocultar su ofuscación, Laura se les presentó para interrogarlos:
- ¿Qué es todo esto?... ¿Qué hacen ustedes dos aquí? ¿Qué están tramando? ¡Lucha, ve a tu cuarto enseguida!...Sergio, cómo te atreves a tocar a mi hija…en qué cabeza cabe esto? ¡Dios mío!, ¿qué voy a hacer? – dijo dando vueltas sin saber qué postura tomar.
- Pero nos queremos Señora Laura, la quiero más que a mi vida. Por favor, entienda que esto sucedió sin que lo planeáramos, simplemente pasó – Habló el jardinero con acento extranjero.
- Escuché que quieren escaparse, ¡no es posible que estén pensando en algo así! ¿Qué van a hacer? ¿De qué van a vivir? ¡Qué escándalo, qué vergüenza! Tengo que pensar en algo…Debo serenarme…Ahora ve a tu casa, Sergio, que yo te mandaré a llamar cuando sea el momento.
El joven jardinero francés, hijo de una familia de inmigrantes, salió corriendo hacia su hogar. Cruzó rápidamente la calle, atravesó la plaza y se dirigió a la estación del tren que lo llevaría a su aldea.
Laura entró en la residencia y subió rápidamente los escalones de la gran escalera que llevaba a los cuartos. Su hija Lucha estaba tirada en la cama llorando.
- ¿En qué estabas pensando? ¿Cómo no te diste cuenta de que ese hombre solo quiere tu fortuna? ¡Te enviaré a Europa, saldrás a Madrid, esta misma semana!
- No Madre, no me hagas eso. ¡Te lo pido por favor! Lo quiero y él a mí, se que me esperará… si me envías lejos, igual seguiremos juntos, es más, es posible que él también viaje….
Laura se sentó consternada en la cama, la mirada fija en el suelo. Inmediatamente su vida pasó ante ella como una sucesión de imágenes. Recordó su matrimonio con el padre de Lucha, su separación y sobre todo, la llegada del verdadero amor…Recordó que el amor no viene necesariamente con la persona más conveniente sino que llega simplemente y se da en el momento menos esperado.
- Dime una cosa Luchita – indagó ahora un poco más tranquila, la madre a la hija – Ese muchacho… ¿tiene estudios?... ¿sabe leer y escribir?... porque trabaja de jardinero…
- Si, es nacido en Francia y en su patria estudiaba Letras, escribe en francés y en español, es muy culto…trabaja de jardinero para ganarse la vida. Su familia vino recientemente de Europa y están por adquirir un comercio. Es alguien muy especial, Mamá, nunca nadie fue así conmigo, es respetuoso, atento y cariñoso. El no me buscó, fui yo quien comenzó a preguntarle sobre las flores…Ya hace casi un año que nos vemos a escondidas…
Doña Laura Ocampo de Figueroa, escritora, secretaria de asuntos legales y administrativos, ama de casa y cabeza de familia, se encontraba en un gran dilema. Sabía que las mujeres en esa época aún eran inducidas a casarse por conveniencia aunque cada vez más se respetaban sus deseos y sentimientos. Y sabía que no quería que sus hijas tuvieran que pasar por lo que ella había vivido. El dilema era qué hacer con el amor de Lucha hacia alguien completamente desconocido, extranjero y sin apellido. Un jardinero que ni siquiera fortuna tenía…Resolvió que no era todavía el momento de decidir.
- Hija, es necesario que te quedes aquí por unos días, sin salir de la casa. Yo quiero ver lo que vamos a hacer con este asunto – Le había dicho a su hija antes de salir rumbo a la calle, a pedir un carruaje.
Luego de pensarlo muy bien supo que si decía una sola palabra de todo esto a su marido, a sus padres o a alguien de la alta sociedad porteña, nadie lo comprendería. Es más, lo condenarían. Supo que el único ser sobre la tierra que lo entendería y la ayudaría, era su bien amado José Ballivián quien era ahora nada menos que Representante comercial de su país en Buenos Aires.
Tomó el carruaje y se dirigió inmediatamente a la residencia de su amigo.
- Una vez me ayudaste a mí para que pudiera publicar mi obra literaria ya que ese era mi mayor anhelo, ahora te pido que ayudes a mi hija Lucha. Se lo que es sufrir por estar lejos del ser al que amo…- Lo miró con esa mirada profunda con que solía hacerlo - y definitivamente no quiero que ella pase por eso… ¿Comprendes? – Continuó Laura.
- Lo comprendo muy bien querida, pero ven, siéntate un rato aquí que tomaremos una copita de licor y charlaremos de todo esto.
Afuera el viento arremolinaba las copas de los árboles, el cielo de pronto se había tornado de un gris plomizo y ya comenzaban a caer las primeras grandes gotas. Sería una tormenta eléctrica y seguro que con mucho agua. Buenos Aires se caracterizaba por sus grandes lluvias, esas que hacían de sus campos, los mejores del país y que transformarían a esa llanura en la tierra más promisoria del mundo.
- Llueve, debo irme. El carruaje me espera en la puerta. Dime cuándo podremos juntarnos de nuevo. ¿Me ayudarás, harás algo por mi hija? – Laura se levantó caminando hacia la puerta – ¿Lo harás, podrás ayudarnos?
- Claro que sí, arreglaré todo para que se casen acá y luego salgan para Bolivia donde les conseguiré un buen trabajo… A propósito ¿Cómo está Josecito?
- Muy bien.
- Pronto iré a visitarlo.
Luego de decir esto, se separaron no sin antes cumplir con las reverencias de rigor, acordando verse en los próximos días.
-------------------------------* ----------------------------------

Lucha y Sergio se casaron en secreto en la capilla de la finca de Palermo. Asistieron solo los más íntimos. En dos horas se trepaban a una carreta que los llevaría hasta San Miguel de Tucumán, desde donde seguirían el viaje a caballo. Primero a Salta, donde descansarían unos días, y luego a La Paz donde los esperaban familiares del Sr. Ballivián Segurola.
Laura vio como se alejaba su hija recién casada y un sollozo abarcó su cuerpo haciéndola temblar. La había salvado de la infelicidad pero sabía que verla de nuevo no sería fácil. La vio radiante y tranquila mientras se acariciaba el vientre como si quisiera acunar al hijo que ya presentía. Otra vez se dirigía a Bolivia. No podía creer que su destino estuviera tan lejos. Había logrado casarse con quien amaba y ahora sería la dueña de su vida. Indudablemente los tiempos habían cambiado y una nueva etapa se iniciaba para las mujeres. La lucha por la igualdad había comenzado.
El viaje transcurría lento. Estaban en la tercer semana de su itinerario al norte. Lucha miró a Sergio, un gringo rubio, de brazos fuertes y sonrisa sincera y acarició el cuello del caballo que la llevaba, un alazán de pelaje brillante bajo los rayos del sol. Si bien iban a un lugar conocido ya que ella se había criado en Bolivia, también era cierto que iban a la aventura. Miró el horizonte, las altas montañas se erigían ante ella, coronadas por blancas nubes como copos de algodón. Respiró el aire que se sentía muy puro a esas alturas, e introdujo la mano derecha en su bolsillo alcanzando a tocar la joya que su antigua niñera Dominga, le diera antes de partir.
– Pertenece a tu madre, me la dio hace muchos años, estará mejor a tu resguardo, te dará suerte. Se que tiene un secreto en su interior pero no he querido descubrirlo, no hasta que Laura así me lo pida .
Sin saber a qué se refería su querida Nana, ni adónde vivirían, ni cómo los recibirían en La Paz ahora que la situación de Buenos Aires había cambiado, separándose del resto de las provincias, introdujo el medallón en el bolsillo interno de su abrigo y se decidió a luchar con todas sus fuerzas.

(Continúa en "Entradas antiguas")

martes, 15 de junio de 2010

EL CAZADOR * (Para niños y jóvenes desde 10 años)

Apostado tras la esquina, aquella tarde había elegido mis mejores galas: chaqueta oscura, pantalón gris, recién salido de la peluquería... Estaba dispuesto a vender cara mi reputación. Cualquiera que hubiese pasado por allí me hubiese confundido con un señor que se dirigía a una ceremonia oficial, boda, bautizo o similar. Sólo la presencia de una elegante cartera de piel de diseño exclusivo rompía aquella estampa de invitado.
Pero no, no era tal la misión en aquellos momentos vitales de mi futuro laboral. Ocultos bajo la chaqueta llevaba unos pequeños prismáticos con el fin de poder identificar a los paseantes a la mayor distancia posible. En la cartera, dispuestos para una eventual y rápida situación de emergencia, asomaban unos impresos multicopiables y un par de folletos a todo color. En el fondo, unas chucherías de diversos colores y sabores con el fin de poder vencer las posibles resistencias de los jóvenes inocentes que cayesen bajo mi zona de control.
Una preciosa chiquilla de unos doce años se aproximaba, inocente, a mis dominios. Miré a uno y otro lado, la zona estaba totalmente despejada. Sin lugar a dudas podría actuar impunemente en mi intención de capturar a aquella tierna criatura.
Pero no, otra vez, no. Una mano se posó en mi hombro. Al volverme, sólo pude distinguir la sonrisa irónica de mi más temido enemigo: el Director de un colegio vecino. El odio estuvo a punto de cegarme. No tenía ojos más que para aquella sonrisa. Las ganas de destrozar esa bocaza eran superiores a mi voluntad.
-Es pieza no te corresponde- fue su frase, lacónica y precisa.
Se alejó calle abajo y me vi condenado a ver cómo la niña pasaba ante mí con total impunidad.

Después de tres o cuatro tentativas, conseguí entablar conversación con dos niños y una pequeña. A esas alturas de mi excitación, ya no me fijaba ni en el sexo de la posible víctima ni en sus posibilidades económicas y, con visos de éxito, hasta les endosé algunos de aquellos panfletos tras conseguir reunir sus datos personales arrancándoles su firma y la promesa de venir a mis lugares de dominio...
Cinco fueron las víctimas que conseguí capturar tras una ardua tarde de vigilancia y acoso.
Al llegar a mi despacho, la Jefa de Estudios se limitó lacónicamente a decirme:
-Lo siento por ti, Manolo. Ha venido la policía preguntando por ti... ni con su ayuda conseguimos alumnos en el barrio. Ya no quedan niños. Nuestro colegio se cierra.

MANUEL CUBERO URBANO (España)

* De la ANTOLOGÍA EÑE, 2002

 

lunes, 14 de junio de 2010

La sal del mar *
















Si todos los ríos son dulces
de dónde saca sal el mar?
Pablo Neruda


El mar guarda en su seno
el más inefable misterio.
Es cause y reservorio de toda
riqueza viva.
Clave de sus enormes enigmas,
es la sal de sus venas
porque con ella preserva,
su eternidad.
El mar sabe que sus olas
cual sabio manto creador,
son las que estuvieron presentes
cuando todo comenzó.
La dulzura de sus hijos
los ríos que en él desaguan,
sucumbe ante su bravura,
se rinde a su majestad.
Océano saleroso,
lleva consigo respuestas
por contener espuma,
sal y arena puras
y sus aguas transparentes
como pruebas de verdad.
La sal de la vida
es la esencia del mar.


ANY CARMONA
* Del libro Neruda y yo 

Luna - lunera*

 














Quién puede convencer al mar
para que sea razonable?
Pablo Neruda


Es la Luna-lunera quien hace guiños al Mar.
La marea va subiendo mientras él sus penas llora.
La Luna cascabelera al océano enamora
y es ella la que imprime su pasión de pleamar.
Calma de la bahía surcada de gaviotas.
Golfo apacible, cuna de las ballenas.
O furia de tormentas y bravura en el peñasco,
contradicción y locura de incomparable vigor.
¿Podrá la Luna sensual cual cómplice compañera,
poner en razones al Mar?


ANY CARMONA
* Del libro Neruda y yo

El Principito por Antoine de Saint Exuperí - Capítulo II (Para niños y jóvenes desde 10 años)

Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días.



La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una balsa en medio del océano. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:

- ¡Por favor... píntame un cordero!
-¿Eh?
-¡Píntame un cordero!

Me puse en pie de un salto como herido por el rayo. Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un extraordinario muchachito que me miraba gravemente. Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos encantador que el modelo. Pero no es mía la culpa. Las personas mayores me desanimaron de mi carrera de pintor a la edad de seis años y no había aprendido a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.
Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de admiración. No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por fin, articular palabra, le dije:
- Pero… ¿qué haces tú por aquí?
Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy importante:
-¡Por favor… píntame un cordero!
Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo había estudiado especialmente geografía, historia, cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco malhumorado), que no sabía dibujar.
- No importa - me respondió-, píntame un cordero!
Como nunca había dibujado un cordero, rehice para él uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé estupefacto cuando oí decir al hombrecito:
- ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un cordero. Píntame un cordero. Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:
-¡No! Este está ya muy enfermo. Haz otro.
Volví a dibujar.
Mi amigo sonrió dulcemente, con indulgencia.
-¿Ves? Esto no es un cordero, es un carnero. Tiene cuernos…
Rehice nuevamente mi dibujo: fue rechazado igual que los anteriores.
-Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.
Falto ya de paciencia y deseoso de comenzar a desmontar el motor, garrapateé rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y le agregué:
-Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro. Con gran sorpresa mía el rostro de mi joven juez se iluminó:
-¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba para este cordero?
-¿Por qué?
-Porque en mi tierra es todo tan pequeño…
Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:
-¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido…
Y así fue como conocí al principito.

jueves, 10 de junio de 2010

Bruma e Irupe (4-10 años)


De tarde es y Verana, la potranca blanca está echada en la pradera, se echó a descansar después de haber dado un largo paseo con Joaquín, su amo y su novio Arete, el bello caballo negro.
Arete la contempla y Joaquín le soba su pancita para que haga su siesta. Ella se adormece y se queda dormida. Arete se le acerca, baja sus patas y le roza con el hocico para cantarle una canción de amor.
Verana sueña con unos potrillos, que la acompañarán en otros paseos por esa pradera verde y rica, que comerán juntos el heno y ella con Arete le enseñarán a jugar. Joaquín, su joven amo no se queda atrás les inventará cuentos para sus hijitos. Así Verana sueña y sueña. Luego de esos sueños adorables se despierta, estira sus patas, abre sus ojos, ve a su amo que la cuida y a su querido Arete.
Se levanta, Joaquín se sube en el lomo de Arete y con una soga jala a Verana. Los tres antes de irse a casa, primero van donde el buen doctor. Joaquín quiere una opinión sobre Verana, le preocupa que haya dormido tanto.
Ya están en el consultorio, el buen doctor revisa a Verana, le hace unos exámenes de sangre. Aparentemente todo está bien.
Se van a su casa, a la caballeriza. Al otro día el buen doctor visita a Joaquín y le da la noticia: - Verana espera a sus potrillos. Arete muestra una sonrisa parecida a la de Mister Ed, aquel caballo artista que actúo hace buen tiempo en una serie televisiva. Joaquín está contento, acaricia a la potranca. A Verana se le engríe con vitaminas, calor humano y equino. Joaquín y Arete, son dos seres unidos para su mayor cuidado.
Once meses después están con ellos: Bruma e Irupe, una potrilla y un potrillo, sanitos, la pradera brilla en nuevo firmamento, la caballeriza luce heno en cunitas.


Julia del Prado (Perú)
04 de mayo del 2010, Huacho

miércoles, 9 de junio de 2010

La paz de la paloma* (Para leer y comentar)

















Es paz la paz de la paloma?
Pablo Neruda


P or los que conservan la fe a pesar del frío, el hambre y abandono.

A hora es momento de elevar oraciones, derramar amor sobre su ser.

Z urcir la rotura del Mundo sanando con arte y esfuerzo, su dolor.

(Así es la paz de la paloma)


Any Carmona

*Del libro Neruda y yo

II: MILAGROS - 1842- 1853*

Esa mañana, Milagros se levantó pensando en el almuerzo, para ese medio-día, prepararía “puchero criollo”:
Milagros era la reina de la cocina. India colla mestiza, tenía la cara ovalada y ancha, los ojos rasgados y la piel como de porcelana, color tostado. Un poquito entrada en kilos, conservaba sin embargo, una hermosa figura con sus largos cabellos negros atados en dos trenzas sobre la espalda. Sabía que a la Señora Laurita le gustaba agasajar a sus invitados con platos diversos y que debía ir al mercado a conseguir todos los ingredientes que le faltaran. El zapallo debía ser bien dulce, del que, al comerlo, se deshace en la boca como una crema y de un color amarillo fuerte, casi anaranjado. El choclo blanco, de granos grandes, con la barba larga y la chala bien verde. Las papas y batatas, de las de buen tamaño y sin “ojitos”; las zanahorias grandes, casi de un color terracota. Y ni hablar de la carne, que debía ser de primera calidad comprada en lo del viejo Simón, especialista en salazón y embutidos.
Apenas salió el sol acomodó las brasas en la hornalla grande y puso sobre las mismas, las dos tortillas de grasa que comería con el mate cocido.
Ya estaba saliendo ese olor a masa ahumada y tostada tan característico de las mañanas, cuando apareció arrastrando los pies y medio despeinada, la negra María, recién levantada.
- ¿Hola Mila, cómo has dormido? – dijo refregándose los ojos.
- Muy bien… ¿y tú Marucha?
- Bien, aunque el Matienzo se ocupó casi toda la cama y me puso el hocico encima del pecho. Lo sacaba y se volvía a acomodar una y otra vez…¡El muy insoportable!
- ¿No me digas? Esta noche hay que atarlo afuera.
- ¡Pobrecito, ni se te ocurra! Yo ya me acostumbré a su calorcito…
Se sentaron al mesón franciscano que se hallaba en el centro de la cocina y Mila agregó dos tortillas más a cocer sobre el rescoldo.
- Está amaneciendo, hay que ir al mercado a comprar todo para el puchero.
- Sí, cierto y… ¿qué más vas a cocinar?
- Y bueno, sopa no ha de faltar y, de segundo plato, pollo que lo he de hacer al cognac. De postre, Ambrosía, que es el preferido de las chicas:
- Ve tú a buscar los huevos al gallinero y a elegir los pollitos, que yo veré si hay leche recién ordeñada en la vasija de barro del patio.
- Bueno, Mujer, ¡que ya voy!… ¡No me dejas ni terminar de tomar mi mate! – Dijo María sorbiendo el último trago de infusión caliente mientras se paraba para comenzar las tareas – También debo ver a Dominga para organizar a las otras muchachas que ya empiezan a salir…
- Bueno, ve pronto a ver si Coquita puso muchos huevos para nuestra Ambrosía. Ve, que ahí viene Domi y ya tiene el delantal lleno de verduras que ha traído del granero.
En medio de la casi noche que comenzaba a clarear, veían acercarse una silueta muy lentamente. Era la negra Dominga que venía de juntar bulbos y legumbres del galpón del fondo.
- ¡Buen día, Chicas! Traigo patatas y porotos pa’l puchero de hoy.
- Sí, yo voy por los huevos, siéntate tú a desayunar.
Comenzaron a llegar todos los sirvientes y empleados y se sentaron uno a uno, a la mesa. Algunas mujeres tomaron las riendas del asunto y sirvieron para todos.
Otro día comenzaba en la casona de la colina y Milagros debía hacer ese milagro cotidiano que significaba el laboratorio de la cocina, donde preparaba los manjares más exquisitos poniendo todo su arte y dedicación.
Sacaron el pan crujiente del horno antes de ir al mercado, donde compraron los insumos que no había en la despensa de la casa. Elaboraron la comida con gran eficiencia y luego se abocaron a la tarea de poner la mesa para la señora, sus hijas y sus invitados. Hoy venía el Padre Gabriel con el administrador del Colegio Santa María, donde concurrían las chicas, a comer con la familia.
"Todo salió a pedir de boca, mejor imposible, gracias a los buenos servicios de Dominga, María y los demás…No hay dudas, el pollo jamás falla, es algo que le gusta a todos y me hace quedar muy bien"  Se dijo Milagros en voz baja, a vez que llevaba los manteles al lavadero.
Luego le tocaba comer a ellos, los criados. Ya era hora…
Desde la otra punta de la mesa, Bernardo, el Mayordomo y empleado de mayor jerarquía de la casa, como jefe de todos, presidía el almuerzo. Milagros lo miraba en dirección recta para ver que no le faltara nada. Todos lo respetaban pero ella sentía algo más por él que sólo respeto y admiración. Se conocían desde hacía varios años, el tiempo que ella llevaba en la casa, y habían cultivado una verdadera amistad. La cocinera se preguntaba sobre qué debería hacer para lograr su atención y decidió cocinar al menos uno de los platos del día, a gusto exclusivo de él. Ya se las ingeniaría para convencer a la Sra. Laura que la dejara decidir libremente el menú…
Bernardo tenía puesto su mejor traje de color gris y lucía la camisa blanca que ella misma le bordara y le diera de regalo para su cumpleaños. De tez trigueña y ojos claros, su cabello negro le caía sobre la frente y sus patillas largas bien cuidadas le daban un aire señorial. "¡Qué buen mozo es!" Pensó Mila mientras lo seguía adorando con su mirada y su cuidadosa atención.
A los costados de Milagros se ubicaban Dominga y María y las demás empleadas. A los lados del mayordomo, los criados varones, de manera tal que la mesa quedaba perfectamente dividida entre hombres y mujeres que charlaban según sus intereses de género.
El almuerzo de la servidumbre se desarrollaba luego de que los dueños de la casa habían terminado, después de los postres y el café, como a las tres de la tarde. Milagros tocaba el gong y todos, sin excepción, acudían a la gran mesa de la cocina. Habían formado una familia y se querían como tal.

- ¿Quién quiere más puchero? Pasen la fuente y sírvanse. Bernardo, ¿te sirvo más sopa? – dijo Mila tratando de que no se le note la preocupación – No comes nada hombre, ¿te sientes mal?

- No es eso, es que hoy hay mucho trabajo. Debo hacer preparar el coche y los caballos para la tarde. Doña Laura viaja a Salta acompañando a su padre para ver cómo está el asunto de sus propiedades, ahora que el General Rosas ha caído. Van a ver a los Dres. Uriburu y Zuviría, para que vayan haciendo los trámites necesarios a la recuperación de los bienes confiscados. Es un viaje muy importante y no debo olvidarme de nada.
- Harás todo bien, como siempre, querido – acotó Milagros desde el extremo opuesto de la mesa.
- Seguro que ahora querrán volver a las Provincias Unidas del Sur. ¿Y qué será de nosotros? – Preguntó uno de los sirvientes.
- Nosotros podremos elegir. Los que quieran podrán viajar con ellos y los que no, pueden quedarse en Bolivia.
- Yo no puedo irme, tengo aquí a todos mis ancestros. Mi familia se ha criado en esta tierra y no la dejaré. – Aclaró María muy convencida.
- Vuelvo a repetir: cada cual hará lo que mejor le parezca. – Y así cerró la conversación sobre el tema, el Mayordomo Bernardo – ¿Quieren más pan? – Agregó pasando la panera.
Llegó el día esperado. Milagros se quedó mirando a través de la puerta de alambre del fondo cómo se iba el grupo de caballos y carruaje hacia el largo viaje en busca del destino cuidadosamente planeado: Sur de Bolivia y Norte de Argentina. Sentía que una nueva etapa se iniciaba y no sabía cómo tenía que elegir en esas circunstancias, quedarse con su pasado boliviano y sus recuerdos de La Paz o irse hacia el sur en compañía de sus amigos y de su gran amor…
Echó en la olla de agua hirviendo la vejiga de vaca rellena de yemas. Le encantaba ver cómo tomaba forma redonda mientras hervía e iba girando, surgiendo a la superficie y hundiéndose alternativamente. Parecía una especie de pelota amarilla, la yema de un gran huevo que provenía de algún pájaro gigante. El Huevo colosal, era realmente colosal cuando, al agregarle las claras, quedaba terminado en dos colores: blanco y amarillo como cualquier huevo duro.
Milagros podía sentir el ruido crujiente de las frescas hojas de lechuga bajo el filo de su cuchillo. Una vez que cortó suficientes, las puso en una fuente de plata formando un colchón verde y encima, el gran huevo duro. El olor picante del vinagre y las especias, subía por su nariz y le hacía mover los jugos gástricos en el estómago.
De pronto, recordó que ya era entrada la mañana y se le hacía tarde.
- Alcánzame la carne de tortuga que está en adobo sobre la repisa - Le dijo a Marta, su ayudante. Y luego recordó que ella estaba preparando el postre - No, deja, yo voy, sigue tú con esas natitas.
- Sí, ya están casi listas, sólo me falta ponerlas al horno – Contestó la india Martita, relamiéndose los dedos – Tengo que bañar esto bien con crema, con mucho azuquitar y mucha canela. Mmmmmmmm ¡Qué rico va a quedar!
Milagros se apresuró a traer el bol con las lonjas de tortuga que tenía que preparar. Este plato lo acompañaría con puré de papas y estaba segura de que le encantaría a Bernardo, quien ya estaba mandándole recados a cada rato, con el chico de la lavandería. El flacuchento mulato se encontraba parado frente a ella esperando una respuesta.
- En media hora más estará todo listo, puedes decirle a Berni que ya puede ir haciendo poner la mesa y avisar a la Señora para que se apronten a venir al comedor.
- Muy bien, Doña Milagritos, le avisaré…y también a todos los demás…
- Bien, vete que tengo que ir por la salsa y el jugo ya listos - Contestó la apurada cocinera mientras pensaba en lo difícil que le resultaba conformar a todos.
El joven salió apresuradamente a poner a todos los empleados en conocimiento de que estaba listo el almuerzo.
Doña Laura se sentó a la mesa primero que sus hijas, a esperar a los invitados. Estaba muy hambrienta y mandó llamar a la cocinera.
- Mila, ¿es verdad que me preparaste carne de tortuga a la turca? ¿Es verdad que eres un ángel? ¿Y de postre natitas, como me las hacía mi madre?
- Si, Doña Laurita y de entrada el Huevo Colosal ("como le gusta a mi Berni", pensó). ¿Está contenta?
- Claro que sí Milagros, eres un amor. Pero, apúrate que estoy muerta de hambre.
Pronto llegaron los invitados y vinieron a la mesa sus dos hijas y la nodriza con el bebé Josecito en brazos.
- Me sentaré aquí a darle el pecho – Dijo la nana, sentándose en un sillón del rincón del comedor.
- No, ven a la mesa que quiero ver a mi Jo, ¡Gordito, chanchito y glotón! – Acotó la señora mientras apretaba el cachete de su hijo.
Cuando le llegó el turno a la servidumbre, hubo aplausos de alegría. Todos estaban encantados con el menú, especialmente Bernardo que sentía ser el preferido de Milagros. Debía convencerla de irse con él a Buenos Aires, ahora que toda la familia se trasladaría… Sí, definitivamente, quería a esa mujer cerca suyo. No podría sobrevivir lejos de sus delicadas manos, su exquisita comida y sus cuidados… Definitivamente, debía convencerla – pensó Bernardo mirando a Milagros por la ventana de la cocina mientras trabajaba, muy apurada.
- ¿Qué haces ahí, Berni? ¡Te ves muy gracioso detrás del cristal!
- Nada, te miro y pienso que quiero decirte algo.
- ¿Si? ¿Qué?
- Nada, luego te lo diré…Ja, ja, ja…Estás hermosa con esa blusa colorada y ese chal celeste, que resaltan tus ojos rasgados y tus dientes blancos.
- ¡Oh, deja ya de ser zalamero! Ven a sentarte que ya está el almuerzo listo.
Y cuando el viejo Berni pasó del otro lado de la puerta, se paró frente a todos y tomándole una mano a Milagros, le dijo en voz alta:
- Sé mi esposa, Mila, casémonos cuanto antes y vámonos juntos a la Argentina con la Señora Laura y sus padres. Fijemos fecha de casorio cuanto antes…¿Qué dices?
La cocinera de la casona de la colina se sintió de pronto muy acongojada, emocionada, apabullada, no sabía qué decir. Se lo había pedido delante de todos y sin previo aviso. No le salían las palabras.
- Vamos Mila, contéstale ya – dijo Dominga, impaciente.
- ¡Sí, contesta! – dijeron todos a coro
Milagros se alisó el delantal, se acomodó el pelo y lo miró fijamente.



















- Sí, mi querido y adorado Bernardo. ¡Sí quiero casarme contigo!... ¡E irnos juntos al fin del mundo! – Y tomó el enorme ramo de flores que él le ofrecía.

(CONTINÚA EN "ENTRADAS ANTIGUAS")

viernes, 4 de junio de 2010

Peces de colores (Dedicado a Caty Zentner)

En el mar de los sueños
hay peces de todos colores.
Los hay azules como tus ojos.
Verdes como los paisajes
que anhelamos capturar.
Amarillos que pintan las tibias arenas
sobre nuestros cuerpos.
Blancos como esa pureza
escapada de los cuentos.
Rosados como las notas
que dan música a mi mente
y finalmente rojos,
al igual que los corazones
latiendo en el presente.
En este presente tangible
porque es la única realidad.
¡Bravo!
Hay risueños pececitos de colores
en este tiempo de esperanza.


ANY CARMONA

Recomendamos a los niños esta página: