El libro es nuestro amigo

El libro es nuestro amigo
El libro es nuestro amigo. Cuando un niño o un adolescente leen tiene la posibilidad de asomarse a mundos inusitados

El valor de las letras

Cuando un niño o un adolescente lee, vuela con su imaginación al infinito. Las letras nos hacen cabalgar sobre mundos extraordinarios, ser princesas entre castillos de ensueño, héroes salvadores de la humanidad o alegres saltamontes rodeados de mariposas y ráfagas de brisas primaverales. Podemos elevarnos con la quilla de algún barco pirata, saltar de una nave hacia el espacio sideral o cruzar la puerta de la realidad hacia sitios fantásticos. La literatura es magia para nuestra primera infancia tanto como aventura en la adolescencia o pasión en la juventud. Los cuentos, poemas y relatos son las alas del alma.

¡Como Alicia en el País de las Maravillas...pasemos juntos del otro lado!


Any Carmona

domingo, 30 de mayo de 2010

La bicicleta abandonada* (6- 10 años)


Cómo logró su libertad
la bicicleta abandonada?
Pablo Neruda

El niño dio la vuelta a la esquina y allí la vio. Estaba apoyada contra la pared de madera del almacén de Don Eusebio. Miró para todos lados y no pudo divisar a nadie, evidentemente estaba abandonada. Era una bicicleta hermosa. El cuadro estaba pintado de amarillo, las ruedas eran finas, como correspondía a una bicicleta de carreras y las llantas de aluminio por ser un material liviano y así tener más agilidad para correr. El manubrio era también de aluminio pero pintado de negro y tenía un asiento bien mullido de cuero. Marquitos se acercó y pudo advertir que también tenía luces adelante y atrás y lo más llamativo: contaba con un timbre para tocar cada vez que hiciera falta cuando transitaba por la calle. Lentamente y temiendo que en cualquier momento apareciera alguien que se presentara como dueño, la separó de la pared y con gran duda, la montó. ¡Era como un avión!... ¿De quién sería esa bici? Vio a un señor que venía caminando y le preguntó si sabía algo. Luego también indagó a unos chicos que pasaban. Nadie había visto jamás esa máquina, parecía no tener dueño…
De pronto a Marcos le sobrevino la idea de escaparse a gran velocidad para no ser visto. Corrió por la pendiente que daba al camino bordeando el río y logró desaparecer de los ojos de todos.
El almacenero salió a mirar si la bicicleta que le habían encomendado se encontraba en su lugar. Cuan grande fue su sorpresa al ver que no estaba.
- ¡La bicicleta!...¡La bicicleta! – gritó Don Eusebio – ¡La bici de carrera que me dejó el corredor que venía participando del Rally… el que hoy se desarrolla aquí... en Capilla del Monte…y que se había desviado porque estaba mareado…¡La bicicleta!...¡La bicicleta!...¿Ahora que voy a hacer? – El viejo se agarraba la cabeza mientras corría calle abajo.
Mientras tanto el muchachito pedaleaba por la ruta camino a su barrio pensando en qué le diría a sus padres sobre la bici nueva. El la había encontrado…miró para todos lados y no había nadie, preguntó y nadie sabía nada, por lo tanto estaba abandonada…¿Qué iba a hacer más que rescatarla?...Ahora le pertenecía…
En la salita del pequeño hospital del pueblo el gran ciclista italiano Andrea Basso que había llegado a Capilla del Monte para participar del 1er Rally Cross Uniendo los Cerros, caía redondo al suelo preso de un accidente cerebrovascular. Lo llevaron de inmediato a terapia intensiva pero fue inútil, falleció sin poder hacerse nada por él. Había entrenado demasiado los últimos días, dijeron sus colegas luego de la carrera. Su bicicleta amarilla nueva había quedado casi destrozada por tanta exigencia…Y ese había sido el triste final.
En la cima de la sierra, Marcos respiraba un aire puro de libertad montado en su gran bicicleta de carrera. Se sentía como nunca antes: un verdadero campeón. Mientras acariciaba a su bici, le decía: - ¿Quién sería tu dueño, quién te dejaría sola en ese lugar?...¿Habré hecho bien en traerte conmigo a casa?...¡Ojalá pudieras hablar!

ANY CARMONA
*Del libro Neruda y yo

viernes, 28 de mayo de 2010

Peter Pan - Cuento clásico de James Matthew Barrie (3 - 8 años)

Wendy, Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres. Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración por Peter Pan. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter.
Una noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la habitación.

Era Campanilla, el hada que acompaña siempre a Peter Pan, y el mismísimo Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País de Nunca Jamás, donde vivían los Niños Perdidos...
- Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico para que podáis volar.
Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló:
- Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac!
Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó del golpe.
Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está de sus hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John.
Para que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle, contando para ello con la ayuda de Campanilla, quien deseaba vengarse del cariño que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno.
Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla, arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó.
Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz:
- ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo!
Era Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un tic-tac muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El cocodrilo estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar. Es muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar, podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente, perseguido por el infatigable cocodrilo.
El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las risas de Peter Pan y de los demás niños.
Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para que se quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa.
- ¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños.
- ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos.
- ¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo adiós.

FIN

jueves, 27 de mayo de 2010

POTRI Y TOFI por Any Carmona - Cap V: El Gran Concurso (4- 8 años)

Llegó el día del gran concurso. Potri estaba muy nervioso y no paraba de dar vueltas por el potrero.
- Cálmate, hijo que me vas a marear.
- Es que tengo que entrenar, Ma, debo estar bien caliente y con las patas flexibles para poder saltar.
- Bueno pero ¡basta ya!... te agotarás – Le dijo su mamá Melena al caballito.
Enseguida su amito Tofi los llamó para tomar el desayuno que por ser el día de la competencia estaba reforzado con avena y miel y en vez de agua, leche de la vaca Verónica que los miraba desde el corral.
- ¡Pronto que se hace tarde! – Mugió Verónica

- ¡Pronto que ya estamos en horario! - Gritó el padre de Tofi.
Y todos subieron al camión colorado para asistir al más importante suceso en la vida de Potri: el IV Concurso Provincial de Salto Equino, que se realizaba todos los años en Lago Puelo.
El vehículo arrancó cuesta abajo al son de la radio local que iba anunciando la llegada de todos los competidores. Ellos estaban en horario así que respiraron profundo y se concentraron en hacer las cosas bien. Atrás, en la caja del camión, Melena, la yegua blanca, alentaba a su hijo para que se serenara y le aseguraba que “lo importante es competir” y que todas las experiencias son para aprender cosas nuevas.
- Potri, mi amor, estás bien preparado para este concurso, haz lo mejor que puedas, dando todo de ti mismo. Si ganas mejor y si pierdes, no importa porque lo importante es haber venido a saltar. Aprende de todo lo que vivirás hoy para, la próxima vez, hacerlo mucho mejor.
- Sí Mamá, estoy muy seguro porque he entrenado bien y quiero ganar pero como hay muchos que son buenos, la cosa estará difícil. Por eso me lo tomaré con calma.
- Muy bien hijito…¡Suerte! – Le dijo su mamá a Potri dándole una gran lamida en la cara.
- ¡Ufa!, que me mojas todo…ya está…ya está bien -. Se quejó el potrillo ante las caricias de su madre.

- ¡Ya llegamos!...¡A bajar y a competir! – Dijo Melena que dio un empujoncito a Potri para que se enfile con los demás caballos.
Potri sorteó los obstáculos con destreza y agilidad y pudo lograr muy buen puntaje. Al cabo de una hora de pruebas se pudo comprobar que solo quedaron dos finalistas: el potrillo bayo llamado Potri y la yegüita baya llamada Pili…”¡Qué mala suerte, justo con Pili!” pensó Potri y se aprestó para lo peor.
Saltó y saltó hasta desfallecer, tratando de no mirar ni una vez a su enamorada pero cuando dieron por el altavoz los puntajes casi cae al piso del asombro:
- Atención, el equino ganador del IV Concurso de Salto Equino de Lago Puelo es…es…es – Potri no podía respirar de la emoción y casi no veía por las gotas de traspiración que caían sobre sus ojos…Es: ¡PILI!!...La hermosa yegüita baya cuyo dueño es María Rosa Langer de Villa Esmeralda – Gritó el altavoz.
- ¡Bien, bien, bien! - Saltó Potri de alegría abalanzándose sobre su amiga para felicitarla.
Pili caminaba junto a su amita que la llevaba de la rienda en círculo por el predio del concurso, saludando y recibiendo flores que caían sobre ellas en son de festejo y agasajo por parte de toda la comunidad. Luego la niña jinete ganadora, o sea la dueña de Pili,  recibió el premio muy contenta, ante la multitud.
- Mi nombre es Tofi – Saludó a María Rosa extendiendo su mano derecha.
- Hola, mucho gusto – Dijo la niña dándole un apretón de manos - Yo soy María Rosa.
Rubia de ojos grises y cabellos color caramelo, era la nena más hermosa que Tofi había visto.
- Te felicito a ti y a tu yegua, se merece haber ganado porque mi potrillo perdió altura en el último salto - Dijo Tofi.
- No digas eso, creo que fue porque él se distrajo mirando a Pili…Eso lo hizo trastabillar…Los dos merecían ganar. De hecho él sacó un brillante segundo lugar.
- Está bien, no hay problema. Lo importante es competir y…aprender cada día un poco más… Hoy aprendimos que hay que tener mayor concentración...¿no crees Potri?- Dijo Tofi.
- Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!! - Contestó Potri en un relincho.
- Bueno me tengo que ir…Hasta pronto, adiós Potri, Tofi…nos vemos - Dijo María Rosa mirando a su yegüita Pili, tirando de la rienda.
- Nos vemos – Y todos se despidieron hasta otro día.
¡Qué hermosos momentos vivieron en ese día del Gran Concurso de Salto Equino!...Jamás lo olvidarían.


ANY CARMONA

La Linda



Salta, Linda la llaman
porque cuida su apariencia,
de todo el mundo llegan,
sus visitantes para verla.
Parajes maravillosos,
espacios multicolores,
provincia de la industria
sin chimeneas.


Salta, tierra de labriegos.
Sus verdes montañas imponen
su carácter de piedra y verso.
Guitarras cantarinas
que ensamblan tradiciones.
Poesía y sol,
en sus venas.


Salta, lugar de contradicciones.
Historia de dominación y diferencias.
Aún en su seno guarda
un paisaje de pobreza.
Niños que trabajan.
Hombres que solo tienen por techo,
las estrellas.
Y sus hombres originarios
que los mercados, pueblan.


Salta, tierra inolvidable,
al abordar su suelo,
una lágrima te besa.


ANY CARMONA

Musiqueando














Sigue la música
y sigue el baile.
Chinitas danzan
al son de las guitarras.
Clarinetes cantan
y guían los aplausos.
Se enroscan tónicos ensambles.
Vienen acordes
y se van silencios.
Una tras otra,
se despiden las tonadas.
Dúos en flor,
mieles y zambas.
No se van, permanecen
cual misteriosos dones,
que cada tanto...
nos abarcan.


ANY CARMONA

Rosario


Triángulo de cielo entre los cerros.
Cuna del arroyo susurrante
cual cinta plateada coronando
mi regalo de luna y miel.


Rosario de las termas y fronteras
de ondulantes y verdes lomadas,
con el viento cantando en el estanque,
atesoro tus aguas minerales.


Mañanas de aires puros y simplezas,
sanadores soles en tus tardes,
noches de silencios misteriosos,
tiempo de fe en el amor.


ANY CARMONA

Salta invernal
















Llegó el invierno a Salta.
Los blancos cerros se elevan
sobre un brumoso colchón de niebla y nubes.
Como custodios del alma humana
que se debate ante la crisis
económica, existencial,
por enésima vez.


Las calles mojadas serpentean
entre los pequeños refugios humeantes.
Una mujer enciende la ilusión,
al comenzar el día,
por enésima vez.


El infinito natural nos envuelve
en su continuo devenir,
antiguamente escondido
entre las manos que emergen
como montañas de fuerza avasallante.


ANY CARMONA

Cerro San Bernardo

Jardín inagotable
de sensuales experiencias
y lánguidas siestas
arrulladas por las aguas.
Cascadas de hilos plateados
cayendo desde el borde de la piedra
hasta el canto espumoso de la roca
que lame tus laderas.
Te eriges en espalda y cabecera
a la vera de la ciudad
que se rinde a tus pies.
Siempre estás allí para invitarnos,
cerro de los colores,
de las trémulas mariposas blancas,
de los árboles del pan y de las sombras.
El ascenso de tus senderos
promete en sus oraciones,
toda la mística para seguir soñando.
Cerro mágico,
de la flor del ceibo y del lapacho,
de los enamorados,
de los pájaros trinantes y las postales …
Te ofreces cual amigo y consejero
abriendo tus múltiples caminos
con el callado abrazo de la tierra.


ANY CARMONA

miércoles, 26 de mayo de 2010

III: DOMINGA - 1842- 1870

Dominga estaba muy cansada ese día por las idas y venidas al arroyo. Había bajado y subido un sinnúmero de veces la escalera que conectaba los fondos de la casa con la barranca que daba a la vertiente. Una vez llenados los cántaros con agua fresca y clara debía subirlos y surtir todas las jarras y jarrones que estaban dispersos por la vivienda. El pozo del aljibe se encontraba medio seco, así es que había que recurrir al arroyo para contar con el agua necesaria.
- Gracia’Dió que tenemos agüita para refrescarnos y podré hacer preparar las rosquillas que le gustan a mi Niña Laura – dijo la mulata, feliz, a pesar del sofocón.
- Sí, la Señora Laurita ya pidió el mate bajo el parral…que viene su mamá a conversar con ella – aclaró María, su amiga y ayudante principal en las tareas del hogar.
- Pero queda poca yerba mate y en el almacén del centro tampoco se consigue. ¡Hay que esperar el lote que viene del Paraguay! – aclaró Dominga, muy entendida sobre el tema.
- ¡Pero para una mateada alcanza, mi’ja! Voy a ver si queda un poco en la alacena…
Se llevaban muy bien ambas mujeres. Dominga era la empleada de mayor confianza de la casa, hija de una esclava nacida en Salta en la época de la “Ley de libertad de vientres”, promulgada en la Argentina por la Asamblea del Año 1813, en que se libertó a todos los hijos de esclavos, nacidos a partir de ese momento. Así fue que al nacer, Dominga ya era libre y se crió junto con la Niña Laurita, a quien sirvió desde siempre.
María, en cambio, era esclava mulata nacida en el Alto Perú y de familia antigua de mineros, servidores desde la época del Virreinato.
- Tú eres libre Domi… ¡cómo quisiera yo que me liberaran! Dime: ¿dónde guardas los suelditos que te da la Ama Laurita? Vamos, dime…¿qué vas a comprarte con todo ese dinero?
- No voy a comprarme nada, lo guardo para cuando volvamos a nuestro país, donde me haré hacer una casita. Aquí en Bolivia no me hace falta pero en Argentina planeo ser muy libre y dedicarme a la costura.
- Talento tienes, Niña, eres un ángel con las manos, sobre todo cuando de bordar se trata.
- No exageres, María, solo me desempeño bastante bien. Aunque…los vestidos de Doña Laurita me han quedado hermosos. ¿No crees? – aclaró la modesta Dominga mientras se sonrojaba por el elogio de su amiga – Y de tu libertad ni hables que ya sabes que cuando regresemos, todos los sirvientes de esta casa quedarán inmediatamente en libertad, ya lo dijo mi señora.
Dominga y María dirigían a todas las demás sirvientas, ambas dependían de Bernardo, el mayordomo, quien también dirigía al cochero, al jardinero y encargados de la caballeriza. En total, junto con la cocinera y la niñera y nodriza de los chicos, que se entendían directamente con Doña Laura, conformaban un total de doce empleados, de los cuales solo Bernardo y Dominga eran argentinos.
Desde el segundo patio hacia atrás, eran los dominios de los criados. En ese ambiente se desarrollaba una ferviente vida muy diferente del resto de la casa.
Dominga y la cocinera Milagros, planeaban todos los días qué se cocinaría (consensuando siempre con Doña Laura), como así también preparaban los manjares para las reuniones literarias que se realizaban de tarde en tarde en la casona. Además cuidaban de la Señora Laurita que era muy joven, y de sus dos hijas Miguela y Merceditas, de cuatro y dos años. El Señor de la casa y esposo de Laura casi nunca estaba sino que, siendo militar y político, el Estado le asignaba diversos destinos por lo que debía ausentarse por largos períodos.
Ese año 1842, habían llegado noticias de las Provincias Unidas y no eran muy alentadoras ya que la Mazorca, órgano militar del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, realizaba muchos actos de terror e intimidación a los adversarios políticos. Había censura y los pocos libros que entraban, lo hacían en forma clandestina.
- ¿Cuándo podremos volver, Dio’Mío, cuándo? – se lamentaba Dominga mientras rezaba ante el altarcito doméstico que tenían en la galería. Y luego se aprestaba para salir y organizar las tareas del día.
- Vamo’al mercado Mila. Quiero que prepares rosquitas con azúcar y alfajorcitos de fécula de maíz que hoy esperamos a la Señora Azucena. Vamos las tres con María que mientras ustedes compran yo quiero ver a mi Raulito... ¡Hay Dio’Santo… que hace ya mucho que no se nada de él! – dijo Dominga llevándose una mano a la boca.
- ¡Claro, mientras tú te haces la romántica nosotras tenemos que hacer solas todas las compras! ¿Verdá’que sólo quieres hacerte la linda? – María la pellizcó en el vientre a la vez que le levantaba el delantal y corría adelante para que Domi no la alcanzara, riendo a carcajadas.
Raúl Romero era el ayudante del herrero. Un joven bajo, moreno y de rasgos fuertes. Mestizo, hijo de madre india y padre criollo, era el ser más bueno y tierno que Dominga había conocido. Cada vez que ella iba al mercado, pasaba por la herrería y él la piropeaba al verla pasar – ¡Adiós mi negra! ¡Qué hermosa que está esta mañana! – le decía con total desenfreno. Tanto que al poco tiempo la mulata comenzó a hacer un alto en el camino hacia el mercado, justo al frente de la herrería. Pero esa tarde no estaba en la puerta esperándola. Domi se preocupó pero no se animó a entrar ni a preguntar nada sobre él, simplemente pasó de largo a paso rápido.
- ¿Qué le habrá pasado, estará enfermo? – le había dicho a sus amigas ni bien pudieron hablar sobre el tema .
No sabían de las levas que el ejército hacía, obligando a enrolarse a los hombres jóvenes que encontraba por ahí, sobre todo a negros, indios y mulatos. Se lo habían llevado casi sin preguntar y sin dejarle lugar a despedirse de nadie.
Dominga se sintió muy triste y sin aliento. Sabía que ser negro o indio no era muy fácil en esa época. Eran los que más sufrían y a quienes nadie preguntaba nada, ponían sus fuertes brazos para todo y nadie les agradecía…
Llegó Doña Azucena, madre de la Señora Laura a tomar el mate. Se sentaron enfrentadas en la galería, en medio de los enormes macetones de barro llenos con infinidad de azaleas de todos colores. Las paredes adornadas con enredaderas también servían de marco a las dos damas, que charlaban al amparo de la fresca sombra del parral.
Dominga, María y otras criadas escuchaban tras las puertas del recibidor. Sin hacer ruido, estaban atentas a toda la conversación.
- Escuchen, que parece que el Señor Miguel ya no vendrá más a vivir a esta casa. Seguro que el muy sinvergüenza tiene otra mujer…seguro que de eso se trata. ¡Shhhh! No hagan ruido, que no nos vean.
- Es verdad, parece que Laurita está muy decidida a quedarse sola y dedicarse solo a escribir y publicar todo lo que escribe…¡Es tan valiente mi niña! – exclamó Dominga – ¡Y su madre que no la entiende! Sólo Domi sabe lo que le pasa realmente a ella…¡Vamos muchachas que hay trabajo en la cocina! –
El grupo se retiró a seguir con los preparativos de la cena y Dominga se mostró muy preocupada desde entonces.
Un día, al pasar por la herrería se animó y le preguntó al dueño qué pasaba con Raúl y así se enteró de su destino en el ejército de Bolivia.
- Tal vez pasen por acá hacia fines de mes. Yo te aviso si quieres, en cuanto sepa algo de él. – Le prometió el hombre.
- Claro que quiero. Avíseme de inmediato por favor. ¡Gracias buen hombre, muchas gracias!
Corrió Dominga con desesperación hacia la casona de los Figueroa, llorando, sin poder contenerse. Pasó rápidamente por el puentecito que pasaba sobre el arroyo y no pudo ver una alforja que yacía entre las piedras. La misma, seguramente, había caído de algún caballo o carruaje y contenía papeles que por obra del destino, no se estaban mojando aún con el agua del caudaloso riacho.
Hacía justo tres días habían pasado las tropas del Ejército regular de Bolivia llevando consigo a jóvenes que partían con la ilusión de ayudar a su país. Raúl Romero tenía una alforja de cuero que su patrón le había regalado y en ella llevaba cartas para su amada Dominga. Como no podía llegar a dárselas ni a despedirse de ella, se le ocurrió dejar la alforja entre las piedras con la esperanza de que ella misma o alguna de sus compañeras, la encontraran al bajar a lavar la ropa.
- Te das cuenta María, ese amor que me juraba y todas las promesas realizadas, todo era mentira… Me hice ilusiones vanas, construí castillos en el aire, creí estúpidamente todo lo que me dijo…¡Cómo pude se’tan tonta! – exclamaba Domi al tiempo que enjugaba las lágrimas en un primoroso pañuelito bordado.
- Pero no Negrita, algo le habrá pasado, ya verás que pronto tendrás noticias de él – La consolaba su amiga.
- Si hubiera pensado por un instante en mí, podría haberme dejado al menos una nota con su patrón. ¡No, no quiso hacerlo, no le importo, no me quiere!

Pasaron los días entre reuniones y trabajo doméstico. La casona siempre estaba de fiesta ahora que la señora se había quedado sola y Dominga debía estar presente para ayudarla y cuidarla. Se tenían mucho cariño y eran grandes amigas.
Pero enseguida Dominga notó que Laura sabía de su gran pena (indudablemente conocía muy bien a su criada), por lo que decidió confesarle su problema.
- Lala estoy muy triste, quiero a mi Raulito y él… ¡se ha ido! Se fue sin decirme nada, sin despedirse…¿Qué debo hacer?
- Nada, Domi, debes esperar a que vuelva, seguro que pronto tendrás alguna noticia, ya verás…
- No puedo, debo buscarlo, debo ir tras él. Se fue con el ejército y junto a este van decenas de carretas con gente que los sigue. Van muchas mujeres que asisten a las tropas, casi todas negras o mulatas. Puedo unirme a ellas…
- ¿Cómo se te ocurre? ¿Me dejarás Domi? ¿Cómo podré arreglármelas sin ti? Se lo prometiste a tu madre y a la mía también, que estarías siempre a mi lado - Laura le tomó las manos y le acarició la cabeza – Vamos querida, ya verás que todo mejorará pronto – Y se la llevó suavemente hacia la puerta de salida del cuarto – Ahora ve a prepararme el agua caliente que quiero darme un baño en la bañera, vamos, ve que me duele la cabeza y necesito un buen baño.
Domi quería mucho a la Señora Laurita pero veía que era muy egoísta, que en realidad no le importaba mucho lo que le estaba sucediendo, su tristeza y sentimientos de abandono. A la Niña Lala siempre le había importado primero su persona, sus aspiraciones, su felicidad personal, sus escritos… y muy poco de lo que la negra Dominga sentía…¡Qué desdichada era! Se sentía muy sola, solo Raúl le quedaba y debía encontrarlo lo antes posible.
Enfrascada en estos pensamientos fue sorprendida por Bernardo, el mayordomo, quien siempre controlaba lo que sucedía en la residencia.
- ¿Qué haces aquí parada en medio del pasillo? ¿No tienes trabajo que hacer?
- Sí, voy a preparar el baño para mi señora, voy de nuevo al arroyo. Ya fui veinte veces el día de hoy.
- Bueno, muévete, holgazana, que así no salen bien las cosas – Le dijo su jefe mientras la empujaba con firmeza hacia la escalera.
Y fue cuando Dominga bajó ese día al río, que vio a lo lejos un paquete marrón que brillaba al sol, entre las rocas.
- Pero si es una alforja de cuero y si no me equivoco, creo conocerla, es de Raúl…¡Oh!, Dio’mío, ¿puede ser algo así? …y son cartas… ¡cartas para mí! – susurró Dominga mientras abría el morral y sacaba las cartas escritas con pluma y tinta china de la misma mano de Raúl Romero.
Se tropezó camino a la casa varias veces, la alegría no le dejaba caminar con destreza y apoyar bien los pies. Sólo se le ocurría reír y gritar a la vez que subía las escaleras.
- ¡Lala, María, Mila, Bernardo!, miren lo que encontré. Miren, son cartas de él, de mi amor, no se olvidó de mí, me dejó esto en el arroyo – exclamó muchas veces danzando por la galería.
Llegó el invierno, los cerros que rodean la ciudad de La Paz, se mostraban sumergidos en niebla rosada y las altas cumbres llenas de nieve se veían imponentes ante la fragilidad humana. Dominga se paró frente a la ventana absorbiendo el frío aire matinal. Por la calle de tierra venía caminando una persona que se paró en el puente y miró las piedras en el río, por un largo rato. Luego siguió su camino, acercándose cada vez más a la casa.
Dominga entrecerró los ojos para ver si era alguien conocido y… sí, era él, Raúl que venía a buscarla. Se largó carrera abajo hacia sus brazos y fue cálidamente recibida entre sonoras carcajadas. A partir de entonces, nunca más supo lo que era estar sola.
Decidió fugarse esa misma noche. Sabía muy bien que la Señora no la entendería porque ya había intentado explicarle lo que sentía y siempre se había enojado ante la posibilidad de que se fuera de la casa. Decidieron escaparse juntos y arreglárselas como pudieran. Ella era una mujer libre así es que no estaba obligada a quedarse.
Acomodó su ropa en un atado, muy bien envuelta en una pañoleta tejida color gris. Las lágrimas le corrían por las mejillas, eran un silencioso torrente de lágrimas que caían sin parar por su cara y bañaban todo su pecho. Al girar la cabeza hacia el costado vio la cara de Raúl detrás del vidrio. Con una amplia sonrisa, la esperaba pacientemente. Eso le dio fuerzas.
- Adió’Matienzo, me voy para siempre, adió’pequeño – Dijo acariciando al perro que la miraba tiernamente como sabiendo lo que sucedía - Adió’María…amiga, pronto tendrás noticias mías – Continuó diciendo mientras seguía llorando.
- Sal pronto, vete ya, antes de que alguien más te vea. Se feliz, Niña que te lo mereces – Le contestó María.
Dicho esto, se despidieron las mujeres con un amplio abrazo lleno de pequeñas caricias en las respectivas espaldas.
Dominga salió a la negra oscuridad, corriendo hasta encontrar a su amado que la tomó de la mano y emprendió la carrera junto a ella. Llegaron a la ciudad muy sofocados, jadeando por la corrida.
- ¿Qué haremos ahora?
- Le hablé a Don Eusebio, nos dejará dormir juntos en mi cuarto de la herrería. Es muy bueno el gigantón…me aprecia mucho y dice que nos amparará hasta que decidamos qué hacer. ¡Te amo, mi Negrita y solo deseo hacerte feliz! – Raúl se frenó para estamparle a Dominga un beso en la boca.
- ¡Espera, Raúl que estoy muy asustada! Temo que Laurita me haga buscar, que se enoje mucho y no me perdone.
- Si te quiere realmente como dices, que son como hermanas, te perdonará…Calma que ya se arreglarán las cosas.
El siempre la tranquilizaba, tenía el don de la serenidad. Pertenecía a una cultura de silencio, era indio colla por parte de madre y estaba acostumbrado a callar y a saber esperar. Dominga aprendió a no temer, a sentirse segura y a saber dosificar su fortaleza según los acontecimientos lo requerían.
Se instalaron en la habitación contigua al taller de fundición. Al principio sintió vergüenza, pero luego se acostumbró. Cuando por fin estuvieron solos en la habitación, se pararon uno frente al otro, iluminados apenas por la luz de una vela. El la miraba fijamente y ella bajó la mirada al darse cuenta de que sus manos aferraban las suyas fuertemente y su cuerpo irradiaba gran calor.
- No tengas miedo, seré muy suave contigo. Déjame amarte ahora y siempre.
- Por favor, hazlo rápido que yo tengo los ojos cerrados.
- Nada de rápido, esto debe hacerse despacito y con gran disfrute.
Comenzó a besarla con infinidad de pequeños besos por todo el cuello, los hombros, el pecho, deteniéndose en sus pezones. Bajó hacia su vientre a la vez que le bajaba el vestido y los calzones.
- No temas, esto te va a gustar mucho, no temas mi Negra, que yo te amo.
Fue su primera relación, su primera vez y no fue como Dominga la había imaginado. Raúl había sido muy delicado durante el desarrollo del acto sexual y ella había sentido encenderse su cuerpo de una manera inusitada, una fiera apasionada la habitaba y no lo sabía…De pronto quería hacerlo muy feliz. Estuvieron amándose por horas, fue una noche inolvidable.
Pasó casi un mes hasta que Doña Laurita la fue a buscar a la herrería. Ni bien se enteró de que estaba alojada en el cuarto de Raúl, su reacción fue de ira primero pero de compasión después. La Señora prometió una y mil cosas a Domi si volvía con ella y todo se hacía como debía ser. El debía venir a pedir su mano a la casona, cuando estuviera el amo en casa y luego de cumplida esta formalidad, había que fijar fecha para el casamiento que se haría discretamente. Todos quedarían contentos y el honor de Dominga resguardado. Además contaría con una importante dote que la familia estaba dispuesta a darle…No había mucho que pensar. Dominga reinició su trabajo en la residencia pero le costó mucho decidirse a volver, justo antes de que viniera el patrón, a quien no le habían dicho nada de lo sucedido. Finalmente, luego de un mes de ir y venir de la colina a su nido de amor en la herrería, se decidió y regresó, atado en mano y cabeza gacha.
- ¡Hola Domi, bienvenida al hogar! – Dijeron sus amigas del alma María y Milagros - ¡Qué bien haces Niña en hacer las cosas como Dios manda!
- Como Dios manda, como Dios manda…¡Pero si ya estuve escapada y conviviendo!
- Pero Diosito todo lo entiende, claro que te perdona…¡Tenlo por seguro!
Se casaron en la capilla de las Hijas del Corazón de María. Dominga se hizo a toda velocidad un hermoso vestido de novia color celeste cielo. De ninguna manera aceptó casarse de blanco. Estaba radiante con el cabello muy sostenido en multitud de trencitas entrelazadas con florcitas celestes. Un tul caía sobre su cara y un ramo de pequeñas rosas blancas coronaba sus manos. Era la negra más linda del Alto Perú, le había dicho su novio. Pero ella no hacía más que llorar, miraba a su Señora Laurita por encima de todos y juntas sonreían y lloraban en complicidad…
Cuando los novios llegaron al atrio y se dispusieron a saludar a todos los presentes, Dominga sintió deslizarse en su mano un objeto metálico que disimuladamente le entregó Laura. Se dio inmediatamente vuelta para ver qué era y solo sintió que las pequeñas manos de su amiga le cerraban la suya, para decirle en secreto: - Guárdamelo muy bien, Domi, solo en ti confío. Pero no veas en su interior hasta que yo te diga - Y se retiró rápidamente a seguir atendiendo a los invitados. Era un collar que Domi guardó muy bien entre sus senos, tal como se lo pidiera Laura. Luego, en la serenidad de su cuarto, pudo mirar detenidamente la joya. Era soberbia, un medallón de oro con forma de corazón y una piedra roja en el centro, sostenido por una gruesa cadena. Tenía algo en su interior, pero ella no se atrevió a abrirlo sino que lo guardó en un cofre secreto.
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Cuando volvieron a la Argentina, Dominga y Raúl compraron una propiedad en Belgrano, un pueblito recientemente fundado en las afueras de Buenos Aires, a solo siete kilómetros del centro de la ciudad. La campiña bonaerense se extendía, hacia el norte, en suaves lomadas verdes, que caían hacia el río en una enorme barranca. Un camino bordeado de árboles conectaba Buenos Aires con la pequeña villa de Belgrano.
Ella se sintió enojada la tarde en que supo que no trabajaría más en la residencia de la Sra. Laurita porque si bien tenía intensiones de independizarse, contaba con cobrar unos meses de sueldo hasta poder ubicarse bien como costurera. Pero la señora tenía otros planes y, como siempre, había que hacer lo que ella quería.
- Niña Laura, ¿podemos hablar con Usted? – Dijo Raúl al ser atendido por Laura en el hall de entrada de su gran casa en Buenos Aires.
- Sí, como no Raúl…pero ¿dónde está Dominga?
- ¡Oh! ella está afuera…
- Pero vamos, hazla entrar. ¿Es que ya no somos de la familia?
- Claro que sí, pero Usted. ya la conoce, lo tozuda que es, esperaba ser invitada…
Doña Laurita salió apartando de un suave empujón al esposo de su antigua criada.
- ¡Dominga, Dominga!...Ven…¡Entra! ¿Qué haces afuera con este frío? – Dijo muy contrariada.
Una vez todos adentro se sentaron en derredor de un ardiente fuego que crepitaba dentro de una salamandra. La Negra Dominga permanecía con la mirada baja,  arropada con un mantón de lana de oveja y los pies juntos golpeteando sobre el piso de madera.
- Venimos a hablar con Usted Ña Laurita – Las palabras le salían entrecortadas al indio Raúl, esposo de la mulata Dominga.
- Pues hablen ya…¿Qué sucede? – Dijo la Señora.
- Es que…es que…es que…
- ¡Dominga, nunca hubo secretos entre nosotras!....¡Habla ya, Negrita!
- Queremos saber por qué no nos has convocado para formar parte de tus empleados en esta nueva residencia…Nosotros habíamos pensado que al igual que Milagros y Bernardo, también……- Se animó a contestar la mulata.
- Milagros es la cocinera y Bernardo sigue siendo el mayordomo… Además tú siempre dijiste que querías dedicarte a la costura, Domi. Eso es lo que siempre decías…Que eras libre y que no pensabas trabajar más en mi casa. Que cuando volviéramos a la Argentina te independizarías.
- Sí…pero… ¿y Raúl?
- Raúl, que yo sepa, es herrero y no hay una herrería en la casa…-
Fue allí cuando la Señora Laura esbozó una sonrisa burlona que puso de muy mal humor a Dominga quien se paró de repente agarrando por el brazo a su marido.
- Vamos Raúl, no tenemos más cabida en la residencia donde me he criado, donde creí que tenía una verdadera familia…¡Vamos hombre, que hay mucho que hacer en casa! – Dijo la mulata mientras contenía un sollozo en la garganta y evitaba mirar a la cara a la Señora Laura, su “hermana” de leche y amiga de toda la vida.
- Pero Domi, no te lo tomes así. Tú nunca fuiste tan rebelde, siempre me diste con los gustos y fuiste mi fiel compañera. Ahora solo tienes ojos para tu esposo…y está bien que así sea…. – Contestó la gran dama.
Quiso evitar que se fueran pero no le fue posible. La pareja salió a la calle en menos de un minuto y ella los vio correr hacia la esquina y luego dar la vuelta para buscar la jardinera que los trajera desde el campo. Los vio mientras se alejaban y sintió que pasaría mucho tiempo hasta reencontrarse con el querido rostro de Domi. Una lágrima le corría por su mejilla pero inmediatamente la enjugó con su mano, a la vez que cerraba la puerta – Adiós, mi amiga, mi hermana, mi sombra… Adiós querida, nuevos tiempos se avecinan…
Se quedó pensando y recordó cuando los Ocampo Figueroa, llegaron de Bolivia donde pasaran los últimos quince años, en el exilio. Trajeron a aquellos empleados y sirvientes que habían querido regresar a la Argentina, su verdadera patria, contándose entre ellos a la flamante pareja que conformara Dominga. ¡Qué incansable compañera y amiga incondicional había sido! Algo más que una criada…Y se marchaba ahora, quizás para siempre.
Ella mulata, él indio y sin embargo se sentían plenos de fuerza y de sueños para formar una familia, crear un hogar y hacerse un futuro. Llegaron a Belgrano muy entrada la noche, con la espalda dolorida y las nalgas anestesiadas por el golpeteo de la carreta en esos caminos embarrados y surcados de pozos, que dejaban los cientos de vehículos que andaban por ahí.
- Trae el farol, lo dejé al costado de la tranquera, tráelo, Domi, mientras tanto yo haré entrar a Corcel dentro del predio.
- Sí, ya voy – Contestó su esposa bajándose de la jardinera, tratando de ver algo gracias a la luz de la luna que por suerte era muy diáfana en esa noche despejada.
El terreno y la casa que habían comprado con los ahorros y dote de Dominga eran bastante grandes. Había lugar para muchas cosas: vivienda, taller de costura, herrería y quién sabe qué más. Estaba cerca de varias casas que se veían muy bien desde ahí. Tenía tranquera y una verja en el frente.
Los alrededores estaban muy bien enmarcados con tamariscos enfilados que servían también para dar límite a los animales que venían con la propiedad: una cerda enorme y rosada con sus tres cerditos, un caballo percherón llamado Corcel para tirar la jardinera, dos perros que cuidaban muy bien la casa y cuatro gallinas ponedoras con su gallo despertador – Habrá que ponerles nombre pues no sabemos cómo se llaman y habrá que arreglarles el gallinero, que es un desquicio… ¿Y la huerta? ¿Has visto tú, qué abandonada está la huerta?– Había dicho la negra Domi a su marido cuando se hicieron cargo del lugar. También había dicho que nadie ni nada le impediría formarse una clientela dentro de las señoras del pueblo y que cosería varios vestidos para tener de muestra y recorrer con ellos las casas de la vecindad. Y así lo hizo, golpeó cada puerta y se presentó en cada hogar dejando una flor con una tarjeta de presentación, iniciando de ese modo su negocio de costura y bordado, en aquellas tierras argentinas que la vieran nacer, hacía ya treinta y cinco años - Ya soy grande, debo pensar en un hijo o se me pasarán los años y mi vientre se secará. “Vamos, Domi, no te desanimes que hay un mundo más allá de la casa de los Ocampo y los Figueroa” Pensaba Dominga, aunque ella misma se llamaba Figueroa pues había adoptado el apellido de sus patrones, hacía mucho tiempo en Bolivia…Pero se consideraba muy diferente a ellos, muy diferente…
Tan diferente era que no podía guardar rencor. Cuando vio arribar el carruaje de Laura esa mañana de Octubre en que estaba por dar a luz, no pudo menos que saltar de alegría.
- ¡Laura, Laurita!, mira como estoy, Niña, soy un barril- dijo Domi acercándose con dificultad a recibir a su amiga.
- Sí, no hay tiempo que perder, hay que arreglar la casa, preparar el cuarto del niño, tener todo en orden para recibirlo… Milagros viene conmigo. Ella se encargará de las cuestiones medicinales y nosotras haremos el resto. ¿Pero cómo estás tú, querida, tanto tiempo?, he pensado mucho en ustedes y…
- Shhhhh! no digas nada, dijo Domi poniendo un dedo sobre los labios de Laura. Ven, sentémonos y planifiquemos todo… ¡Milagros, amiga! ¡Qué alegría verte! Vengan, charlemos un poco… Como se imaginarán el niño, o niña… porque ya una vieja me dijo que será niña, midiendo con círculos y una cadenita de oro sobre mi mano y vaticinando que será niña…La niña, ya tiene todo el ajuar preparado, esperándola. La cuna, la ropita, la habitación con sus cortinas, y…- No podía hablar de lo excitada que estaba, tanta era la alegría al estar con sus amigas más queridas.
- Déjalo todo en mis manos, Domi, hermana, que todo saldrá muy bien.
Pasaron solo tres días hasta que la negra Domi sintió los dolores de parto. La Señora Laurita tenía preparado todo, hasta el más mínimo detalle. Y Milagros, la cocinera, había elaborado los más exquisitos platos para esperar el nacimiento.
Fue justo a la medianoche. El parto duró lo que dura un suspiro, suave y sin dolores. Era una niña, como había dicho la adivina y como era de esperar, pequeña, renegrida y muy arrugadita.
- La llamaremos Cristina, en honor a nuestra fe cristiana – Dijo Raúl aferrando una cruz de madera tallada que lo acompañara durante el desarrollo del parto, mientras esperaba sentado detrás de una puerta, dejando a las mujeres ocuparse de todo. No había que olvidar que era de mal agüero ver el parto o ver a la parturienta mientras se encontraba en trabajo… - Cristina, negrita zamba, mezcla de negra e indio…Cristina, el inicio de la dinastía Romero… ¡jajajajajajaja! – No podía parar de reír este padre, de la gran alegría que sentía.
Dominga cosió mucho para toda la familia, para las vecinas de Belgrano y para muchas señoras de la Alta sociedad porteña que Laura le presentó. Tuvo tanto trabajo que ya no le alcanzaban las manos. Hasta tuvo que emplear a una ayudante y enseñarle a su marido a repartir la costura, en los momentos que le dejaba libre la herrería. Porque él se había instalado un taller de herrería en la entrada de la propiedad y trabajaba sin descanso. ¡Que prósperos eran los nuevos tiempos que vivían en suelo patrio! Tanto era así que a veces Dominga se preguntaba hasta cuándo duraría la bonanza, si no sería demasiado para ser real. Ella que siempre había sido una humilde servidora, ahora daba gracias por tanta felicidad. Miraba el cielo y trataba de ver alguna señal del Altísimo, que le indicara
el futuro.
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Pasaron los años y en los alrededores del hogar de los Romero fueron construyéndose muchas casas. Una magnífica mansión se erigió a solo un kilómetro de su propiedad, hacia el sur, por el camino principal. Era de la familia Corvalán.
Cristina se había transformado en una joven muy particular. De abundantes cabellos negros, enrulados en pequeños y suaves bucles que le caían como una cascada por la espalda, ojos grandes almendrados, pequeña nariz respingada y labios carnosos color canela. Caminaba como siendo dueña de la calle, sabiendo el impacto que causaba. Parecía una escultura de ébano, bella y fría, con su piel oscura de porcelana.
- ¡Cristina! ¡Mira por donde vas que uno de estos días te atropellará un carro…!- Le decía Dominga a cada rato. Pero ella solo sabía lucir los hermosos vestidos de todos colores que le cosía su madre y que engalanaba con cintas o turbantes, sobre su cabeza.
- No me importunes, madre, que debo verme bien para quien me quiera llevar consigo. Un caballero de gran alcurnia...ese es el que yo quiero….
Cristina, la Negrita Zamba, como le decía su padre, tenía grandes planes pero no precisamente de lucha, trabajo o estudio, sino más bien de lujos, placeres y vida acomodada. Desconocía para qué eran buscadas las mujeres hermosas de su raza en aquellos días de fines del siglo XIX. En esas tierras prodigiosas donde los negocios estaban a la orden del día, miles de prostíbulos rodeaban la ciudad de Buenos Aires y fue la gran mansión de los Corvalán uno de los más prestigiosos. Allí, muchas inmigrantes blancas y varias mujeres de color, practicaban la profesión más antigua del mundo.
Ignacio Corvalán era un hombre de mediana edad que andaba “de a caballo”, siempre muy bien vestido, llevando levita negra, un amplio sombrero, unos zapatos con hebilla y un pantalón estrecho. Cada vez que pasaba cerca de Cristina no podía sacarle los ojos de encima, la miraba persistentemente. Tanto que ella se percató de que él la esperaba en la esquina, a veces por más de una hora, hasta verla salir a la calle.
Esa mañana vio como el hombre se bajaba de su caballo, que dejó muy bien apeado y atado en el palo de la calzada y se le acercó mientras dibujaba una sonrisa en su boca bien enmarcada por un bigote negro.
- Señorita, señorita, quisiera hablarle, hace días que la veo pasar y estoy interesado en hacerle una propuesta.
Ella inclinó su sombrero para impedir pasar el sol que no la dejaba ver y doblando levemente su cabeza, lo miró.
- ¿Qué propuesta? – Le contestó simplemente.
- Usted es tan linda que deseo emplearla en mi casa. Tengo un salón de juego con villares y escenario donde hay cantantes y varieté. Necesito alguien como Usted para que sirva copas a los clientes. A cambio tendrá un sueldo y todos los vestidos que desee. Además conocerá a la gente más rica de esta región. Contactos, mi hermosa señorita, un capital entrañable.
- Pero soy de una familia de gente trabajadora, mis padres jamás me dejarán ir a ese lugar y mucho menos, trabajar allí.
- Pues entonces venga de visita, yo mismo la llevaré. Será mi acompañante y no es necesario que su familia sepa dónde estará…
Cristina comenzó a frecuentar la Casa Corvalán todas las tardes, por una o dos horas. Iba solamente a conocer gente. Entraba vestida como para ir a una fiesta y se quedaba para probar los originales tragos que allí servían. Su extraordinaria y exótica belleza le granjearon las mejores amistades y fue el mismo Don Ignacio quien quiso hacerla su amante. Con el tiempo, sus padres tuvieron que asistir al peor de los sucesos que pudiera vivir una familia de bien. Su hija dilecta se mudó a la mansión para vivir como querida de su dueño, quien además de llenarla de lujos, la “prestaba” a todos los clientes que la requerían.
- Yo también me escapé de la gran casona de la Colina. ¿O ya te has olvidado cómo comenzamos a vivir juntos? Cristina necesita hacer su vida. Los tiempos han cambiado y las mujeres son independientes…- Decía Dominga con ingenuidad, mientras Raúl bajaba la mirada ante lo irremediable.
Esa noche había una mesa de póquer con seis hombres jugando. La enorme lámpara de cuarenta velas daba una luz fulgurante sobre sus cabezas. En el piano, sonaba una melodía pegajosa, esa nueva corriente que llamaban “Tango”. Dos parejitas bailaban muy apretadas en una esquina y algunas mujeres, sentadas sobre las rodillas de los acaudalados jugadores, servían copas. Cristina se encontraba sentada junto a Ignacio Corvalán y reía a carcajadas, su cabello renegrido le caía como un torrente hacia un costado, sujetado por una turbante multicolor.
De pronto se abrió la puerta y un hombre moreno, bajo y regordete, entró en el salón. Era Raúl Romero que llevaba un trabuco en su mano derecha y apuntaba al centro de la habitación -¡La robaron, la engañaron, la sacaron de su hogar! – Gritaba enloquecido a la vez que buscaba con la mirada a alguien dentro del lugar, sin bajar su arma – ¡Cristina, hija, acá estoy para vengarte!
Se armó un gran alboroto, todos corrieron hacia la puerta, se agacharon detrás de las sillas o se tiraron al piso. El arma disparó un solo tiro directo al pecho de Corvalán pero fue su hija quien se interpuso - ¡No, Padre, no! – gritó haciendo un esfuerzo por salvarlo. Sobrevino lo inevitable: cayó al suelo desplomada. Se veía un fino hilo de sangre correr por su rostro y en sus ojos abiertos, el último resplandor.
Cuando Raúl se marchó a la cárcel para cumplir una condena a perpetuidad, Dominga no tuvo más remedio que vender su propiedad y retirarse a vivir nuevamente con Laura, donde permanecieron juntas para siempre.

(CONTINÚA EN ENTRADAS ANTIGUAS)

lunes, 24 de mayo de 2010

HACIENDO UN POCO DE HISTORIA


SEMANA DE MAYO DE 1810
Viernes 18 de Mayo de 1810
El Virrey Cisneros anuncia al pueblo la caída de Andalucía en poder de los franceses, los patriotas se reunieron con Cornelio Saavedra, Jefe del Regimiento de Patricios, considerando que era el momento de llevar a la acción sus ideas revolucionarias.

Sábado 19 de Mayo de 1810
Belgrano y Saavedra solicitaron que, con la aceptación del Virrey Cisneros, fuera convocado un Cabildo Abierto para que deliberara el pueblo sobre su destino.

Domingo 20 de Mayo de 1810
Enterado de la petición, el Virrey se reunió con las Fuerzas Militares y Saavedra no fue lo suficientemente enérgico en su posición, por lo que Cisneros no resolvió nada.
Los revolucionarios enviaron a Martín Rodríguez y Castelli, quienes- haciendo caso omiso de la cólera del virrey- lograron que aceptara convocar a Cabildo Abierto.

Lunes 21 de Mayo de 1810
Apoyados por vecinos que solicitaban la solicitud de un Cabildo Abierto, los regidores recibieron por parte del Virrey Cisneros una autorización escrita en que accedía a la voluntad popular de convocar a una sesión pública para el día siguiente, en la que se convocara a la parte más representativa y más sana del vecindario.

Martes 22 de Mayo de 1810
Se reunió el Cabildo Abierto con una afluencia de alrededor de doscientas cincuenta personas.
Se realizó una votación, pero dado lo extenso de las sesiones de ese día, y lo avanzado de la hora, se dejó el escrutinio para el día siguiente.

Miércoles 23 de Mayo de 1810
• 155 votos: Destitución del Virrey
• 89 votos: Por la continuación del Virrey solo o con asesores.
• 27 personas: No votaron

Jueves 24 de Mayo de 1810
Reunido el Cabildo dispuso que la Junta de Gobierno fuera presidida por Cisneros, además de dos españoles (Juan M. Solá y José Santos Incháurregui) y dos criollos (Castelli y Saavedra).
Pero cuando trascendió que el Virrey seguía al mando, comenzó a agitarse la población agrupada en la Plaza Mayor, encabezados por French, Berutti y otros.
Los patriotas reunidos durante toda esa noche en casa de Rodríguez Peña, deliberan sobre los miembros que integrarán una lista que será presentada ante el Cabildo.

Viernes 25 de Mayo de 1810
Los cabildantes aceptaron la renuncia indeclinable del Virrey, que aceptó el descontento popular hacia su investidura; los jefes militares le negaban su apoyo.
Se forma el primer gobierno patrio:


Primera Junta Provicional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata


jueves, 20 de mayo de 2010

El Principito por Antoine de Saint -Exupery - Capítulo I (Para niños y jóvenes desde 10 años)

Dedicatoria:A LEÓN WERTH

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:
A LEÓN WERTH, cuando era niño.

Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba "Historias vividas", una magnífica lámina. Representaba una serpiente boa que se tragaba a una fiera. Esta es la copia del dibujo.

En el libro se afirmaba: "La serpiente boa se traga su presa entera, sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los seis meses que dura su digestión".
Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi dibujo número uno era de esta manera


Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi dibujo les daba miedo.
-¿por qué habría de asustar un sombrero? - me respondieron.
Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digiere un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa a fin de que las personas mayores pudieran comprender. Siempre estas personas tienen necesidad de explicaciones. Mi dibujo número dos era así:


Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número uno y número dos. Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.
Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. He volado un poco por todo el mundo y la geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.
A lo largo de mi vida he tenido multitud de contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca; pero esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.
Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi dibujo número uno que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E invariablemente me contestaban siempre: "Es un sombrero". Me abstenía de hablarles de la serpiente boa, de la selva virgen y de las estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas. Y mi interlocutor se quedaba muy contento de conocer a un hombre tan razonable.

La función de títeres* (Para jóvenes desde 13 años)



De lo que voy a contar yo fui testigo: de la traición de la enana, del asesinato de Segundo, de la llegada de la Estrella. Sucedió todo en una época remota de mi infancia que ahora no se si rememoro o invento, porque por entonces para mí, no se había despegado el cielo de la tierra y todo era posible.
Estrella Mágica era el nombre del teatro de títeres que llegó a mi barrio allá por el año ‘68 cuando apenas contaba con cinco años de edad.
Recuerdo bien el día en que sentada en un banco de la plaza vi llegar a un hombre gordo y colorado con larga barba blanca que llevaba una bolsa en su espalda. Se instaló en la glorieta, aquella que nos servía para jugar al “castillo”. Desplegó una serie de elementos multicolores y de distintas formas y texturas, y en menos de lo que canta un gallo, tenía un teatro montado, con megáfono y todo, que llamaba a los chicos.
Pronto llegaron más actores muñidos de hermosos títeres (uno en cada mano) y esa misma tarde tuvimos la primera función.
Era la primera vez yo que asistía a algo como eso. Como ya dije, hoy se me confunden los recuerdos, no se si fue así o si es sólo mi imaginación.
Todo se desarrollaba con tranquilidad y veíamos con alegría cómo los títeres actuaban dentro de esa gigantesca caja, dentro de la cual estaba el escenario. Hablaban, cantaban, hacían chistes y se golpeaban unos con otros.
Recuerdo que uno de los personajes se llamaba Don Segundo y era muy malo. Me impresionaba y asustaba mucho por su voz gruesa y las cosas que hacía. No hay caso, cuando uno es niño, la ficción se confunde con la realidad… ¡Todo parecía tan real!
En un momento la enana, la que estaba vestida de rojo, sacó un cuchillo y con cara aterradora y paralizante de odio, se abalanzó sobre Don Segundo. - ¡No, no! ¡No lo mates! – Dijimos los nenes a coro. Porque aunque Segundo era malo, nadie quería una muerte. No ahí, en la plaza, donde jugábamos a los castillos encantados y las hadas buenas.
Pero la enana siguió, lo apuñaló por la espalda y Don Segundo cayó.
Mis ojos de niña inocente casi se salieron de sus órbitas al ver correr por detrás del telón y por el piso, un grueso hilo de sangre… Y el teatro que se tambaleaba…Y voces…Y gritos…Y el teatro que caía…
De pronto lo comprendí todo: Don Segundo era sólo un títere y quien lo manejaba era el mismísimo titiritero, el de barba blanca, quien estaba parado con un cuchillo sangrante en su mano y decía:
-¡Me traicionaste, contaste mi secreto, lo que me mantenía a salvo!…¡Me traicionaste, me traicionaste! – Miraba fijamente al títere y su cara colorada estaba pálida.
La enana yacía en el suelo, en su mano un títere sangrante y en su cuello, una herida mortal.

ANY CARMONA
*Del libro Luz de soledad

martes, 18 de mayo de 2010

La furia de la Tierra *


Qué cosa irrita a los volcanes
que escupen fuego, frío y furia?
Pablo Neruda



Los volcanes de incandescente lava
sienten frío por saber su soledad.
Son hijos de un planeta caliente
en un cósmico invierno de maldad.
Ellos desatan su furia insurgente
por la ambición asesina del capital.
Arrojan sus lenguas de fuego
porque se abren tajos en el mineral.


Que la Tierra Nuestra, mujer iracunda,
perdone a las bestias que le infringen mal.
Que Pachamama no nos abandone
decretando infierno y orfandad.
Que ofrezca siempre,
su verde regazo,
su leche azulada,
y amor hecho pan.



ANY CARMONA
*Del libro Neruda y yo

El humo y las nubes*


Conversa el humo con las nubes?
Pablo Neruda


Las nubes y el humo son de la misma esencia.
Cuando se enciende el fuego él hace su aparición.
Despliega preguntas brumosas
que ascienden al firmamento.
Preguntas picarescas colgadas en el tendal:
¿Cuántos brillantes tiene el manto nocturno?
¿En qué renglones escriben los pájaros?
¿Cuelgan su cola del viento, los barriletes?
Y los lobos…¿ cantan a la luna sus lamentos?
Es entonces cuando las nubes contestan acongojadas,
vertiendo miles de gotas que celebran el encuentro.
Nieve, lluvia y frescura son bienaventuranzas
que las nubes ahumadas dan por toda respuesta.



ANY CARMONA
Del libro Neruda y yo

domingo, 16 de mayo de 2010

¡Llegó el frío!!

PIENSO EN LOS POBRES...ANY

Ciudad nevada*


Un olvido murió
sobre el banco roto,
llantos encarbonados
cubrieron las chapas
y la miseria sintió
alegría de nieve santa.
Nubes grises danzaron
en giros helados,
explosión del cielo,
regalo divino.
Copos pequeños refrescaron
las ávidas bocas risueñas
en horas silenciosas
de suave caída blanca.
Con infantiles gritos
como humildes remiendos,
tembló Buenos Aires
de frío asombrado
¡Nieve!
¡Nieve!
Rozaron las varitas,
el invierno porteño.


ANY CARMONA
*Del libro Luz de soledad

Invierno*




















Melancólico invierno
de sonrisa gris,
a tu lado crepita el fuego
y vuela mi pluma.


Gélido hermano
de alientos vaporosos
despliegas tu blancura
detrás del cristal.


¿Olvidas que en la esquina
tus hijos friolentos
calientan su tristeza
en un fogón de latón?


ANY CARMONA
*Del libro Luz de soledad

viernes, 14 de mayo de 2010

IV - BEATRICE 1857 -1884

Lucha y Sergio llegaron a La Paz en un servicio de diligencias que trasportaba gente por todos los caminos y a través de la frontera. Los esperaba Celedonia Segurola gracias a una recomendación de un amigo influyente. Ella dirigía un colegio para señoritas en la ciudad. Llegaron muy temprano, en las primeras horas de la mañana. Estaban cubiertos de polvo y con el cuerpo muy dolorido. Lucha se bajó tomándose la cintura con ambas manos al tiempo que balbuceaba palabras de protesta. Estaba un poco mareada por la altura, por lo que su compañero y esposo le preparó un té de hojas de coca con un poco de miel para que tomara.
- Este viaje ha sido terrible. Me siento mal, estoy mareada, no veo las horas de descansar en una verdadera cama.
- Toma esto cariño, te hará bien, te curará del “apunamiento”. Luego recuéstate y descansa para que se te deshinchen las piernas. Yo debo presentarme en el colegio lo antes posible, regresaré por la tarde y te contaré sobre todas las novedades. Adiós.
- Gracias, mi amor. Cuídate tú también.
Y Lucha se durmió con gran placidez en unas sábanas frescas y perfumadas. No podía pedir nada mejor en ese momento.
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Pasaron los meses y la joven pareja se instaló muy bien en una casa bastante cómoda, muy soleada y cerca del cerro, lejos del centro de la ciudad. Había sido regalo de casamiento del General Miguel Figueroa, padre de la flamante señora.
Sergio trabajaba como maestro de Idioma francés en el Colegio de Mujeres Santísima Trinidad.
Lucha se quedó en su hogar en la “dulce espera”, haciendo toda la ropita del bebé con sus propias manos. Tejía al crochet y a dos agujas y cosía y bordaba las batitas. Las enseñanzas de Dominga, estaban dando sus frutos. Cada vez que abría el cajón para guardar alguna ropa del bebé, veía el medallón de rubí que había pertenecido a su madre y esto le daba fuerzas para seguir. ¡Estaba tan lejos de todos los que amaba!
Una mañana de Febrero, cuando el sol del verano comenzaba a colarse por las ventanas y a calentar las habitaciones, rompió bolsa. La criada que la cuidaba salió corriendo a llamar a la comadrona. Y luego a avisarle a Don Sergio.
- ¡Ya llega, ya llega, el niño, ya llega! – gritaba la vieja sirvienta, bajando por la calle hacia la esquina.
Todo se preparó con premura y para cuando el padre del niño se acercaba con su caballo, sintió el llanto diáfano, agudo y penetrante de un bebé.
- Es una niña, querido, ha venido a este mundo en el momento preciso en que las mujeres comienzan un largo camino de realización personal. Ahora podemos elegir con quién casarnos, estudiar y decidir muchas cosas porque cada vez más se respetan nuestros gustos y sentimientos. Ya verás cuántas satisfacciones nos dará esta mujercita. Tómala en tus brazos y dale tu bendición.
El padre la tomó en sus brazos y la levantó muy alto.
- Yo te doy el nombre de mi madre: Beatrice, y como segundo nombre el de tu madre: Miguela. Te bendigo bajo el cielo de nuestra nueva patria, Bolivia, tierra de aimaraes y de incas, de libertad y futuro. Te bendigo en este caluroso día de Febrero de 1857.
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Quizás porque nació en pleno verano y las noches de calor y de alegría se pegaron a su frente, Beatrice fue un ser verdaderamente indómito. De carácter abierto y pasos danzarines, desde niña le gustaba treparse a los árboles y cuando fue creciendo se hizo amiga más bien de los varones que de las chicas, que le resultaban muy aburridas, siempre detrás de las ventanas, comentando lo que sucedía afuera y sin estar en el escenario de los hechos. Ella no era así, le gustaba recorrer las calles y los mercados en busca de objetos exóticos y telas hermosas que guardaba para cuando pudiera usarlas. Charlaba con todos y preguntaba sobre todo lo que quería saber, anotando en su “libreta mágica” lo que le parecía interesante.
Su cara era muy particular, entre angelical y picaresca, parecía guardar los pensamientos más osados. Sus largos y enmarañados cabellos colorados, terminaban en bucles naturales que le caían sobre los hombros. Sus ojos verde-claros brillaban en un rostro triangular, enmarcados por cejas levemente subidas en los extremos y cortas pestañas rectas. Su pequeña nariz llena de pecas parecía “olfatear” siempre las más disímiles aventuras que eran verbalizadas por unos labios carnosos de un rozado oscuro, en oraciones muy bien elaboradas por su mente audaz.

Beatrice hablaba bastante bien el francés que le había enseñado su padre, tanto en el colegio donde daba clases, como dentro de su casa, en la que no se le permitía hablar en español, mientras él estaba. Soñaba con conocer mundos extravagantes, ser actriz o integrante de un circo, al que quería unirse cuando fuera adulta. Un circo que viajara por todo el mundo y que le permitiera saber sobre la vida que se desarrollaba más allá de sus montañas bolivianas.
A Buenos Aires iba permanentemente, cuando sus abuelos y tíos la mandaban a buscar y a Francia siempre soñaba con viajar, guiada por los relatos que en sus cartas, le contaban sus parientes franceses.
Su madre Miguela, Lucha para los íntimos, la cuidaba mucho junto con sus tres hermanos varones con quienes siempre se había llevado muy bien. Oliverio, el mayor, era además de su hermano, su mejor amigo y juntos planeaban la mejor manera de salir de Bolivia en tiempos futuros. Durante las largas siestas, ideaban viajes y excursiones exóticas a tierras lejanas.
Una tarde, sentados sobre la rama baja de un algarrobo, pensaron en escaparse con el Fantástico Circo de Moscú que había llegado a La Paz. Habían descubierto que no había mucho control sobre quienes entraban y salían de los carromatos de las estrellas pues todos estaban tan ocupados que no veían lo que sucedía, sobre todo durante las funciones.
- Escóndete detrás de este biombo, ven Oliverio, que aquí no nos verán – le dijo a su hermano arrastrándolo suavemente hacia el interior de un coche que se encontraba abierto – Hoy es la última función y mañana el circo sale para otra ciudad, así es que nos iremos con ellos.
- Pero nuestros padres se preocuparán, mamá se pondrá a llorar y papá se enojará mucho…
- ¡No puedes arrepentirte ahora, después de tantos planes!
Durmieron allí toda la noche, acurrucados dentro de una gran canasta llena de disfraces. Pero muy temprano en la mañana escucharon voces de gente que estaba revisando todos los vagones.
- Deben estar aquí seguramente – Era la voz de Sergio Moreau, su padre – Uno de nuestros criados nos dijo que planeaban irse hoy con el circo – Seguía explicando.
- Tápate con esto, hermanito, que no te vean – le ordenó Beatrice a su hermano.
Cuando abrieron la puerta no pudieron verlos dentro del gran arcón de mimbre.
- Ya se van, quédate muy quieto que ya se van.
Pero antes de cerrarse la puerta, Oliverio alcanzó a ver el rostro de su madre bañado en lágrimas y no pudo aguantar más aquel suplicio. Saltó del escondite y se abalanzó sobre las personas que realizaban la búsqueda.
- ¡Mamá, Mamá, ya no llores, no nos iremos, aquí estamos para regresar a casa! – Gritó el joven que fue recibido con un abrazo por su madre.
Luego de los retos y castigos de rigor, todo quedó olvidado, pero no por Beatrice que seguía urdiendo secretos planes de aventuras.
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El segundo hermano de Beatrice se llamaba Juan. Era un joven que contaba ya con catorce años y siempre había cultivado un gran amor por la música. Tocaba el piano y había formado un trío junto con los dos mayores: Beatrice en el violín y Oliverio en la guitarra. ¡Qué bien sonaban en reuniones familiares y de amigos, además de las presentaciones del colegio! Juan era el director pero Beatrice era la “buscadora de presentaciones”, nombre que ella misma se había asignado.
Luego de muchos ensayos y funciones en la sala del teatro más pequeño de la ciudad, fueron invitados al Colegio de los Padres Franciscanos donde asistían los hermanos Moreau. Luego, por recomendación, a otras escuelas y a otros teatros.
Cuando no quedó un solo lugar en La paz adonde pudiera tocar el trío, fue que a Beatrice se le ocurrió la magnífica idea de escribir a su abuelo materno Miguel Figueroa para que los ayudara con sus relaciones públicas, a conseguir una gira por toda Bolivia.
…Querido Abuelo Miguel: debes saber que tienes en la familia una verdadera orquesta que está triunfando en los salones de todos los colegios e iglesias de La Paz. Oliverio con su guitarra, Juancito en el piano y por supuesto yo con el violín. Un hermoso trío que llena de orgullo a nuestros padres…Deseo preguntarte, querido abuelito, si está en tu poder conseguirnos, a través de tus múltiples relaciones, invitaciones para tocar en distintos lugares, este verano. En Tarija o en cualquier otra ciudad…

Y así fue que ese verano, los tres hermanos recorrieron casi toda Bolivia de la mano de su padre Sergio Moreau, quien los acompañó a todos sus recitales.
Fue un gran verano para todos y en especial para Beatrice que lo vivió con alegría desmedida. Jamás pudieron olvidar ese tiempo lleno de éxito y de unión familiar.

Una tarde de fines de Febrero, su madre, Doña Lucha, aprovechando que estaban todos en casa, reunió a toda la familia en los sillones de la galería anterior y con la voz llena de regocijo les dijo:
- Me han dado la mayor satisfacción que pudiera anhelar. ¡Los felicito, son unos verdaderos artistas!...Beti, quiero que tengas esta joya que pertenecía a tu abuela Laura. Es un hermoso medallón de oro en forma de corazón con un rubí en su cara anterior, tiene su cadena, también de oro. Está cerrado porque así lo quiso la Abuelita. Deseo que lo lleves cerca de tu corazón… Y para cada uno de ustedes, chicos, un objeto preciado de vuestro padre. Guárdenlos como un valioso recuerdo de quien más los ama.
Deslizó un reloj de plata con su gruesa cadena, una brújula de oro perteneciente a la familia paterna y una pipa de ébano con incrustaciones en piedras, también de la familia Moreau. Hecho esto, se sintió satisfecha habiendo cumplido con sus virtuosos hijos.
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Pedro, el hermano menor, tenía adoración por Beatrice. La admiraba y hacía todo lo que ella le pedía, porque además sabía de la predilección y cariño que su hermana le profesaba. Era su mensajero y ayudante acatando el liderazgo que tenía entre los tres hermanos.
Cuando llegaron desde Buenos Aires las noticias de que la Abuela Laura estaba muy enferma y se encontraba pasando unos días en la casa de Salta, en San Lorenzo, Beti no lo pensó dos veces y decidió viajar inmediatamente a verla.
- Debemos ver a la Abuela mientras aún esté con vida. Vamos a la Argentina, Madre, viajemos los tres con Pedrito a verla…¿Qué dices, vamos?
- Sí, están todos pasando unos días en la casona de verano de San Lorenzo. Mi madre, mi hermana Mercedes con su hija Ofelia, mi hermano José con su esposa, Inés Arredondo y su bebé, y por supuesto Dominga que la está cuidando. Aunque ya está muy vieja la pobre, no deja el cuarto de mi madre ni por un instante. Tu Abuela Lala quiso ir a morir a su querida Salta y allí están todos, con ella. Debemos viajar inmediatamente – dijo Doña Lucha con aire de tristeza y resignación.
- Muy bien, Pedro, niño, ve al colegio a avisarle a Papá sobre nuestros planes de viaje y dile que partiremos lo antes posible.
Salió Pedro en su caballo hacia la ciudad, con la alegría previsible de un niño que se está por lanzar a esa aventura que significa el viajar a lugares ignotos. Iba cantando y a todo galope, mientras en la casa de los Moreau todo se empezaba a disponer para realizar el viaje al país del sur.

Llegaron a Salta en una semana. Una carreta los llevó hasta la propiedad de los Ocampo. Beti no podía creer lo que veían sus ojos: bosques pletóricos de árboles, arroyos y vegetación exuberante se abrían ante ellos, mientras avanzaba el coche. Al cabo de media hora divisaron a lo lejos, el casco de la estancia de San Lorenzo donde se encontraba su familia materna. Un soberbio castillo estilo florentino los esperaba y en la galería frontal ya estaban su tía Mercedes y su primita Ofelia saludándolos.
- ¡Luchita, Beti, Nene, qué alegría! ¿Los demás no han podido venir? – Gritó Mercedes lanzándose a los brazos de su hermana.
- ¡Hola querida Hermana! No, mi Sergio ha tenido que quedarse por trabajo de fin de año y los chicos por su estudio. ¿Cómo está Mamá Lala?
- No muy bien, pasen y dejen su equipaje en la galería que pronto lo haremos entrar a los cuartos.
La primavera culminaba y la gran casona, rodeada de hortensias rosadas y celestes, servía de contención a una familia apenada por las circunstancias de la vida. Todos hacían un gran esfuerzo por no demostrar tristeza a la débil Laura que ya se encontraba en el tramo final de su existencia. Habían llevado consigo algunos criados y muy pocas pertenencias y se preparaban para lo inevitable.
Increíblemente, doña Laura Mercedes Ocampo había experimentado una franca mejoría desde su llegada a Salta. Estaba rozagante, sentada en un sillón de mimbre a la vera de su cama, cuando vio entrar a su querida hija Lucha y a sus nietos.
- ¡Vengan a darme un gran abrazo, gracias a Dios que pudieron venir! – Dijo abriendo sus brazos en son de bienvenida.
- ¡Oh! ¿Cómo estás Madre? – Gritó Lucha caminando hacia Laura.
- ¡Abuela Lala, te ves muy bien! – acotó Beatrice muy contenta.
- ¡Abuelita, te quiero mucho! – Dijo Pedrito subiéndose a la falda de la anciana.
Todos entraron inmediatamente en el cuarto rodeando a la enferma. Pasaron varias horas conversando entre mates, limonadas y bocaditos, hasta que se hizo la hora de la cena y se retiraron a sus habitaciones para asearse y descansar unos minutos.
Caminaban por el parque, subían hasta la quebrada del río San Lorenzo o acudían a la misa de la capilla en el centro de la villa. Recordaron toda su vida en Bolivia, en la gran casona de la colina, su regreso a Buenos Aires y el año en que Dominga se escapó con Raúl para regresar más tarde a casarse con el beneplácito de Doña Laurita. ¡Cuántas cosas habían sucedido y estaban ahora todos juntos viendo apagarse la luz de esa familia, una gran matrona, sin lugar a dudas.
Fue en la hora del ocaso del día 26 de Noviembre de 1874 cuando Laura llamó a su cabecera a todos los presentes y a cada uno le dijo algo, un mensaje de despedida.
- Dominga, anota en este libro lo que voy a decir.
- Si Lala, dime – obedeció la negra Domi, muy apesadumbrada.
- Para ti Beatrice, dejo todos mis vestidos…Sigue tu vocación de artista… Para Ofelia, mi Biblia, rosarios y objetos religiosos. Lo mismo te digo a ti, Ofelia, sigue el llamado de Jesús, haz lo que te dicte tu conciencia… Para Pedrito y los muchachos, mis caballos…Deseo que se transformen en grandes hombres de bien… Al bebé Josecito, la cuna que fue de mis hijos. Cuiden mucho a este pequeño... A mis hijos Lucha, Mercedes y José, mis obras literarias y mis joyas que deben ser luego distribuidas en forma equitativa… Hijo, José… no olvides nunca que tu Padrino te ama tanto como yo…Para Dominga, mis piezas de tela. Eso es todo, en cuanto a mis propiedades y demás bienes, ya está todo en manos de los abogados. Los amo…
Fue allí cuando Beatrice sacó el medallón de oro que tenía en una bolsita de terciopelo y lo puso entre las manos de su abuela.
- Abuelita, quiero darte esta joya que te pertenece. Dinos si podemos abrirla para descubrir qué hay en su interior.
- Guárdala tú, querida…- Dijo la anciana que tomó la reliquia y esbozó una sonrisa, poniéndola en su pecho. Luego apoyó su cabeza en la almohada cerrando sus ojos, como recordando algo muy placentero…
Así Doña Laura dejó este mundo, en medio de las miradas silenciosas de todos sus seres queridos. Beatriz tomó el corazón de oro y rubí, lo abrió con algo de dificultad y pudo ver lo que escondía en su interior: un retrato resquebrajado con una leyenda que decía: “Con todo mi amor a una gran escritora. Año 1843”. Firmado: José Ballivián Segurola.
Todos estaban preparados para emprender el regreso a Bolivia pero Beatrice se mostraba muy sombría esa mañana. No sabía cómo decirle a su madre de su nueva decisión. Finalmente la soltó sin titubeos. Esto era lo que faltaba para completar las sorpresas acontecidas en ese inolvidable Noviembre. Para darse fuerzas tomó el medallón que colgaba de su cuello y con voz clara anunció:
- Me quedo en la Argentina, Mamá, ya no deseo volver. Quiero ser actriz. Estaré un tiempo acá y luego viajaré a París a estudiar teatro.
- Muy bien, querida, se lo que debas ser y nunca, nunca renuncies a tus sueños – Dijo Doña Lucha, mirando dulcemente a su hija, para luego subir al vehículo que inmediatamente se alejaría rumbo al norte.
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Paris estaba coloreada de amarillos y dorados en ese otoño de 1882. Verdaderos colchones de hojas secas tapizaban los bulevares cercanos al río Sena y Beatrice no pudo menos que considerarse afortunada al arribar a la “ciudad luz”. Una ciudad llena de arte y cultura, cuna de artistas de todos los rubros …París…justo el lugar donde ella quería estar.
Decidió instalarse en Montmartre, el barrio bohemio, donde los Impresionistas ya estaban desarrollando su magnífica pintura y los bares y cafés eran los centros de reunión de la mayor fauna artística jamás encontrada. Cerca del viejo molino, junto a la cumbre, el Moulin de la Galette funcionaba a pleno como el mejor restaurante, cavaré y centro de espectáculos para viajeros y noctámbulos. La recientemente construida iglesia de Sacré Coeur, blanca e imponente en la cúspide de la colina, servía de escenario a tanta magia y pasión. Un barrio encantador lleno de músicos y retratistas en las calles y donde las escaleras que había que ascender para llegar a él, no impedían la fascinación más grata a un corazón ardiente como el de Beatrice.
En Buenos Aires había estado tomando clases de pintura y escultura y casualmente su maestro francés Claude Peirs había conseguido que en Francia, un gran atelier de la época, la acogiera como alumna privilegiada. Estaba preparada para dedicarse de lleno al arte, aunque su gran sueño era ser actriz de teatro y con ese objetivo había llegado a Europa.
Instalada en un departamento del primer piso de un luminoso edificio de la Rue Tourlaque, montó su estudio y vivienda personal. Pronto advertiría Beatrice que estaba dentro de uno de los lugares más atractivos y peligrosos que le pudiera brindar Paris.
Ella era una de las pocas mujeres que comenzaba a integrar los grupos y asociaciones de artistas que se formaron en la ciudad. Su carácter vivaz y espíritu de líder la habían llevado a hacerse de buenos amigos entre los jóvenes. Su vecina Marie Clémentine Valadon, conocida como Suzanne, la invitó ese mediodía mientras comían, a sumarse a su nueva asociación.
- Hemos formado un grupo al que llamaremos “Incoherentes”, en honor a nuestra falta total de buen juicio. ¡Ja, ja, ja! – Tiró su larga cabellera color castaño para atrás y rió con desenfado, ante una asombrada Beatrice. “Suzanne es muy bella”, pensó mientras la veía tomar “absenta” en una sutil copa de cristal.
- Ven conmigo que te presentaré a mis amigos.
- Muy bien, vamos, hace tiempo que quiero conocer a los grandes de Montmartre.
- No conocerás a nadie tan importante, gente como Edouard Manet, Auguste Renoir, Edgar Degas, Toulouse-Lautrec, el genial gnomo, Henri Matisse y otros, no lo son en lo más mínimo.
- Ya lo se, pero pretenden serlo, no son más que aprendices de pintores, rechazados por la Academia…
- Te presentaré a alguien muy especial. Tú solo arréglate bien, ponte tu vestido de terciopelo color ciruela y tus botas de cuero negro…¡Ah!...y no olvides el sombrero con flores rosadas y velo al tono que te dan un aire señorial. Vamos Beti…que eres mi más bella amiga y alguien quiere conocerte desde hace tiempo, quiere que poses para él y pintar tu retrato.
Beatrice no se consideraba amiga de esa terrible criatura, modelo de pintores y camarera, habitué de bares y reuniones nocturnas. Sólo su vecina. Pero al insistir tanto en presentarle a alguien, no pudo menos que aceptar.
-Bien, acepto. Has logrado despertar mi curiosidad. Nos vemos esta tarde, entonces, a la hora del vermouth.
- Sí, te espero en mi casa para ir juntas.
Había llegado la hora. Dobló la esquina hacia la derecha, para entrar al edificio de departamentos de la calle perpendicular y entró al pasillo para tocar fuertemente la puerta de Suzanne, se habían hecho las seis de la tarde, la hora ideal para concurrir a un bar parisino.
- Vamos querida que Auguste nos espera.
- ¿Quién es?
- Solo un pintor, hace hermosos retratos, yo he posado para él. Su apellido es Renoir. Es muy bien parecido y bastante mujeriego, según dicen.
- Yo no quiero ser modelo, solo quiero ser actriz…
- Quizás él te pueda contactar, no pierdes nada con conocerlo.
- Muy bien, Suzanne, pero…¿qué le dijiste de mi?
- Sólo que eres increíblemente bella, de América y hablas muy mal el francés…¡Ja, ja, ja!...Vamos – Entraron en el Café Nouvelle Athenes donde ya las estaban esperando.
Un hombre de unos treinta y cinco años o quizás algo más, de barba recortada y hermosas facciones, se levantó de su silla para recibirlas, tomando de la mano a Suzanne.
- Ven pequeña, estamos sentados aquí.
- ¡Oh, Auguste. qué alegría verte! Ella es mi querida amiga, Beatrice. Vivimos en departamentos contiguos.
Beti se había quedado mirando al joven pintor, muy impactada por su presencia que irradiaba un ángel difícil de definir para ella. Carisma, encanto y gran caballerosidad, la tenían anonadada, casi no podía respirar.
- Mucho gusto Sr. Renoir.
- ¡Oh!, por favor, dime Auguste. Siéntense. Suzanne me dice que estudias pintura en un taller de la Escuela de Bellas Artes…y…¿Cómo te trata Paris?
- Muy bien…y mejor ahora…Quiero decir…Bien, ya tengo muchos amigos. Hago pintura pero lo que yo quiero…es ser actriz.
- Pero el ambiente de teatro no es para ti, niña…¿te gustaría posar para mí? Ser modelo de uno de mis cuadros? Eres muy bella…Te pagaré, por supuesto.
- Bueno…gracias, no lo había pensado…pero…será un honor.
- No se hable más, mañana a las diez, en esta dirección – Le acercó un papel donde estaba escrita una dirección del barrio de Montparnasse, al otro lado del Sena.
- Allí estaré.
Ese hombre la apabullaba, era tan educado y galante con ella y tenía esos gestos de gran dulzura…que no podía pensar en nada, sencillamente en nada más que en él.
Se enamoraron perdidamente. Ella tenía veinticinco y él cuarenta años y parecían estar hechos uno para el otro. A los pocos días de conocerse se mudaron juntos.
Pasaron varios meses. Sus parientes franceses siempre intentaban contactarla a pedido de sus padres, su maestro Claude le enviaba cartas, esperando infructuosamente que ella las contestara y su amiga Suzanne la buscaba por todo París. Beatrice no aparecía; estaba ebria de absenta, esa bebida de moda, de alta graduación alcohólica, a la que se había hecho adicta. No podía pensar, pintar y mucho menos progresar en sus sueños de actuación y realización personal. Estaba también ebria de amor. Posó para Renoir y se convirtió en su modelo y amante. Lo amaba hasta la locura, tanto que no le importaba saber de sus otras relaciones con modelos famosas del momento. Más y más se sumía en un mundo de alucinaciones y pasión.
- Beatrice, mi bella Beatrice, mucho me temo que debo dejarte, mi bien – Le dijo él una noche, a la salida del teatro.
- Pero…¿por qué?, no te creo, lo dices en broma…
- Lo hago porque me caso, querida y ya no puedo verte – Le tomó la mano y se la besó sutilmente haciendo una reverencia ante ella. Luego se sacó el sombrero y la miró al rostro alejándose por la calzada, para perderse en la oscuridad de la noche. Nunca lo volvió a ver.
El mundo giró en torno a ella. Pánico, sudores, lágrimas y sensación de muerte. Desesperación y más pánico… Beatrice se encontraba en un cuello de botella…y la botella era lo único que quería…Todo la llevaba al final…
Trascurrieron dos, tres, cuatro días hasta que su casera abrió la puerta encontrándola sobre la cama, casi sin vida.
- Esta mujer es extranjera, hay que comunicarse con su embajada. Allí avisarán a su familia en Argentina, ese país de Sudamérica del que proviene.
- Pero también creo que tiene familiares en París, podemos buscarlos a ellos. A ver…en un costurero tenía ella guardada la dirección… – dijo Suzanne, abriendo la puertita de su secreter - ¡Pobre mi ángel, era tan bella! - Dijo extendiendo un papel con sus papeles personales.
La llevaron al hospital y de allí a Provenza en el sureste de Francia, a la casa de campo de su tío Antoine Moreau, primo de su padre, donde pudo reponerse bastante de su mal estado físico y sentimental. Trascurrieron más de dos meses hasta que estuvo lista para partir a su país.
Cuando llegó de regreso, su padre la esperaba en Buenos Aires.
- ¡Mon petit Beatrice! Qué susto nos has dado. El Tío Antoine dijo que ya estás mejor. Aquí te recuperarás, tu madre te espera en casa para cuidarte y devolverte la sonrisa.
- Pero no iré a La Paz, Padre, mi lugar está en Buenos Aires. Aquí pintaré, enseñaré y recuperaré mi salud.
- Pero no puedes vivir sola querida. ¿Dónde te instalarás?
- En casa de la Tía Mercedes primero…y luego ya veré. Vamos “mon chéri Papa”, que necesito descansar.
Estaba muy demacrada y delgada, era otra Beatrice. Pero sus ojos no habían perdido el fuego. Indiscutiblemente se levantaría de su caída y volvería a brillar.
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Pasaron los meses y Beatrice llegó a ocupar un lugar importante dentro del ambiente artístico rioplatense. En 1884 ya estaba muy bien instalada con un atelier en la Avda. de Mayo. Fue entonces cuando vio entrar a María por la puerta de entrada, con su cabello negro atado en un flojo rodete y sus aros de azabache que refulgían a la par de sus enormes ojos celestes. Supo que en ese aire misterioso se escondía una gran artista. Se puso contenta de que una mujer fuera su primera alumna. Pensaba en que una pintora que venía desde el otro lado del Atlántico, recomendada por su tía Mercedes, y que tenía toda la soberbia que había que tener para triunfar en Buenos Aires, debía ser alguien poco común…
María Castiglioni fue su alumna y gran amiga. Juntas se lanzaron en la pintura romántica y neoclásica y lograron imponer en el ambiente machista porteño, las expresiones de varias pintoras.
- Vamos, Beatrice, no seas tan rebelde, haz lo que te piden.
- ¡Jamás!, nunca me doblegaré ni será mi arte el que surja para dar “adorno” a las señoras gordas de la Beneficencia, mi arte siempre saldrá de mi interior y se propondrá decir algo, gritar lo que siento con todas mis fuerzas.
- Nunca olvidaré tus enseñanzas – Le dijo francamente su amiga a la vez que le miraba el vientre que ya había adquirido una enorme dimensión. - ¿Quién es el padre? – Se animó a preguntar.
- Es el gran pintor Auguste Renoir. El no sabe que tendrá un hijo y que se llamará Pedro como mi hermano menor y si es niña será Mercedes como la tía que tanto quiero y que me ha dado un lugar en su hogar.
- ¡Oh Beti!, yo estaré a tu lado cuando nazca ese bebé y ya verás que traerá un pan bajo el brazo, como sucede siempre que nacen estos niños, hijos de madre sola. Pero de una madre que además de dones, tiene un alma buena y caritativa y que es una gran persona - Beti y María se abrazaron permaneciendo unidas por largos instantes.
Finalmente, Beatrice Moreau dio a luz. La maternidad fue para ella algo totalmente natural. Fue varón y tal como había anunciado, lo llamó Pedro y de segundo nombre Augusto en honor al gran pintor…

- Tú eres hijo del gran pintor Auguste Renoir, pero ese es un secreto entre tú y yo – Le dijo Beatrice a su niño cuando estuvieron solos en el cuarto. El bebé la miraba sin ver, con su rosada cara arrugada y sus ojitos muy abiertos clavados en los suyos.
- Nadie lo sabrá, querido… nadie, jamás – Continuaba hablando la joven sentada sobre su cama de la gran habitación que su tía Mercedes preparara especialmente para ella y el niño.
Pedro Augusto fue un niño prodigio. Se crió entre pinturas, bastidores, esculturas, alumnos y museos de todo tipo. Amén de los viajes que realizó con su madre mientras tuvo menos de cinco años de edad, momento en el cual fue internado en el mejor colegio para varones que había en Buenos Aires. Allí estudió hasta la edad de diecisiete años… Pero esa es otra historia…

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